martes, agosto 11, 2009

Despedida a mi limonero

La casa parece más vacía y no he tenido valor ni de asomarme al balcón en toda la tarde. Ya sé que no querías ir, que te habías acomodado al sol de mañana y la sombra de tarde. Que hasta me perdonaste los días que, yo de vacaciones, te dejé exiliado en la bañera y sin luz. Viviste una nueva primera y aquí paz y después hojas.
Todavía me pica el arañón de la frente. El que me hiciste justo cuando, de haber tenido manos, te agarrabas a la puerta del coche para no ser llevado a otra casa. Pero es que allí vas a estar mejor porque donde vuelvo a vivir ahora no hay ni un triste balconcito, ni un rincón con luz para tí. Además, el usurero del casero nos hizo firmar, hace ya ocho años, que nunca tendríamos macetas. Ni bombonas ni bicicletas. Eso ponía, y lo firmamos, a sabiendas de que en ese contrato dejaba patente su falta de corazón.
Todo es mejor así. Ahora estarás en el sitio al que siempre quiero volver y, cuando lo haga, allí estarás tú (si es que eres capaz de superar el primero de tus inviernos serranos, que lo dudo). Si los limoneros tuvieran trasero, sabrías lo que es un resfriado culero. Yo cogí alguno en mi juventud. Sólo les ocurre a los que pasan muchas horas en la calle y se abrigan poco, y en la adolescencia todos somos un poco así.
Es lo mejor para todos, como dicen las personas que se separan. Es lo que intentaba explicarte mientras bajaba el ascensor contigo para luego llevarte en volandas hasta la calle y descubrir lo mucho que has cambiado en este tiempo juntos (y los kilos que has puesto). El corral de mi suegra es un buen sitio. Allí la vida es total y todo lo que da esa tierra está rico: los higos, las cerezas, las naranjas... Además desde allí verás el castillo de día y de noche y yo, cuando Sevilla me agobie y la A-49 me llene la cara de ojeras, pensaré: "Quien fuera limonero". Iré al trabajo feliz pensando que tú también lo estás e imaginando el jugo de tus limones nacidos en la tierra serrana.

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