miércoles, diciembre 09, 2009

Talones de Aquiles

Yo tengo varios. Uno de ellos, la voz. Y da la puñetera casualidad que me gano la vida con ella. Pero empiezo a darme cuenta que los talones-de-aquiles pueden ser una oportunidad. Por ejemplo, gracias a que se me fue el viernes por la noche decidí irme para casa. Si hubiera podido seguir cantando me hubiera amanecido otra vez y yo tengo que cambiar ya el chip de los excesos nocturnos. Por su culpa he pasado ya por un quirófano, pero tengo que confesar que ha sido la intervención más agradable que he protagonizado nunca. Me la hicieron en mitad de un sueño narcótico del que me despertó un enfermero guapísimo que me decía algo así como "Despiertate, guapa, a ver esa sonrisa...." Ahora tengo la duda de si es verdad que era tan guapo y maravilloso. Puede que sólo fuera efecto de la droga con la que me durmieron. Y estuve una semana entera sin hablar y hasta eso fue una oportunidad. Porque por primera vez en mi vida no tuve que contestar a preguntas de esas que hace la gente para llenar de palabras los espacios en silencio. Tampoco tuve que decir nada que no me apeteciera porque la palabra escrita implica un esfuerzo mayor y era con un boli y una libreta como me comunicaba. En esta foto estoy ante uno de los guerreros sin talones de Xavier Mascaró que decoran más que las luces de navidad la fachada del ayuntamiento sevillano. Porque, a pesar de que la pierda más de lo que debiera, yo soy de las que reivindico la Voz y la Palabra, frente al hierro, el hieratismo y las armaduras. Y de haberlo conocido antes, puede que le hubiera recitado a este guerrero de hierro sentado y sin mirada el poema que he descubierto esta tarde y que le ha dado un color distinto a este domingo de películas, sofá y abrazos. Otra vez, Jaime Sabines.
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño. Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

1 comentario:

Jose Juan Ramos dijo...

Yo te prefiero aunque sea en silencio. Ya sabes que yo tampoco ando muy sobrado de voz y mi experiencia me está enseñando a valorar lo verdaderamente importante de un discurso, sea o no mediante la palabra. Nos deberíamos ver pronto, no crees?