martes, agosto 25, 2009

Danzas

Con los años me di cuenta que en la suela ponía Colgate, pero ese pequeño colgante azul, rojo y blanco con forma de zapatilla rusa con punta me pareció, durante años, el regalo más especial que nunca me hubieran hecho. Fue una bailarina. Ahora no sería capaz de recordar su país. Seguramente alguno de Europa del Este. Supongo que la estaba importunando mientras cenaba, pero, a pesar de no entenderme ni una palabra, le resultaría simpática y decidió regalarme un colgante que yo guardé durante años. Todavía lo conservo. Por eso cuando hoy me ha tocado informar sobre la nueva edición del Festival Internacional de Danzas de Villablanca, que cumple 30 años, he recordado aquél, y a la bailarina, y al colgante del zapato, y a la niña que era yo y que alucinaba con aquellas gentes jóvenes, de lengua extranjera, y espectaculares movimientos. Y no ha sido hasta ahora cuando me he dado cuenta de la importancia que tienen algunas experiencias infantiles en la conformación de la personalidad. Al menos, la de esta niña de provincias, que aprendió aquel día a respetar y admirar a los que son diferentes.

1 comentario:

susana dijo...

muy bonita la historia.... yo también iba de pequeña al festival de danzas de villablanca!