domingo, agosto 30, 2009

Celebraciones

No los cumplo hasta mañana, pero para mí era importante poder celebrar que lo sigo haciendo con mi familia y mis amigos, por eso, cuando las velas se encendieron, me coloqué a cada primo en una cadera, y las soplamos juntos. Y la noche resultó ser especial porque me sentí querida, rodeada por los míos, en un lugar que sabe a verano, uvas, alitas y cepa vieja. Ahora también a jarras de medio litro.
Más tarde, risas y vistas al castillo.
Gracias a todos por acompañarme, otro año más.

miércoles, agosto 26, 2009

Descubriendo atardeceres

No teníamos nada que hacer más que buscar un sitio en el pueblo para pasar nuestro aburrimiento. Creí ver en el cielo el color del atardecer. Se reflejaba en las piedras del castillo. Vayamos al castillo a ver la puesta de sol, propuse. Un amigo que nos escuchó nos recomendó la Calle Piedad. Es el mejor sitio del pueblo para ver atardecer. Allá fuimos. Yo llevaba la sensación de estar haciendo turismo en mi propio pueblo y me dejé sorprender por una calle sin salida. Caí en la cuenta que jamás en mi vida había llegado al final. Llevaba razón nuestro amigo. Un atardecer increíble y una vista de Cortegana preciosa. Más que recomendable.

martes, agosto 25, 2009

Danzas

Con los años me di cuenta que en la suela ponía Colgate, pero ese pequeño colgante azul, rojo y blanco con forma de zapatilla rusa con punta me pareció, durante años, el regalo más especial que nunca me hubieran hecho. Fue una bailarina. Ahora no sería capaz de recordar su país. Seguramente alguno de Europa del Este. Supongo que la estaba importunando mientras cenaba, pero, a pesar de no entenderme ni una palabra, le resultaría simpática y decidió regalarme un colgante que yo guardé durante años. Todavía lo conservo. Por eso cuando hoy me ha tocado informar sobre la nueva edición del Festival Internacional de Danzas de Villablanca, que cumple 30 años, he recordado aquél, y a la bailarina, y al colgante del zapato, y a la niña que era yo y que alucinaba con aquellas gentes jóvenes, de lengua extranjera, y espectaculares movimientos. Y no ha sido hasta ahora cuando me he dado cuenta de la importancia que tienen algunas experiencias infantiles en la conformación de la personalidad. Al menos, la de esta niña de provincias, que aprendió aquel día a respetar y admirar a los que son diferentes.

lunes, agosto 24, 2009

Tarde-noche de verano

Yo he decidido que el amor no tiene edad. Y como, más que un convencimiento, es una decisión, pues cada vez que puedo practico un poquito de agostismo rodeada de las personas que quiero, entre ellas, mis recientes primos con los que comparto algunas de las pocas verdades de la vida, como cerrar la boca en el agua o el cuento de los tres cerditos. Respiro hondo, siento que los pulmones se me ensanchan más de lo normal, y noto que me quedan fuerzas para el resto. Y un fin de semana (que empezaba con un viernes en el que me quedé dormida en un velador y terminaba con un domingo en el que me quedé dormida en un coche de vuelta) ha resultado ser estupendo para recargar las pilas. Luz de sol con mi familia y luz de luna con amigos en la feria de Aracena. El buen directo de MClan, los bailes, las copas, las risas, el Canguro y la vuelta: nueve en un Land Rover a 80 por hora. Tan divertido que todavía hoy me dura la sonrisa.

jueves, agosto 20, 2009

Gafas para perros

Un perro con gafas. Un símbolo de la postmodernidad. Y existen. Como las termo-mix o las postales negras de las ciudades de noche. El otro día vieron uno en la playa unos familiares míos. En Isla Cristina, que sin duda es una playa que se adelanta a su tiempo. Un perro con gafas. Creo que me he quedado un poco pillada con este tema. Lo cuento en el desayuno, y mi compañero me asegura que tiene un amigo a cuyo perro le ha puesto gafas porque es albino. Acudo al oráculo de nuestro tiempo, Google, y descubro que en Septiembre ha muerto el perro salchicha más viejo del mundo que, con 29 años, portaba alegremente su montura con cristales. Descubro también que Colin Well ha escrito un libro de literatura infantil con este nombre. Y ya creo llegar al éxtasis con esta página, una tienda que vende GAFAS PARA PERROS. Dice así:
Estas novedosas gafas son un producto fabuloso para tu perro. No solo le brindarán protección contra el sol, sino que lo harán verse genial.
¡Cualquier perro se verá genial y super-moderno con sus gafas y será la sensación en el parque! Están diseñadas para tener un ajuste perfecto y un puente sobre el hocico cómodo para que el perro no se sienta molesto e intente quitárselas. Vienen con bandas ajustables que sujetan las gafas perfectamente a la cara. Los materiales son muy resistentes y permiten que el animal juegue o trabaje sin riesgo de roturas.
Y yo, que no sabía de la preocupación de los canes por su propia imagen, dudo si comprarme el libro, adquirir las gafas, adoptar un perro o, simplemente, dejar esta paranoia que va a terminar conmigo.

martes, agosto 11, 2009

Los ochenta

Hay ahora cierta fiebre revival de los 80. Se nota hasta en las botas. Nos mandan mensajes hablando de una época que a mí me sabe a pan con Nocilla y a televisor. Por eso, al encontrar por casualidad este vídeo, he tenido que sonreir. Los que nos acercamos a las treintena por estas fechas contamos con un imaginario colectivo marcado con estos iconos. Desde el street fighter lento y ortopédico hasta las monedas enormes de cinco duro y color plateado con las que parecía que te podías comprar el kiosco entero. (El otro día encontré varias en el interior de una hucha, en casa de mi madre. También las había de una peseta, de veinte duro y otra de quinientas. Tuve la sensación, otra vez, de tener un caudal. En mi infancia, una moneda de quinientas era lo más.) Pero hay muchos más y todos comunes a una generación entera. Voy a reproducir otra vez este vídeo para ver dónde encuentro el mensaje subliminal que anuncia todo lo que vendría después: la precariedad en los empleos, el consumismo, la frivolidad... Tienen que estar, seguro, como un virus que nos inoculaban justo cuando dábamos la tercera vuelta al vaso de Colacao.

Ponche de melocotón

Vino blanco, casera, melocotón y lo más importante, canela. Me lo preguntó una forastera el sábado de Jornadas Medievales y le di la receta del ponche de melocotón. Aunque lo intente, nunca le va a salir como el de esta foto porque, en mi pueblo, el ponche de melocotón es un brebaje centenario y en cada casa tiene su propio secreto, su fórmula única.
Ha sido sólo uno de los atractivos de estas fiestas que, en Cortegana, ya desde hace años, son las grandes en verano después de que, entre todos, nos hayamos cargado la feria de Septiembre. El concierto, mi cuñado y sus amigos sobre los zancos, la animación callejera, el sonido de las gaitas, la comida exótica y autóctona, el reencuentro con los amigos, las tortas de perrunilla... Ummmmm. Y la gozada de mostrarle a los que no la conocían los encantos de mi tierra, disfrazada y colorista. Por eso, éstas han sido unas jornadas medievales diferentes. Más familiares y, por eso, más completas y relajadas.
De lo que cada vez me da más penita es de que la gente del pueblo no nos disfrazamos. La primera yo, que tengo un par de trajes pudriéndose de asco en el armario de mi casa. El horrible calor de las mañanas y el terrible frío de las noches no animan a nada, la verdad.
En fin, que el año que viene cumplirá 15 años lo que empezó siendo una idea genial de la Asociación Amigos del Castillo. Y que nosotros las veamos, comamos, bebamos, bailemos y disfrutemos muchas más.

Despedida a mi limonero

La casa parece más vacía y no he tenido valor ni de asomarme al balcón en toda la tarde. Ya sé que no querías ir, que te habías acomodado al sol de mañana y la sombra de tarde. Que hasta me perdonaste los días que, yo de vacaciones, te dejé exiliado en la bañera y sin luz. Viviste una nueva primera y aquí paz y después hojas.
Todavía me pica el arañón de la frente. El que me hiciste justo cuando, de haber tenido manos, te agarrabas a la puerta del coche para no ser llevado a otra casa. Pero es que allí vas a estar mejor porque donde vuelvo a vivir ahora no hay ni un triste balconcito, ni un rincón con luz para tí. Además, el usurero del casero nos hizo firmar, hace ya ocho años, que nunca tendríamos macetas. Ni bombonas ni bicicletas. Eso ponía, y lo firmamos, a sabiendas de que en ese contrato dejaba patente su falta de corazón.
Todo es mejor así. Ahora estarás en el sitio al que siempre quiero volver y, cuando lo haga, allí estarás tú (si es que eres capaz de superar el primero de tus inviernos serranos, que lo dudo). Si los limoneros tuvieran trasero, sabrías lo que es un resfriado culero. Yo cogí alguno en mi juventud. Sólo les ocurre a los que pasan muchas horas en la calle y se abrigan poco, y en la adolescencia todos somos un poco así.
Es lo mejor para todos, como dicen las personas que se separan. Es lo que intentaba explicarte mientras bajaba el ascensor contigo para luego llevarte en volandas hasta la calle y descubrir lo mucho que has cambiado en este tiempo juntos (y los kilos que has puesto). El corral de mi suegra es un buen sitio. Allí la vida es total y todo lo que da esa tierra está rico: los higos, las cerezas, las naranjas... Además desde allí verás el castillo de día y de noche y yo, cuando Sevilla me agobie y la A-49 me llene la cara de ojeras, pensaré: "Quien fuera limonero". Iré al trabajo feliz pensando que tú también lo estás e imaginando el jugo de tus limones nacidos en la tierra serrana.

jueves, agosto 06, 2009

Reporterismo

Escuchar a Maruja Torres es interesante la mayoría de las veces. A mí me lo ha parecido en esta empalagada entrevista de TVE. Torres, sin sentirse de la Tribu, recuerda con pasión los tiempos en los que su periódico le puiblicaba páginas y páginas de sus gestas en zonas de conflicto. Eso ha terminado, asegura la periodista y escritora, porque las empresas de comunicación ya no apuestan por el reporterismo: "Hay que invertir en el reporterismo, no en trajes, no en copas, no en cenas. Hay que invertir en que esa persona esté y se pueda mover y se quede el tiempo que sea necesario para descubrir lo que está ocurriendo."
Escucho sus palabras y me suenan a ensoñación. Y resulta que hubo una vez en la que eso se hizo. Me parece tan mentira como verdad fue el pasado lunes la orden de mi empresa de no pagarme un taxi a Matalascañas para conocer cómo se estaban recogiendo los restos de vertido que estaban llegando a las playas. El coche se había estropeado y yo me quedé en Huelva, haciendo por teléfiono una información que bien valía el dinero que cuesta el viaje. Pero no hay dinero, eso me dicen. Lo que no hay son prioridades. Y no hablo sólo de mi empresa, que también. Pasa en todas. Y arañamos las jornadas como las piezas multifuncionales que somos: hablando de todo un poco sin saber apenas de nada. Asegurando cosas que no hemos visto. Corriendo, corriendo y corriendo.
Cuando da la hora de la salida, estoy siempre en tal estado mental que me cuesta mantener una conversación cualquiera. Tienen que pasar unos minutos hasta volver a abrir los oídos y dejar funcionar la mente. Por eso, si las rutinas de trabajo no nos dejan estar en primera línea de nosotros mismos, estarlo en la de la noticia hace tiempo que es un lujo.
Torres es una privilegiada que, además de haber escrito mejores reportajes que libros, quiere seguir observando la realidad con sus propios ojos. " Yo estoy ahí, pagandome la primera línea, ahora que no puedo ser reportera, pero lo primera línea la quiero ver". Ojalá y las primeras líneas fueran más accesibles para todos los que nos ganamos la vida con este oficio.

Un descubrimiento tardío

martes, agosto 04, 2009

Hasta ahora

La prisa es enemiga de la emoción. Por eso, cuando esta mañana a mi compañero se le han escapado las lágrimas, yo no he estado a su altura. Y me he sobrecogido, sorprendida de su respuesta a la revelación de que era el último día de trabajo que puede que compartamos en nuestras vidas.
Y ha pasado uno de esos instantes eternos en los que el mundo se detiene. No dura más de un segundo pero me ha dado tiempo a plantearme qué coño hago, tan corriendo, sin ser capaz de captar los matices del que se me despide con lo mejor que lleva dentro: sus emociones.
Lo que mi compañero no sabe, y sigue sin saberlo por más que yo se lo haya confesado, es que la vida (la personal y la laboral) es más larga de lo que parece en el momento justo antes del amanecer en una redacción de radio de provincias. Si no más larga, sí más compleja e inestable. Tanto, que llevo tiempo sin despedirme de los compañeros a los que voy dejando, que a fuerza de roce y confidencias, se convierten en amigos. No me despido porque sé que en cualquiera de las esquinas que doblemos, volveremos a encontrarnos. Retomaremos, entonces, una conversación a medias (sobre cines de verano, picaduras de avispa o tabaco de liar, por ejemplo) y entre nosotros jamás habrá pasado el tiempo. Lo sé porque me ha ocurrido: Los llevo conmigo dentro y conservo, intacto, el profundo cariño que he sentido por ellos. Ahora tendré que guardar uno más.
Aún así, una no logra acostumbrarse jamás a una despedida con lágrimas. Por todo, gracias. Y hasta ahora.