sábado, julio 04, 2009

Asturias: BARRANQUEANDO

Dicen que en el cuerno de África, en una isla volcánica, hay un barranco de grado siete de dificultad. Hasta que lo encontraron los franceses los niveles iban del 1 al 6, el “extremadamente peligroso superior”. Éste nuevo barranco africano, que apenas lo han recorrido un centenar de personas y que tiene rappeles de hasta 300 metros, aguas vivas que te estrellan contra piedras y se tarda tres días en recorrer, recibió la curiosa catalogación de “abominablemente peligroso superior”. Nos lo contó uno de los guías con el que recorrimos el Vallegón, un barranco de nivel 2 que para mí ha sido tan abominable, o más, que el africano. Esta catalogación se parece a las técnicas de publicidad que emplean los que ponen nombre a las maquinillas de afeitar o los detergentes, que hace ya varias generaciones de productos perdieron de vista el punto de referencia y ahora inventan el plus, ultra, mega, super… y a veces todo junto para lanzar los nuevos productos. Éramos un grupo de diez, tan parecidos a esos que salen en los programas de aventuras de las cadenas privadas. Cuatro canarios (dos hombres adultos, un niño y una niña, que resultó ser la más valiente de todos los expedicionarios), tres amigos de Madrid (unos chavales de 20 años, uno de ellos scout, preocupados por conocer los sitios de marcha de Oviedo), una pareja andaluza (nosotros, dos novios de un pueblo de la Sierra de Huelva que acudían por primera vez a Asturias y que se las daban de modernos con esto del barranquismo) y una chica de la tierra, de Ribadesella (que tras insistir durante años a sus amigos para que la acompañaran, decidió aprovechar sus vacaciones y hacer esta locura en soledad). Los guías: un leonés y un asturiano de acento cerrado que llamaba por su nombre a todos los que íbamos encontrando por el camino.
Todos llevábamos algo de miedo, pero sin dudad era yo la que más lo manifestaba. Mis palabras, mi cara y mis carcajadas histéricas me granjearon pronto la solidaridad del resto del grupo, muy importante cuando llegó la hora de la paciencia y el cuerpo se me paralizó ante un salto de tres metros. No puedo, no puedo, no puedo… Ellos jaleaban mi nombre desde abajo y tocaban las palmas: “No meterme presión, cabrones¡¡¡¡… perdón” (el niño me miraba un poco alucinado) Y en verdad no podía, hasta que pude, di un saltó al frente y caí a una poza profundísima mientras gritaba. Hubo más momentos de pánico en esta tarde que resultó ser de las más desestresantes de mi vida: bajamos por cuerdas, descendimos por piedras resbaladizas, nos deslizamos por unas especies de toboganes naturales… Y cuando ya parecía que quedaba poco para la salida y empezamos a ascender ladera arriba agarrados a una cuerda, a Grego se le fue el cuerpo y quedó suspendido sobre un vacío de cuatro o cinco metros. Arrastró con la chica de Ribadesella y conmigo que caímos al suelo. Es fuerte, logró no caer y salió de ahí. Los guías, uno al principio de la comitiva y otro al final, no vieron nada. Se lo contamos después y se quedaron con la boca abierta. Hay que tensar más esa cuerda…
Cuando eres una cateta como yo y haces esta gilipollez del barranquismo, sientes que desafías a la evolución humana que creó para nosotros un sofá, una tele y un mando a distancia para que no acudiéramos más al corazón de los ríos a dar por saco a la madre naturaleza. De todo te olvidas cuando terminas y, al desprenderte del pesado traje y del ridículo casco, te sobreviene una agradable sensación de bienestar.
Por la noche, mientras cenábamos pulpo y quesos asturianos en Cangas de Onís, no había nadie a este lado del Puente Romano más seguros de sí mismos que estos dos advenedizos “barranqueros”.

1 comentario:

flor dijo...

hace como 8 años que anduve los mismo pasos que hacéis ustedes ahora. las tonterias de los 14 años no te dejan ver con claridad todo lo que tu narras, pero me ha gustado recordarme en el descenso del sella, paseando por llanes, santilana y potes... un beso. disfrutad!!