lunes, junio 08, 2009

La Huelva-Zafra

-Se va a ir ya. Si quieres te acerco hasta Cortegana en mi moto.
-Hombre, espero que no se vaya.
La mirada del vendedor al otro lado del cristal me dio tanta pena que, a pesar de su atrevimiento, contrarrestré con un es que las motos me dan pánico.
Todavía quedaban unos minutos para que empezase su movimiento metálico, así que entré por el primero de los vagones y no me senté hasta que creí encontar el mejor de los sitios, en dirección contraria a la del tren. Al lado, una abuela con una nieta a la que ofrecí uno de los dulces de chocolate con los que había decidido acompañar este viaje reparador de espíritu. Ella me puso en mi apoyabrazos un caramelo. Ahí comenzó una amistad con la niña, de cuatro años, que duraría hasta la parada de Calañas.
Abrí mi libro al ver de tan cerca las montañas blancas con las que se despide el tren de Huelva capital. Tras ellas, el mal olor de la celulosa.
La palabra escrita es como un puente que nos permite transitar hacia otras nuevas laderas. Pero ese lenguaje escrito no es sólo puente, si no aposento. Instalarse en él quiere decir pensarlo.
De mi lectura me sacaron mis compañeras de viaje más mayores, impresionadas por la belleza de un vagón de tren antiguo convertido en bar-restaurante en la parada de Gibraleón.
Continuamos el camino. La niña, Inés, me interrumpía contantemente. Pobré a darle la libreta que siempre llevo en el bolso y hasta ponerle mis cascos para que escuchara música pero ella prefería la conversación. Pasamos por los campos de girasoles: ¿Sabes que de esas flores grandes y amarillas salen las pipas?, le iba explicando. El campo dejó de ser verde para ser amarillo durante un rato. Su abuela, irrespetuosa también con mi lectura, me explicaba, sin yo preguntárselo, que Inés iba a pasar el fin de semana con ella en El Perrunal. Su madre ha tenido gemelas hace 9 meses y no puede sola con las tres, así que yo me llevo al campo a la mayor. Las otras dos se llaman África y Nazareth. Le prestaba atención pero, en cada una de sus pausas, volvía la vista al libro.
Engañarse y engañar es corrupción. Yo creo que la peor de las corrupciones es la corrupción de la mente, de la inteligencia.
Faltaban pocos minutos para su parada. Le dio tiempo a la abuela a hablar de meteorología, como no. Y es verdad que esa noche fue especialmente fría en la Sierra. Hizo que la niña se despidiera de mí con un beso que ella convirtió en abrazo. A pie de vía, un hombre de gorro rojo, como de otro tiempo, me hizo sonreir. Volvería a hacerlo después, con otro de pelo blanco y más bajito en la siguiente estación. No sabía que todavía hubiera hombres que realizaban estos trabajos. Hacía casi una década que no cogía este tren.
Ahora ya sí que mi única compañía eran las palabras de Emilio Lledó.
La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido, de las aberraciones mentales a las que acoplamos el inmenso andamiaje de noticias siempre las mismas, porque es siempre el mismo nuestro apelmazado cerebro. Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa.
Levanté la cabeza al percibir el aroma de los eucaliptos, que tanto se parece a la humedad que dejan tras de sí los gatos sucios. El olor llenó el vagón que ya sólo ocupábamos una señora y yo. Me dijo que iba para Los Romeros y se bajaba en El Repilado. Yo la aviso, señora, que también me bajo ahí. Le dije, mientras recordé que sólo había pagado el billete hasta la estación anterior de Almonaster-Cortegana.
Lo que quedaba me era mucho más familiar: la tierra minera, las casas de planta baja de Valdelamusa y los endémicos puentes sobre preciosos acantilados. Y un túnel. Y otro. Y otro. Hasta ser vomitados al centro mismo de la Sierra. Después vendrían las pequeñas huertas familiares que parecen pintadas por el Demiurgo de la Paz y el Agua. Y llegamos a El Repilado. Agarré la maleta de la que era ya mi única acompañante, la ayudé a bajar, y con el pie en tierra firme me llené los pulmones. Ya estoy en casa.

5 comentarios:

Cárreter dijo...

ay que bonito. Yo ese tren sólo lo he cogido dos veces en mi vida, pero forma parte de mi historia. En él viajaban mis padres para examinarse, los viajantes que vendían la carne en la capital, los familiares que iban a visitarnos... Qué bonito es ese viaje. Que sepas que ha dicho Pepiño que van a arreglar la línea.

Wolverine® dijo...

Me hago seguidor de tu blog, man molao tus interesantes articulos publicaos ^^, el del betis tb ( soy sevillista xD )

Un beso wapa ! y a seguir colgando cosas wapas :D

Superchoco dijo...

Que chulo yo si he cogido el tren muchas, muchas veces. Me has hecho recordar muchas cosas y buenas.
Si no fuera un superhéroe me hubiera emocionado, pero....en fin.
Gracias por la entrada.

Anónimo dijo...

Siempre me quejo de andar dependiendo de los medios de transporte y de sus malditos horarios por no tener un coche en condiciones. Pero si tuviera que elegir uno, elegiría el tren sin dudarlo, y mucho más este trayecto. Durante las dos horas y poco que dura te olvidas de todo lo demás, y da igual que vayas sentado dirección a la marcha o al contrario, es una maravilla todo lo que se observa desde la ventanilla, lo distinto que son los paisajes desde el origen hasta el destino y lo que compartes en ese ratito con la gente que viaja a tu lado. Me hizo gracia una de las últimas veces que lo cogí, era viernes, mi vagón iba lleno de estudiantes, de instituto seguramente, con sus portátiles y cada uno con una música que yo no escucharía en la vida y que me llevaba la cabeza loca… en una de las estaciones había un grupo de niñas de unos catorce años, que esperaban al tren sólo para ver a los chavales. Con rotulador les escribían mensajes en el cristal y les dejaban su messenger y su número de móvil, en nuestros tiempos no había nada de eso! Me quedo con el verde intenso de los pinos y con el naranja de la tierra minera que, aunque nos coja un poco lejos, sigue siendo tan nuestra. Para quien no haya cogido nunca ese tren, que apunte…es una gozada.

Bonita entrada Pirfa. Un beso

Herblay dijo...

Preciosa entrada. Tomo nota de la recomendación, compañera.

Un besazo