viernes, enero 29, 2010

Facturas sombras

Una Penélope de gafas de pasta y rebeca verde de lana aguanta con humildad la agonía de un marido que no soporta más su dolor. Por eso, quizá, le hable tan mal. Puede que lo hiciera desde siempre. Justo cuando se cumplen 31 días de su estancia en esta habitación de hospital llegan nuevas compañías: nosotros. A él le molesta todo, hasta el sonido de su tele-novela preferida. Pide que la quite, que corra la cortina para no vernos... Querría pedir una muerte menos dolorosa pero no se atreve. Seguramente para tener valor habría que respirar mejor y estar menos drogado. Me siento a su lado, porque así están dispuestas las butacas verdes por reposapiés de este tipo de habitaciones de hospital. No me conoce de nada, pero no hace falta. Saca una par de papeles de cuadritos donde alguien le apuntó hace ya más de 31 días las instrucciones para el paño de croché que se ha propuesto tejer. Me pide que se los lea. Lo hago: "Cada nueve palos, flor. Cuenta diez deja vacío. Palo, palo, palo, flor." No entiendo ni una palabra de lo que pone en el papel y eso me hace sonreir a pesar de todo el dolor que nos rodea. "¿Pero nueve a lo largo o a lo ancho?". Y yo, que desconozco las dimensiones de los paños de ganchillo tanto como las de la vida misma, me invento la respuesta porque intuyo cierta simetría en el dibujo que me muestra. Precismante hoy, que volveré a verla y comprobaré los avances de esta penélope de Higuera de la Sierra, me despierto con esta noticia: "La Junta informará a los pacientes del importe económico derivado de su atención". Le han dado a llamar "factura sombra". No parece mala idea. Nadie tendrá que pagar nada, el objetivo es que el usuario de la sanidad pública andaluza tome conciencia de lo que cuestan los servicios que recibe: "Un día en la UCI le cuesta a la Administración alrededor de 2.000 euros por paciente. Un parto sin complicaciones, unos 1.500. Algunos estudios han cifrado en 200 euros el coste medio de una atención en urgencias." Y por un momento me he imaginado a este matrimonio (que lleva 32 días con éste en la habitación que ahora compartimos) con la factura en la mano y la cara de sorpresa ante tantos ceros, si es que todo sale bien. Si no es así y Ulises ya no soporta su agonía, Penélope podría encontrarse con la factura, y un paño de croché a medio acabar con el que cubrirá su ataud.

sábado, enero 23, 2010

Conversaciones de velatorio

"Se llegó a decir que España iba a salvar de la crisis a Europa".
Escuché esa frase y me volví a mi amiga, la nieta de la recién fallecida: "Me encantan las conversaciones de velatorio", le dije.
Justo entonces salió a la puerta de la casa, donde estábamos, uno de los profesores más especiales que tuve en mi época de instituto. Hacía años que casi ni hablábamos. Yo sabía que cada curso se pide un mes y hace un viaje. Le pregunté por el último. Me confesó que tenía necesidad de viajar, pero lo dijo como se dicen las cosas cuando la muerte está cerca. "Estoy pensando pedirme un año de excediencia y recorrer mundo. ¿De qué me servirá el tiempo libre cuando tenga 65?". Le escuchaba y le daba la razón. "Viajar es fundamental. Los viajes... Cuando Ulises llegó a Ítaca, ya Ítaca no era lo que él esperaba. Lo importante fue el viaje".
"Kavafis", le dije como si fuera la llave que abre una puerta mágica. "Kavafis", le repetí. Le pedí su dirección de correo. La apunté en un papel y la guardé en el bolsillo de atrás del pantalón, donde se guardan las cosas que son realmente importantes. Y acabo de enviarle este poema, que ha sido el primer gran descubrimiento de este año que arranca marcado por la muerte.

ITACA

(Konstandinos Kavafis)

Cuando emprendas tu viaje a Itaca pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias. No temas a los lestrigones ni a los cíclopes ni al colérico Poseidón, seres tales jamás hallarás en tu camino, si tu pensar es elevado, si selecta es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. Ni a los lestrigones ni a los cíclopes ni al salvaje Poseidón encontrarás, si no los llevas dentro de tu alma, si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo. Que muchas sean las mañanas de verano en que llegues -¡con qué placer y alegría!- a puertos nunca vistos antes. Detente en los emporios de Fenicia y hazte con hermosas mercancías, nácar y coral, ámbar y ébano y toda suerte de perfumes sensuales, cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas. Ve a muchas ciudades egipcias a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente. Llegar allí es tu destino. Mas no apresures nunca el viaje. Mejor que dure muchos años y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje. Sin ella no habrías emprendido el camino. Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Itacas.

viernes, enero 22, 2010

Humo de cinco años

"Por favor que alguien venga a por nosotros. Tengo dos niños chicos y el humo se mete por debajo de las puertas. Que venga alguien y nos saque de aquí"
Recuerdo que la voz de la mujer terminaba en llanto y una lágrima corría por mi mejilla justo cuando se lanzó el corte en aquel informativo. Todo fue muy rápido y en directo.
Corría el verano de 2004. Finales de Julio. Yo compaginaba entonces prácticas veraniegas. Las tardes las echaba en Canal Sur Radio, en la Isla de la Cartuja. Apenas unos minutos antes de las ocho, un teletipo alertaba de que el fuego de Riotinto alcanzaba importantes dimensiones. Recuerdo que decidí meterme en la cabina de grabación con la guía telefónica bajo el brazo. Marqué varios números al azar y en uno de ellos esta señora me mostró así su miedo ante un incendio que estaba a pocos metros de su casa. La propia mecánica del trabajo no me hizo apenas darme cuenta de su desesperación. Por eso se me saltaron las lágrimas cuando lo escuché en la emisión.
Todo lo demás es sabido por muchos: 35.000 hectáreas calcinadas de las provincias de Huelva y Sevilla, dos personas fallecidas... Uno de los mayores incendios de la historia de España. Recuerdo que un par de amaneceres después, al subir la persiana, había ceniza en la ventana de mi piso de Triana.
Un amigo mío trabajó por sofocar aquel fuego. Hace poco me dijo que nunca ha estado en nada igual. Era una de sus primeras experiencias como retén del Infoca. También fue una de mis primeras experiencias como periodista. Por eso esta semana me he acordado de él cuando miraba desde atrás y ante el juez al presunto pirómano, el único detenido. Un vecino de Riotinto, de apenas un metro sesenta centímetros, muy moreno. Parece increíble que de verdad causara él sólo semejante catástrofe. Repetía que era inocente.
Los testigos pasaron uno tras otro y muchos alegaron un tipo de amnesia repentina a la que deben estar acostumbrados jueces, fiscales y abogados. Cuando los peritos de la Guardia Civil terminaron, me dijo esto el abogado de la familia del matrimonio fallecido: "Lo que no puede ser es que se tarden cinco años en celebrar un juicio. Es mucho tiempo. La gente olvida".
Estoy de acuerdo con él en que no debían de dilatarse tanto este tipo de procesos. Pero no con lo del olvido. Podremos trabajar hasta que lleguemos a ancianos, pero estoy convencida de que mi amigo jamás olvidará el horror de aquellas llamas y yo nunca borraré de mi memoria la voz de aquella mujer. Su llanto pidiendo auxilio.

martes, enero 12, 2010

Laberintos y poemas

Huelva. Lunes noche tras una jornada de once horas, la mayoría de ellas de pie haciendo guardia a las puertas de la Audiencia. Me duelen las piernas, la cabeza y los ojos. Quedo con un compañero, luego con otro, después con otra y con otro más. "Necesito alternar", le digo a uno de ellos. Comemos montaítos con cerveza y vino blanco en un bar que hace esquina con la Plaza de La Merced. El único de nosotros que hoy no cuenta anécdotas de esta tarde de tensión y paraguazos decide comer patatas fritas con huevos y chorizo. Le envidio. De fondo suenan fandangos. Un camarero con bigote los tararea. Le pregunto quiénes cantan y cuando descubre mi interés me manda a buscar a un tal Leo a otro bar que está a dos calles. "Está sentado en un ordenador tal como entras a la derecha. Lleva gafas. Dile que vas de mi parte y te grabará un CD".
Convenzo a mis amigos y vamos al bar. Ni rastro de nadie con gafas sentado delante de un ordenador. El camarero me dice que acaba de marcharse. Decido dejarle una nota que termino en "Volveré. Paloma." No está Leo, pero eso ya ni importa. Sobre el mostrador, hay ya un vaso de deliciosa mistela de Bollullos que hace que entre en un momento casi mágico del que me saca un señor de pelo y barba blanca que estaba con uno de los pocos grupos que hay en el bar en este lunes tan de entre semana.
El señor pide silencio con una voz quebradiza. "Voy a recitar un poema, que mi hija me lo ha pedido para sus amigas canarias que están esta noche aquí". Todos nos callamos. El hombre comienza con un prólogo interminable que recorre parte del tipismo andaluz y algunos personajes desde Ignacio Sánchez Mejías a Rafael de León, del que dice que es el poema inédito que va a recitar. Tarda en empezar pero cuando lo hace, resulta tener una magia especial. Escaso de voz, más que declamar los versos, los interpreta al más puro estilo de Rafael Álvarez el Brujo.
Aplaudimos cuando termina e, inexplicablemente, el hombre se acerca a mí y me abraza como si me conociera desde siempre. Me cae simpático y unos minutos más tarde le pregunto si es actor dramático, a sabiendas de que no lo es. Me confiesa que se gana la vida de tractorista pero que su verdadera pasión son los caballos para doma clásica. También que ha ganado algunos campeonatos del mundo y que sus caballos se exportan a los Estados Unidos, a Costa Rica y a otros países europeos. Acabamos hablando de Cortegana y de un amigo con el que se crió que era de Los Acebuches.
Nuestros caminos se separan hasta que un cuarto de hora después escucho a su hija cantar una sevillana a sus amigas tinerfeñas. Él se atreve con un fandango. Me uno al grupo y les hablo del respeto que siento por los fandangos. No les digo nada de que precisamente ha sido su rastro el que me ha traído a este bar en el que nunca antes había entrado. Les canto un par de sevillanas. Me despido de ellos con un abrazo porque mañana a las siete vuelvo al curro. Bebo de un trago el poco mistela que queda en mi copa y le doy gracias al cielo porque este día, precisamente éste, acabe con este buen sabor de boca.

martes, enero 05, 2010

La Muerte

"Niña, pregúntale a La Muerte si quiere el café solo o con una migajina de leche".
Eso me dijo mi tía Carmen. Recuerdo que me volví y le pregunte "¿Qué le diga qué a quién?".
Y aquella tarde de mayo entré en contacto, por primera vez, con La Muerte. Un hombre enorme, gordo con tres barrigas, hiperbólico, de nombre Juan Antonio, me parece, al que todo el mundo en Rosal llama La Muerte.
Hace poco alguien hizo correr el rumor de que La Muerte había fallecido. Estuvo malísimo y hasta ingresó en el hospital. Pero se recuperó y el rumor resultó ser una mentira, como casi todos. Y alguno que otro estuvo a punto de caerse de espaldas al ver otra vez a La Muerte por las calles del pueblo.
La Muerte tiene una caseta de romería. En la entrada hay un cartel en que puede leerse: "Entra. La Muerte te espera". Y todos entran porque en el pueblo nadie le tiene miedo a La Muerte.
Cuando La Muerte era todavía sólo Juan Antonio encontró un trabajo como cobrador de seguros. Desde la puerta de las casas gritaba hacia dentro con el torrente de voz que salía de su cuerpo enorme: la mueeeeeeeeeeteeeee. Y el de la casa salía y abonaba puntualmente su tributo a su propio entierro, porque en los pueblos, al menos en los míos, eso de la muerte siempre ha sido algo tan natural como esto de la vida y, entonces, el entierro se empezaba a preparar apenas se cumplían los veinte años.
Y fue entonces, casa por casa, cuando ya para siempre pasó a ser conocido como La Muerte.