martes, agosto 04, 2009

Hasta ahora

La prisa es enemiga de la emoción. Por eso, cuando esta mañana a mi compañero se le han escapado las lágrimas, yo no he estado a su altura. Y me he sobrecogido, sorprendida de su respuesta a la revelación de que era el último día de trabajo que puede que compartamos en nuestras vidas.
Y ha pasado uno de esos instantes eternos en los que el mundo se detiene. No dura más de un segundo pero me ha dado tiempo a plantearme qué coño hago, tan corriendo, sin ser capaz de captar los matices del que se me despide con lo mejor que lleva dentro: sus emociones.
Lo que mi compañero no sabe, y sigue sin saberlo por más que yo se lo haya confesado, es que la vida (la personal y la laboral) es más larga de lo que parece en el momento justo antes del amanecer en una redacción de radio de provincias. Si no más larga, sí más compleja e inestable. Tanto, que llevo tiempo sin despedirme de los compañeros a los que voy dejando, que a fuerza de roce y confidencias, se convierten en amigos. No me despido porque sé que en cualquiera de las esquinas que doblemos, volveremos a encontrarnos. Retomaremos, entonces, una conversación a medias (sobre cines de verano, picaduras de avispa o tabaco de liar, por ejemplo) y entre nosotros jamás habrá pasado el tiempo. Lo sé porque me ha ocurrido: Los llevo conmigo dentro y conservo, intacto, el profundo cariño que he sentido por ellos. Ahora tendré que guardar uno más.
Aún así, una no logra acostumbrarse jamás a una despedida con lágrimas. Por todo, gracias. Y hasta ahora.

1 comentario:

SUSANA dijo...

ME ENCANTA TODO LO QUE ESCRIBES. Y ME HAS EMOCIONADO PORQUE A MÍ, TAMPOCO ME GUSTAN LAS DESPEDIDAS.