viernes, octubre 02, 2009

El no-periodismo (Toma 2)

Conocí a Fernando Pérez Ávila en 2003. Yo era una de los muchos becarios que entramos entonces en el Diario de Sevilla. Él lo había sido poco tiempo antes. Había conseguido quedarse y demostrar unas estupendas dotes para la información de sucesos y mucha paciencia. En la facultad lo llamaban Chomsky. No hizo falta nada para hacernos amigos. Aprendí de él muchas cosas y todavía le guardo un cariño muy especial. Y como él también me quiere, me ha dejado compartir esta reflexión que yo he decidido hacer una nueva toma del no-periodismo.
El caso Marta del Castillo es un disparate, un despropósito informativo, un circo mediático en el que hace mucho tiempo que sólo vale el morbo y la información queda en un segundo o tercer plano. El caso Marta del Castillo es ese que congrega a una veintena de unidades móviles de otras tantas cadenas y productoras de televisión en un descampado de Camas, a decenas de fotógrafos y plumillas que se pasan horas y horas bajo el sol o la lluvia a la espera de dar la noticia más importante de sus vidas y a un centenar de curiosos sin nada mejor que hacer que mirar un día entero como una excavadora remueve la tierra en busca de un cadáver que no aparece por ninguna parte. El caso Marta del Castillo es el caso en el que más he trabajado en toda mi vida. Y como yo, todos los periodistas a los que les ha tocado cubrirlo. Supongo que en un futuro podré contar que cubrí el caso Marta y eso me llenará de orgullo, pero ahora mismo estoy muy lejos de ese sentimiento. Sólo quiero que aparezca la niña de una vez por todas, que se celebre el juicio y que los cuatro hijos de puta que han hecho esto sean condenados a la mayor de las penas. Estoy saturado, contaminado, hastiado. Ayer vi como José Antonio Casanueva, el abuelo de Marta, se esperanzaba con la posibilidad de que el cuerpo de su queridísima nieta -su nieta favorita, me comentó un día- estuviera en una zanja de Camas. Al abuelo, siempre con una chapa con la cara de su nieta en la solapa, era imposible hacerle dos preguntas seguidas. Se lo llevaban las teles para sus directos cada vez que intentaba preguntarle qué sentía, qué esperaba de la búsqueda en aquella zanja. La tarde antes alguien le había dado una sábana con manchas rojas que luego resultaron ser de pintura y con unos restos de cinta aislante. Pedazo de titular: "El abuelo de Marta del Castillo entrega a la Policía una sábana manchada hallada junto a la casa de la ex novia del asesino". Da igual que la sábana no tenga pinta de estar relacionada con la historia, que ni siquiera esté manchada de sangre y que lleve en el campo un montón de días, a lo mejor desde antes de que desapareciera Marta. Luego, al llegar al periódico, me encontré con la rajada del padre. "Lo que han hecho es una fantasmada porque no se puede dar por cerrada la búsqueda allí después de sólo seis horas", venía a decir. Qué fácil es encontrar un titular. Sólo hay que marcar un número y preguntar: Antonio, ¿usted cree que la Policía lo está haciendo mal? y Antonio, un hombre destrozado, responderá que sí, que deberían buscarla más tiempo, que levanten todo el suelo de aquel descampado, que draguen el río. Antonio, ¿si la Guardia Civil llevara la investigación ya habría aparecido el cuerpo?. Y Antonio, que es un hombre íntegro como pocos pero que ni sabe manejar a la prensa como hacía el padre de Mari Luz ni ahora mismo puede tener la cabeza en su sitio, dirá que sí, que venga la Guardia Civil, como dirá que hay más gente implicada y todo lo que el periodista quiera que diga. Nadie le dice a Antonio que el cuerpo de su hija ha sido el que más se ha buscado en la historia de España. Nadie le dirá que la investigadora holandesa especialista en búsqueda de cadáveres con perros se echó las manos a la cabeza cuando le dijeron que lo que había montado en el río era para buscar el cuerpo de una niña, sólo una. "¿Cuántos homicidios tenéis aquí al año? Porque este despliegue no lo hacemos en Holanda para buscar un cadáver ni de coña". Es más fácil llamar al padre un día sí y otro también y que dé un titular antes que buscarse la noticia por cuenta propia. Atrás quedó la ética, la responsabilidad social del informador, las cautelas antes de dar una noticia. Todo vale en este juego de a ver quién da la noticia más bestia, a ver quién hace llorar antes a una madre poniéndole imágenes del asesino de su hija continuamente mientras la entrevistan en una televisión. El caso Marta es un absurdo en el que las declaraciones de los imputados llegan antes a los periódicos que a la Policía, en el que el gabinete de prensa de la Delegación del Gobierno todavía no ha confirmado la detención del Cuco, en el que la prensa le da pábulo a un majareta que vino de Lérida con un perro diciendo que la iba a encontrar en San Jerónimo, en el que se puede publicar una foto de la víctima medio en pelotas encima de su asesino pese a que haya sido obtenida ilegalmente de una red social, en el que la protección de los menores (la víctima era menor) es de risa y en el que la encargada de la investigación les dice a los periodistas que si una hija suya optara por esa profesión la matará y la tirará al río. El caso Marta me ha servido para comprobar cómo se elabora la información que ofrecemos a la sociedad para que ésta la consuma. Cualquier noticia relacionada con esta desgraciada chiquilla es la más leída de largo cada día, las ventas aumentan, las audiencias también. Muchos querrán que la niña siga sin aparecer.

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