miércoles, noviembre 25, 2009

Sala de Espera

No queda ni un hueco libre en ese espacio de la pared. Las estampitas de santos, cristos y vírgenes lo llenan todo. Tanto como ese olor a alcohol de curar que relacionamos con la enfermedad, y la enfermedad con la pena. Pero en esa habitación cuadrada con sillones, antesala al abismo de las camas y los tubos, también hay lugar para la esperanza. Allí entra como el sol por las ventanas. Como la calefacción por los rendijas. Y a la esperanza se aferran los que sólo quieren que el destino, en forma de médico con bata y zuecos, le traiga buenas noticias. Las de mañana mejor todavía que las de hoy.
La mayor de todas las imágenes religiosas a las que se encomiendan los que esperan es una foto de calendario de una Cruz de Mayo. Debajo de ella, una señora con los pies hinchados intenta descansar con la cabeza apoyada en la palma de la mano, pero pesa y se tambalea. Otros en la sala repiten la operación recostando la suya en el respaldo de esas butacas que, a fuerza de horas y paciencia, se están quedando sin tapicería. Esperan un sueño profundo del que desean ser despertados por una carta de alta.
Y de esa sala de espera nunca salen, aunque físicamente no estén temporalmente en ella. Ni cuando van al baño o al restaurante del hospital. Esa sala, los sillones y hasta las estampitas los acompañan adonde van porque es ahí donde tienen depositadas todas sus esperanzas. Las de un futuro feliz. Tanto como lo era el presente que tenían antes de pisar la puñetera sala.

domingo, noviembre 22, 2009

Vino y bodas

"Estos aromas nunca se olvidan. Podrán pasar veinte años que, si vuelves a probarlos, sabrás que los tomaste aquí". Me lo contaba uno de los dos hermanos que este sábado nos han abierto la puerta de su bodega, una de las muchas que hay en Montilla, más pequeña, familiar y artesanal que otras, que para nosotros ha supuesto la entrada al mágico mundo de los sabores, las maderas, las migas sin patata y la embriaguez planificada. El que bebo en esta primera foto es la joya de la corona de esta bodega. Tiene 73 años. Una pena no entender de vino para poder saborearlo mejor.
Escuchar el siempre en las palabras de este bodeguero, me hizo revivir los problemas que ahora tengo con la vida y su puñetera fragilidad. Con su fugacidad. Con sus putadas. Él continuó: "Pero esto va a perderse. A ninguno de nuestros hijos les gusta esto, aunque nosotros les dejaremos nuestras botas (aquí llaman así a los barriles) cuando nos muramos". Otra vez la fragilidad de la vida, casi tan traicionera como los efectos de esos aromas que, según el bodeguero, no se olvidan.
Durante este fin de semana he intentado contrarrestar mis desconocimientos de enología (que ahora son un poco menores) con el conocimiento de 19 de mis amigos. Algunos decidieron que el viernes era el día perfecto para anunciarnos que marquemos en rojo tres fechas en nuestras agendas y no hagamos planes porque se han propuesto que el 2010 sea un año de bodas y despedidas. "Qué viejos nos estamos haciendo", es lo único que acerté a decir después del anuncio, las flores, el poema recitado y las lágrimas.
Y es verdad que nos estamos haciendo mayores. Se nota en los planes de futuro, en las conversaciones y hasta en las historias de hace diez años que contamos como si todavía estuvieran calientes. El tiempo corre y sólo se detiene en ciertos momentos. Ésos en los que me veo a mí misma, entre ellos, a carcajadas, a salvo de una vida que vuelve tambalearme los cimientos y a demostrarme que estábamos equivocadas cuando creíamos que el buen rollo podía durarnos siempre. Por eso disfruto de estos momentos protegida, querida y burlada. Cuando pasan, el tiempo sigue corriendo y yo me reconcilio con él y con la Felicidad y doy gracias por hacerme mayor y hacerlo con ellos.

sábado, noviembre 14, 2009

Hablemos del mileralismo

La identidad de Huelva es tópica y atópica. La tópica se viste de azul y blanco o de chaqueta para las Colombinas, invita (poco) a jamón y a gambas blancas y pone a sus hijas Rocío y Cinta. La atópica usa gafas de pasta o bigote e intenta entender la génesis del problema de Astilleros mientras le quita la boquilla a un cigarro. Todo eso y mucho más tanto una como otra. Pero hay noches en que ambas identidades deciden juntarse y construir una Huelva llena de matices. Y en una de esas noches, una puede perderse como una gilipollas por las calles peatonales del centro histórico en la ciudad con el centro histórico más pequeño de Andalucía (y digo perderse literalmente). O degustar la cocina de diseño de una tasca de la Calle Marina mientras uno de los personajes de esta ciudad, el Tito Toni, se roza contigo y con todo el bar y descubrir, horas más tarde, que la pitera que tiene en la frente es de una paliza que le han dado hace poco. "Mejor que se te roce a que empiece a repartir piñas", me dijeron luego. O, dentro mismo de esa tasca, descubrir los muchos colores que tienen las sexualidades ajenas y acabar sumando a tu compañía una pareja de extraños que se han metido en la conversación. Sólo en esas noches, la calle Aragón (y alrededores)se muestra como el reducto de una Huelva desesperada por terminar con su miopía. Una Huelva de música, frivolidad, tintes de pelo y dedos empujando piedras. "Lo mismo que tú, pero sin hielo", "Esta canción me recuerda a cuando yo estaba en octavo", "No está mal el nuevo SuperOcho, pero a mí me gustaba cuando era más antro". Son noches de aporrear las puertas. En Huelva siempre abren. "Vengo buscando a mi amigo Paco". Pasa. En las entrañas de la Plaza de Toros nadie llora, un día después, la muerte de Chamaco. Sólo queda un grupo de chavales en el que ellas usan escotes de vértigo y cantan "pa matarse". Cuando se van, te arrancas por tangos mientras te toca la caja un cani con las manos llenas de anillos. Y acabas cantando sevillanas con el camarero y las camareras, con los que cruzas invitaciones para el Rocío y despidiendote con un beso porque hay amistades que son para toda la vida. Y en esas noches lo tópico y lo atópico conforman la identidad de una ciudad en la que hay quienes creen, y son bastantes, que el sentimiento choquero lo ha puesto de moda Perico Rodri.

lunes, noviembre 09, 2009

20 años

Nos lo están recordando, machaconamente, desde esta mañana: Hoy se cumplen 20 años del fin del Muro de Berlin. O lo que es lo mismo, 20 años de mi primer recuerdo televisivo. Aquel Especial Informe Semanal de 1989 (presentado, creo, por Mari Carmen García Vela) marcó para siempre mi percepción de un mundo que hasta entonces, en televisión, se limitaba a la programación infantil. Pero no sé por qué gracia del destino, a mis siete años di con aquel programa y desde entonces no he podido borrar de mi retina dos imágenes: los alemanes, a pico y pala contra la piedra (en una de las más bellas y urgentes metáforas que nos ha dejado la Humanidad) y el chino delante del tanque en la plaza de Tiananmen (en una de las más valientes).
Y grabadas en mi retina continúan, 20 años después. En Alemania todo cambió para siempre. En buena parte del mundo también. En China no. Las cosas allí siguen tan complicadas, o más, que entonces y los mismos tanques que arrollaban a los protestantes se echan ahora contra los que quieren respirar el aire puro que traen las nuevas tecnologías de la información. Tampoco en Informe Semanal, que continúa (a pesar de los cambios en la cadena y en la forma misma de entender la información) como uno de los mayores y mejores referentes del Periodismo. Tampoco ha cambiado mi fascinación por estas imágenes que, veinte años después, me hacen acercarme a la pantalla otra vez, como cuando tenía siete años, la primera vez que sentí que yo también quería contar lo que ocurría en el mundo y en la vida.

viernes, noviembre 06, 2009

La niebla

Salí corriendo a las tres de la tarde, no sé muy bien de qué. Quizá de la mala noticia con la que me he despertado. Hice la mayor parte del camino cantando bajo un sol impropio de Noviembre, ilusionada con volver a mi pueblo. En Valverde comenzaron a caer gotas. Guardé las gafas de sol. A pocos kilómetros del cruce hacia Almonaster y Cortegana me engulló la niebla. Tan blanca y tan espesa que mojaba los campos y las ropas de los pocos valientes que andaban por la carretera. No me dejaba ver pero sí imaginarme que esta tierra, en estos días, se parece más que nunca a la Galicia Chica.
Y entonces pasó lo que no tenía que pasar: La niebla se me metió dentro. Todavía la tengo. Siento que me humedece el alma. Me entristece. Hace que entre en un estado anímico para el que no existen todavía las palabras y quizá no existan nunca hasta que un serrano las invente como inventaron los gallegos o los portugueses esas suyas que no existen en el castellano.
Y con la niebla dentro he llegado a mi casa. Mi madre tiene ya encendido el brasero y puestas "las naguas". Me he sentado con ella y la he observado coser. La niebla me ha hecho envidiarla por ser capaz de hacer con las manos cosas unas veces preciosas, otras útiles y otras las dos cosas a la vez. Luego ha llegado mi pareja. Le ha bastado una mirada para preguntarme "¿Qué te pasa con esa pena?". Quise responderle: "La niebla, que se me ha metido dentro", pero sólo me salió un "estoy como el tiempo" que a él ha debido bastarle porque se ha animado a echarse a la calle y a la noche sin mí.
Y con la niebla dentro me he puesto el pijama y he decidido quitarme la niebla imitando a mi madre, que sigue cosiendo. Y yo también me he puesto a trabajar con las manos. Pero no me sale nada precioso, ni útil, ni las dos cosas a la vez.

lunes, noviembre 02, 2009

Tres cuerdas

El Niño Miguel llama "papá" a Paco de Lucía. Hay quienes le han escuchado decir al gaditano que El Niño Miguel es el mejor guitarrista de todos los tiempos.
El Niño Miguel es un niño siempre. En el comienzo era tan niño que con sus manos no llegaba mucho más allá del cuerpo de la guitarra. Y aún así hacía música. Empezaba el genio y con él, su cerebro desordenado.
El Niño Miguel un día que creyó que tenía que huir de Huelva, cogió un taxi en El Torrejón (su Patria y su Mundo Aparte) y le dijo al taxista que le llevase a Almería, con su sobrino Tomatito. Y el taxista lo llevó, mirando de reojo el único equipaje que llevaba: su guitarra. Al llegar, Tomatito tuvo que pagarle el taxi. Cuentan que fueron 15.000 pesetas de las de entonces. Eso fue lo que costó el trayecto más las horas dando vueltas por Almería buscando una casa de la que El Niño Miguel no llevaba, por supuesto, las señas.
El Niño Miguel tampoco estaba bien en Almería, así que se levantó a la mañana siguiente, se echó a la calle con su guitarra y le preguntó al primero que vio: "¿Por dónde coho pa llegá a güerva?". Y allá se echó, carretera alante, hasta que Tomatito reparó en la ausencia de su tío y salió a buscarlo. Lo encontró andando por el arcén y pagó otro taxi que lo trajo de vuelta a Huelva.
El Niño Miguel siempre ha regalado su arte. Dicen que tocaba con tres cuerdas por las calles de Huelva y la gente le decía "Toma, Miguel, cómprate una cuerdas", a sabiendas de que falta no hacía porque de sus manos salía un arte solidario que siempre ha compartido con cualquiera que quiera escucharle, a pesar de no tener nunca las seis cuerdas.
El Niño Miguel, con su cerebro desordenado, es un genio tan choquero como universal. Lo reconocen los suyos del barrio del Torrejón, los enfermeros que lo tratan en esta etapa de su vida en el Hospital y los grandes del flamenco. Por eso unos pocos de ellos, con Arcángel y Camilo Gómez a la cabeza, han decidido, por fin, hacerle el homenaje que se merece antes de que se vaya a tocarle a los ángeles con su guitarra de tres cuerdas.
El Niño Miguel, que sabe que este fin de semana van a hacerle algo en Huelva, va a ir medio engañado porque a él de nunca le gustaron los focos, ni las cámaras, ni las luces, ni el zoom de Valerio Lazarov al que dejó tirado justo cuando lo presentaban en directo.
El Niño Miguel quisiera entenderse, pero no puede, así que golpea sus dedos contra las cuerdas y eso lo hace de manera virtuosa, como sólo saben hacerlo los genios de cerebro desordenado.

Homenaje a Niño Miguel (Reportaje Emisoras: Huelva)