lunes, junio 22, 2009

Las siestas de la tortuga

Subía las piernas hacia arriba en el respaldo y dejaba caer la cabeza sofá abajo. Así pasaba muchas de las siestas de verano en casa de mi abuela. Estaba fresquita y la sangre acumulada en la cabeza lograba marearme y hacer de mi aburrimiento sestero una experiencia narcotizante, mucho antes de descubrir el efecto de otras sustancias. Entonces entraba una de las tortugas. La que a mí más me gustaba era la mayor que entonces me parecía la tortuga más grande del mundo. Nunca supe a ciencia cierta dónde vivían. Nadie en casa de mi abuela les dio jamás de comer. Supongo que se alimentarían de las migajas de pan que caían al suelo. Andaba lenta y yo la veía del revés desplazándose pasito a paso por la solería fresca y marrón. Y volvía a desaparecer. Así sin más. Esperaba a que volviera a mi campo visual y llenara mi aburrimiento con su silenciosa compañía. La grande murió no sé bien cuándo y ayer en la siesta volvía a ver a la pequeña que, con los años, está tan grande como su compañera. Y esa fatal hora del calor me dio una tregua en el zaguán de casa de mi abuela (¿Por qué nunca decimos casa de los abuelos?). Y entendí que hay cosas que no cambian porque son eternas. Como las tortugas.

1 comentario:

Anónimo dijo...

¿sabes? como a tí con las tortugas (bueno, igual, exactamente igual no), cada vez que dormia en casa de mi abuela cuando mas pequeña, en las mañanas de verano me despertaba el sonido de lo que a mi me parecia una flauta de tamborilero, y siempre creí que era el tamborilero, que ensallaba durante las mañanas de verano por las calles, para cuando llegara la romeria. ¿y sabes de que era realmente ese sonido? ¡el afilador! esto lo descubrí ya mayorcita, y la verdad es que me avergüenza un poco contarlo, era demasiado inocente...jaja. un beso. Noelia.