viernes, febrero 05, 2010

Sangre de tigre

"Ésta es de trigre. Me está entrando como un cañón... Ahora sólo queda que no se pelee con la otra". Yo tenía que estar pendiente a que la gota cayera. Si no lo hacía, debía avisar al enfermero rápidamente para que cambiara la bolsa de sangre. Desvié un momento la mirada y la fijé en el paisaje. Me era familiar. Mucho. Una pared de montaña modificada por la mano del hombre. Una corta pequeña. Me había costado reconocerla. Quizá porque no ha llovido. Si lo hubiera hecho, el olor que desprende la tierra minera me hubiera transportado a una época lejana. A mi primer recuerdo: la lluvia sobre la tierra roja y caliente. Volví la vista a la bolsa. La gota caía como debía. Mi abuelo tenía mejor color. Mis ojos volvieron a las letras de Skármeta. Ángel Santiago, Victoria Ponce y el humor de mi abuelo hicieron que el tiempo pasara más rápido. Llegaron mi madre y la noche. Cogí el coche de vuelta a Sevilla. No era la primera vez que iba a pasar de largo el desvío que indica Nerva. Pero esta vez no pude evitarlo. Entré en el que fue el pueblo de mi infancia primera. El que le pone escenario a aquella imagen, rumbo del colegio de la mano de mis padres una mañana de invierno. Recorrí algunas calles sin bajarme del coche. Me defraudé a mí misma. No recordaba nada. Ni una de las calles. Ni una de las casas. Ni la iglesia ni la tienda de chucherías Manoli que tiene pinta de existir desde antes del año en el que yo me marché a punto de cumplir los cuatro. Sentí el profundo dolor del olvido y busqué la salida. Cuando llegué a casa estaba agotada. Grego me besó. "Tengo que rotomar mi vida", le dije. "O paras el ritmo que llevas o te va a dar algo", me contestó. Cenamos sopa y nos abrazamos en el sofá. Cerré los ojos como intentando guardar para siempre esa sensación en mi recuerdo y sonreí. "Sangre de tigre..."

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