sábado, septiembre 26, 2009

Una infancia de espera

Cuando llegué ya le habían traído un bizcocho y unas galletas. Y eso que apenas habían pasado unas tres o cuatro horas desde que le dieron el alta a mi abuela en el hospital comarcal de Riotinto y me encontré con ella en casa de mi madre en Cortegana. La vi estupenda, tanto que estaba ilusionada con ir a la iglesia para conocer al cura nuevo. La llevé en el coche. Allí se reencontró con sus amigas y buena parte del pueblo, que había llenado la parroquia con el mismo objetivo curioso que ella.
Cuando terminó la misa seguí viéndola tan bien que nos la llevamos, junto con sus amigas, al casino de arriba. En los pocos metros que separan la iglesia del casino fueron muchos los que la pararon para interesarse por su salud. Los que no lo hacía, ella los paraba para informarles que había estado dos noches ingresada en el hospital a causa de una "arrimia".
El casino de arriba es uno de los dos que hay en mi pueblo. Superan el siglo y conservan cierto aire señorial. Nos sentamos en una de sus mesas de camilla. "Aquí es donde teníamos que venir nosotras a bailar. En el de abajo no podíamos porque era el de los ricos". Creo que empezó así una de las más divertidas y desgarradoras lecciones de historia a las que he acudido recientemente: Colas desde las cinco de la mañana ante la fuente pública, en la plaza de abastos, con dos cántaros cada una. Un policía local era el que lo organizaba todo. "Era muy malo", dijo una de las amigas de mi abuela, "Cuando quería decía que se empezaba por la cola y las que llevaban desde antes de amanecer esparando pasaban a ser las últimas. Otro día le pegó a mi abuela una de zurriagazos que le dejó el cuerpo entero amoratado". Se quejaba una de ellas de lo triste de aquellos tiempos, aunque ellas lo recordaban con una melancolía que las hacía sonreir. "Qué pena, por dios, no poder hablar con ninguna de la gente con dinero porque se fueran a pensar que te juntabas con ellas por conveniencia".
El clasismo, el uso de la fuerza por parte de las autoridades locales, la justicia arbitraria y otras penalidades relacionadas con el trabajo físico. Todo forma parte de su infancia y juventud.
Me llamó mucho la atención la referencia las colas, las horas y horas de espera que recuerdan haber hecho en sus vidas. Entonces pensé en Kapuscinski y en su referencia al tiempo en el Tercer Mundo. En Ébano dice esto los africanos:

De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera.–¡Esta gente tiene una capacidad extraordinaria de espera! –me dijo en una ocasión un inglés que llevaba mucho tiempo viviendo aquí–. Capacidad, aguante, ¡es un sexto o séptimo sentido!

Y entendí, por fin, el sentido de las galletas y el bizcocho y esa importancia exagerada que dan las personas mayores de mi pueblo a regalar comida.

miércoles, septiembre 23, 2009

Tomates y Audiencia

"Ahora en Estados Unidos están investigando la forma de crear tomates cuadrados, manipulados genéticamente que, además no se pudren. ¿Para qué necesitamos eso? Queremos tomates que se pudran porque eso nos avisa de que están malos"
Qué cosa tan sencilla. Así de simple. Pero es que tiene que venir esta mañana Vandana Shiva a Punta Umbría, con sus telas de colores y su lunar en la frente, para recordar yo la de veces que me he comido porquerías que me han dejado las manos teñidas, literalmente, de colores fluorescentes.
El tema no es ninguna tontería. Hablamos de lucha contra el cambio climático algo que, obviamente, los que se gastan la pasta en crear hortalizas transgénicas les importa una mierda tan grande como un tomate cuadrado. Para el resto del mundo, el mensaje de esta ecofeminista, seguidora de Gandhi, que coincide con el espíritus de estas jornadas en que las soluciones tienen que empezar desde lo local y la Democracia:
"Sólo si comemos bien y consumimos productos ecológicos, orgánicos y locales podremos reducir el problema en un 40 por ciento".
Puede que las cifras se las haya inventado, pero la receta es magistral y sencillísima. Y aún sabiéndola, no lo hacemos. Estamos demasiado corriendo para terminar cuanto antes el día y esperar la noche tumbados en un sofá y tecleando un mando.
Precisamente con eso he tenido ocupada buena parte de mi tarde. Delegados de Comisiones Obreras en las RTV públicas de toda España se dan cita en Sevilla hasta mañana para hablar de los problemas informativos (y de otro tipo también) comunes en estos entes públicos. Lo que llama poderosamente la atención es que sea la primera. Llegamos tarde, pero llegamos.
Volver a escuchar a Francisco Sierra ha sido especial por lo nostálgico. Lo recordaba mucho más aburrido. Será que los años me han dado a mí madurez para entenderlo o a él ameneidad. Estaba muy cambiado de como lo recordaba en sus clases (ésas en las que nos hacía estudiar un enorme libro de su autoría en los que abundaban las frases de diecinueve líneas). Paco Sierra es un teórico comprometido y extremadamente inteligente, eso ya lo sabía yo. Escucharlo hablar entre sindicalistas de un "nosotros" ha sido curioso.
Y entre los problemas comunes de los medios públicos: la manipulación (cada vez más económicas que políticas), la necesidad de elevar el nivel cultural de una ciudadanía que hemos convertido en consumidores, la puesta en práctica de los grandes textos normativos que articulan la función social de estas empresas públicas... Y entre todos, uno al que le pone palabras de forma magistral Emilio Lledó:
La degeneración de la mente y el crecimiento de la mentecatez es posible, hoy más que nunca, por los múltiples canales más o menos subterráneos, por los enormes charcos de información, por el imperio de opiniones tóxicas, de mensajes podridos que, sin darnos cuenta, tragamos. Este fenómeno, cada vez más presente en la paradójicamente llamada sociedad de la información, enreda y devalúa el cerebro y, de paso, va mutilando la capacidad de pensar. Hay una expresión que mide esa cretinización colectiva: el "nivel de audiencia" que, con las excepciones que se quiera y sea cual sea el espacio en que tal nivel se busque, es, en el fondo, manifestación creciente de una forma de corrupción.
Al dar paso al debate, las experiencia profesionales de algunos de los presentes daban buena cuenta de la tesis de Lledó.
He tenido que venirme justo cuando empezaba a entender lo complicado que es todo. Alguna vez he pensado en la necesidad de un gran Pacto de Estado en torno a los medios de comunicación (va a ser complicado si nuestros políticos no son capaces de firmarlo ni siquiera sobre Educación). También me he dado cuenta de lo equivocados que estamos poniendo el foco sólo en los espacios informativos que, al final, no suman ni apenas 4 o 5 horas de la programación total de una cadena que amite 24.
La frontera hay que desdibujarla. Deberíamos tener mas ambición y dejar de hablar ya para siempre de "Consejos de Informativos". Hay que pensar en la programación global porque, y volvemos a lo mismo, pocos son los que diferencian entre una cosa y otra cuando se sientan delante del televisor (iba a poner "0 escuchan la radio, pero es otro rollo).
Además, los grandes textos de los que hablaba no llegan a esas redacciones, pertenecientes casi siempre a una empresa externa, donde, el día que lleguen, la precariedad en la que trabajan sus profesionales, les pondrá muy complicado reivindicarlos.

martes, septiembre 15, 2009

Las fiambreras

"En las fiambreras he puesto tu nombre porque, como tienes tanto pavo, no vayas a acoger otras que no sean tuyas. Traetelas"
No se es madre hasta que una no se preocupa por las fiambreras. Es una máxima, un axioma. La voz de tu madre deciendote eso de "las fiambreras, de vuelta". Mi madre escribió esta frase en la primera (y creo que única) carta que me envió a Sevilla.
Se cumplen nueve años desde que dejé su casa, a la que vuelvo casi todos los fines de semana. Llegué como llegamos casi todos los de pueblo a la ciudad: perdidos y desorientados pero con muchísima ilusión. Yo tenía el convencimiento de que nunca más volvería a vivir en mi pueblo. Así ha sido, por ahora.
Aquellos primeros días, Gregorio y yo memorizamos el plano de Sevilla y apenas nos perdimos. El 6 era mi autobús de referencia: el que me traía y me llevaba desde Triana hasta Reina Mercedes, donde se cursaba primero de Periodismo. Las primeras compras para el piso, los primeros apuntes que yo estudiaba en un minúsculo y caluroso cuarto de la calle Procurador sobre un panel con caballetes. La cama de 90 y las paredes de papel. Las tareas repartidas entre las compañeras de piso. Las primeras amistades en la facultad donde todos me parecían haber aprovechado los 18 años que teníamos mucho más que yo (el complejo de inferioridad por ser de pueblo me duró apenas unos días). Los papeles que colgaban en las paredes y que los leía todos. El querer apuntarme a todos los cursos que veía por una necesidad tan impetuosa como estúpida de aprovechar todas las oportunidades.
Y ahora, nueve años después de aquellos primeros días, he encontrado la carta que mi madre me envió en respuesta a aquélla mía en la que le contaba mis visicitudes de la primera semana lejos de ella. Creo que le decía algo de mi ridículo la primera vez que me monté en el bus urbano y metí el bonobús del revés. Varias veces. El conductor tuvo que ayudarme para que pasaran los que esperaban.
La carta me parece ahora más tierna que nunca. Dice ella
"Me gustaría que cada día cuando llegues a casa por la noche (y subraya esto: pero cuando ya estés en tu piso), me des un par de toques por teléfono, para ya estar yo tranquila de que estás allí, pues si seguimos hablando a dario como hasta ahora, la factura va a ser monstruosa. Yo de verdad que me gustaría hablar contigo cada minuto, pero sabes que no podemos".
La verdad es que esta petición de mi madre jamás se cumplió porque ella ya siempre quiso que hablásemos todos los días, a pesar de que en el año 2000 hablar por el móvil era mucho más caro que ahora.
La primera parte de la carta (y la postdata) está llena de recomendaciones: algo de un llavero que me manda mi abuela con una imagen de la Patrona de Cortegana, algo de 2000 pesetas que debo devolverle a mi compañera de piso, algo de una regleta de enchufes y algo también de un listado de teléfonos con personas del pueblo que viven en Sevilla por si me hicieran falta algún día, además de lo de las fiambreras, claro.

En la segunda parte me cuenta novedades de nuestro pueblo para terminar despidiéndose así:
"Bueno, pues no se me ocurre nada más que contarte, sólo pedirte que te cuides mucho, que no andes sola de noche y que comas (que pesada ¿verdad?). Te echamos muchos de menos. Un beso fuerte. Mamá."

jueves, septiembre 10, 2009

Lanzarote: La Despedida

Hemos tenido la suerte de conocerlos a ellos y eso ha hecho de estas vacaciones una experiencia diferente. El nexo común: un amigo que lleva ya 8 años por las islas y que ha ejercido de cicerone de manera magistral, enseñándonos secretos que sólo conocen los locales.

Con este grupo de militares, todos peninsulares que han encontrado en Lanzarote su lugar en el mundo, asistimos a un "asadero" que es así como llaman ellos a las barbacoas. Y ya nos sentimos dos más. Con ellos he descubierto el delicioso sabor del Areuca, un ron canario, de color amarillo y sabor dulce. Traemos una botella entre las ropas de la maleta.

Y como en Lanzarote hay de todo, nos depedimos en un japonés.

Dos de Cortegana comiendo con palillos. Pues ahí estábamos, con nuestra poca habilidad y nuestros muchas prejuicios... y nos encantó. Huelga decirlo, basta con mirar nuestras caras en las fotos.

Nos enseñó las artes de la comida japonesa este joven, alto y simpático, que resultó no ser japonés, sino chino (de una isla en la frontera con Taiwan). Nos reímos de la decepción y de lo mucho que nos cuesta diferenciarlos.

Lanzarote: La vuelta

Y terminan como empiezan: en un avión. El que nos lleva de Lanzarote a Madrid, el más grande en el que nos hemos montado nunca. Llevaba dentro más de 200 viajeros, ninguno con destino Madrid. Enumeran los trasbordos y creo que superan la veintena. No dicen Sevilla. Nos asustamos. "Dios mío, nuestras maletas".

Sobrevolamos otra vez Huelva. Y volvemos a quedarnos alucinados con Doñana que se ve desde el aire casi tan precioso como desde la tierra. También alucinamos con las dos enormes balsas blancas tan grandes como Huelva de las que volveré hablar, seguro, cuando retorne al trabajo. Cádiz al fondo. Podía hacer una paradita el comandante...
Pero vale la pena seguir porque en Madrid, sin saberlo, nos esparaba la inmensa y novísima T4, la que tanta polémica suscitó en su día y que a nosotros nos parece una creativa obra de arquitectura, colorida, alegre y llena de prisas. Enorme. La recorremos de cabo a rabo en el par de horas de espera.

Lanzarote: noche en la isla

Es una isla tan turística que apenas hemos encontrado menús en castellano. Las noches tienen un soniquete a baladas y a dúos cantando en inglés con una guitarra. A veces un acordeón. Y tienen un sabor a cócteles. Son muchas y variados. Nosotros probamos algunos (no da el bolsillo para más): éste de piña colada
Y éste otro de "araquiri", según Grego. Daiquiri, pa los amigos.
Por cierto que yo fui más tradicional y no quise ponerle los cuernos a los deliciosos mojitos. Después, claro, se duerme mejor.

Lanzarote: tierra volcánica

Dicen los locales que ellos no piensan en eso. Si lo hicieran, no podrían dormir, claro. Y es lo mejor. Porque catástrofes naturales pueden ocurrir en cualquier sitio, pero es que ellos saben que duermen a pocos metros de una capa de magma hirviendo sobre el que reposan su cama, su casa, su coche... En Timanfaya lo han convertido en un reclamo turístico y hasta cocinan sobre el magma que está, en ese punto, a muy poca distancia de nuestros pies.

También te montan en un autobús y te hacen un pequeño recorrido por la enorme extensión de lava solidificada sobre la que, eso dice la grabación, se está haciendo la vida: insecto, líquenes y poco más, pero algo es algo. Y yo me quedé sin habla, tengo que reconocerlo. Mientras Grego disfrutaba haciendo fotos a un paisaje para nosotros, que venimos de lo verde, tan extraño. Y pensaba en los pueblo que quedaron enterrados debajo de la fuerza del volcán. Y de que eso hace apenas un par de siglos, quizá tres. Y de que la última erupción tuvo lugar en la isla de La Palma hace unos 30 años (ya darían cuenta de ella los medios de comuniciación)... Y creo que me puse un poco nerviosa, tanto que, en el fondo, estaba deseando salir de aquel parque de atracciones natural producto de la desolación.

Lanzarote: La Graciosa

Estaba sentada en el sofá del apartamento. Acabábamos de llegar. Leía por encima la guía de Lanzarote. "Tenemos que ir a La Graciosa". Lo repetí tantas veces que se convirtió en una necesidad. Y lo hicimos. El segundo día. Sólo se puede llegar en barco. Ahí comienza la aventura. Salimos del puerto de Órzola, pasamos los vientos (que fueron mucho peor a la vuelta) y tocamos tierra en unos minutos.

En La Graciosa hay sólo dos núcleos urbanos: Pedro Barca (al que no llegamos) y La Caleta del Sebo, que es mitad blanca, mitad azul. Un pueblo de pescadores que ahora, por ser temporada veraniega, habrá sobrepasado sus 500 habitantes. Pero pocos más. Aquí hay dos formas de locomoción en tierra firme: la bicicleta de montaña y los 4x4, el 80 por ciento, de Santana. Y los dos me encantan. Creo que me quedaría aquí una temporadita, dándo vueltas a esta isla que parece como por descubrir. Porque salvo sus dos pueblos de calles de arena que dan al mar, todo lo demás, es la nada más natural y preciosa rodeada de mar azul y playas de arena blanca.

Comimos en el restaurante de Enriqueta y fue un acierto (hay que decir que eran pocas las demás posibilidades). Pescado, claro, con papas arrugás. No pudimos terminarlo. Acabamos con la barriga tan llena que fui imposible cumplir mi objetivo de alquilar una bicicleta para pedalear por la isla. Pero me alegré al final, porque a pocos metros de las casas, la primera playa (que permite, por cierto la acampada libre) nos esparaba. Practicamente sola para nosotros. Y ahí nos quedamos un tiempecito creyendo haber encontrado un pequeño y gracioso paraíso.

Lanzarote: De Norte...

Dicen que en las islas, en las Canarias al menos, cambia mucho el norte del sur. En Lanzarote también. Los locales aseguran que en el Norte hay un poco más de vegetación. Yo no la ví, aunque cuando conocí el sur entendía por qué lo decían.
En el Norte: cactus, jameos, cueva y pequeños pueblos blancos con calitas escondidas y pequeños barcos de pescadores por todos lados.
Aunque también hay playas de más extensión especialmente diseñadas para el turismo. Estamos en Lanzarote, my darling.

Lanzarote: ... a sur

Un camino forestal. Hay que cogerlo para llegar hasta Papagayo. Una playa de arena y yates, con cierta figura de protección que obliga a los traseúntes a abonar una cantidad dedicada, eso dicen, a su cuidado.

Tiene cierto parecido a Cabo de Gata. También nos pusimos las gafas. También vimos peces.

Lanzarote: los camellos

El camello es un animal realmente feo. Algo así como un caballo amorfo y patilargo. Yo nunca me había montado en ninguno hasta ahora a las puertas del Timanfaya, en un camino de 500 metros para turistas entre piedras volcánicas.

La subida, bien, en el camello de cola que era tan dócil y tan acompasado que, cuando llevábamos medio camino empezamos a cantarle sevillanas como si estuviéramos de romería: "Ese camello que va andando, camino del Timanfayaaaaa"

miércoles, septiembre 02, 2009

El sabor de la ginebra

Sabe ácida como el limón y las palabras que la acompaña. A muñeca izquierda sin el reloj que marca mi vida cuando no estoy de vacaciones. A una calle romana bajo el suelo de la Encarnación con un banco de piedra en el que talaron hace siglos un juego de mesa. A un repaso por la humanidad, errática o no, que impera en los criterios de edición. Sabe al vértigo del parapente, a viajes transoceánicos con una ex novia, exprima, a su vez de Russel Crowe, a pedirle al cielo la vuelta de Herodes. Sabe a unos sillones de mimbre con vistas al río y, sobre el río, dos puentes. El más nuevo, frontera entre dos tiempos. El más viejo, tomado por candados en los que decenas de enamorados han dejado escritos sus nombres. Para lo que hoy día entendemos por "siempre".
"Aquí hay ya unos buenos pocos de billetes", había escuchado decir unas horas antes a un vecino. Una moda que yo creía que, en realidad, se trataba de una nueva forma de manifestación artística contemporánea que tomaba la calle. Como toma mi salón los colores invertidos del televisor que se nos ha estropeado (Gracias a eso, ahora veo la bazofia televisiva como si nada tuviera que ver con la realidad, es decir, como realmente la tendríamos que ver. También creo que, si en vez de mi salón estuviera en un museo, mi tele sería objeto de culto). Como toma las conciencias el nuevo catálogo de IKEA, el mayor símbolo de alienación para los aspirantes a pequeños burgueses del siglo XXI.
De todo eso tiene un poco el sabor de la ginebra.

martes, septiembre 01, 2009

De vuelta

El río estaba lleno. La marea vacía. Y dentro de ella los atardeceres, las confidencias, los descubrimientos, las risas, los abrazos, los "en quince minutos te recojo en tu puerta", los "¿ qué tienes pa comé?" y hasta los "vente, que está la tarde tranquila".
Pero es que la marea estaba vacía y el río lleno. Y de él brotaba otro tipo de compañía, la luz tenue de la lámpara, los cajones de la ropa interior donde todo se confunde, los paseos en bicicleta, las discusiones por tonterías y hasta los "no podría estar en Sevilla sin ti".
Por eso lo he recogido todo sorprendida de la de recuerdos que se generan en apenas un año y medio en una casa que no es la tuya. Creo haber escuchado la última de las campanadas. Señalaba un cuarto de hora y yo estaba dejando otro tanto de la puerta para adentro. Hablaba por teléfono con mi hermana y, al sonar el portazo y dar la vuelta a la llave, apenas recordé la de tardes que he pasado mirando por la ventana o leyendo en el balconcito. Tampoco las cenas con amigos y las carcajadas a deshoras. Creía que mis recuerdos y mis secretos se iban a quedar tras la puerta... pero no. Seguían conmigo y lo hacen hasta ahora y hasta después.
Era la primera vez que vivía sola. Nunca me había escuchado tanto por dentro. Pero es que el río estaba lleno y he decidido volverme, precisamente ahora que me parecía empezar a entenderme...