jueves, diciembre 24, 2009

Berrocal 17

Lo indica un letrero en la carretera: Berrocal 17. He hecho un alto en el camino a mi Nochebuena. Era la primera vez en mi vida que tomaba ese desvío. Al principio, todo cambia. Parece el norte de la península. El campo verde y húmedo, los alcornoques, las vacas y un par de aldeas pequeñas: Membrillo y Marigenta. Después cambia otra vez y las curvas te escupen a un mar de eucaliptos (que en su tiempo también fueron alcornocales, seguro), el cauce del Río Tinto y el antiguo ferrocarril minero del mismo color. Y el camino sube, sube y sube. Y en lo más alto, el pueblo.
Una señora me indica una dirección y me dan ganas de apostarme algo a que mi coche no cabe. Pero sí cabe. En ésta esquina y en las otras del pueblo con sus laberínticas y estrechas calles de las que nunca me habló Rocío, tan berrocaleña como se autoafirmaba, a pesar de ser de Riotinto aunque renegara siempre.
LLego a la casa donde pasa su primer día de alta. Una blanca de zócalo verde junto a la iglesia. Ella está sentada en una butaca viendo la tele, lanza una exclamación de sorpresa al verme llegar. Como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera ocurrido este infierno de hospitales, respiradores, sondas y cateterismos. Como si nunca hubiéramos sentido el dolor que esta tarde me hacía sentirme tan cerca de sus padres, su hermano y sus tías, que me han abrazado como si formara parte de su familia.
Y con ella en el brasero de casa de su abuela, hablando de naturaleza, contaminación y rutas senderistas con su tío, el ecologista Juan Romero, así me he sentido: como en casa. Y hemos compartido un café con piñonates berrocaleños y recuerdos. Ésos que ahora le faltan a ella pero que ninguno de los de su alrededor tiene reparos en traérselos. Yo tampoco: la carrera en Sevilla, nuestro posterior reencuentro en Huelva, las anécdotas, aquella vez que la vi en la tele en una cruz de su pueblo mientras yo estaba en Tarifa, los amigos comunes, el disco nuevo de Sabina...
Todo eso le muestro, aunque me callo algunas cosas. Entre ellas: el pánico de sentir tan cerca que podíamos haberla perdido, el vértigo de no saber unas consecuencias que se presentaban catastrofistas o la fragilidad que sentí en mi propia vida, convertida desde entonces en un cúmulo de inseguridades. De eso no le ha dicho nada, aunque temo que si sigue evolucionando como lo hace lo descubrirá sola. Porque es una chica lista, buena persona y muy muy valiente. Y porque presiento que le queda muy poco para volver a ser quien es y despertar de este largo sueño.

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