domingo, junio 28, 2009

Parada en Salamanca

Diez u once horas son demasiadas para pasarlas encerrados en un coche. Cualquier excusa era buena para volver a Salamanca y, de camino, mostrarle a Grego algunas de las cosillas de las que me acuerdo cuatro años después de aquel divertido viaje cultural-iniciático con el que pretendíamos reirnos de las tristezas. Y lo conseguimos.
Entre las cosas que no recordaba, la localización de la puñetera rana y los sablazos que te meten en la Plaza Mayor. Pero vale la pena por todo lo demás. Por los aires ilustrados, por los paseos entre paredes amarillentas de piedra, por las calles, por la comida y por la preciosa catedral que desde fuera impone y desde dentro asciende. Mientras escribo, Grego habla por teléfono con su madre: "Salamanca es chulísima". Y yo sonrío y pienso en lo mucho que vale la pena esta parada en nuestra ruta.

viernes, junio 26, 2009

Vacaciones

Si alguien me quiere para algo, que no me llame. Estaré encendida pero fuera de cobertura. Quien me quiera porque sí, para saber si estoy siendo feliz descubriendo Asturias, emborrachandome de sidra, hartandome de Cabrales, redescubriendo la compañía, atreviendo con el Sella, desnudando en Mónsul, viendo peces de colores en Medialuna o paseando por los genoveses, ése sí, ése que me llame. Estaré encantada de hablarle de paraísos y vacaciones.

jueves, junio 25, 2009

Agendas

Cuando entré por primera vez en la redacción de un periódico conocí a dos periodistas: el primero me aconsejó no llevar jamás grabadora y el otro le quitó importancia a las agendas. Uno no llevaba aparatos de grabación a sus encuentros ni entrevistas de los que luego sacaba preciosos reportajes literarios y el otro nunca tuvo ni un sólo número apuntado y, aun así, manejaba fuentes como nadie. Hoy leo en los periódico sobre una mujer, Rabekah Wade, que comenzó sirviendo café a los jefecillos y hoy es la mano derecha del magnate de la comunicación Rupert Murdoch. De ella dice El Pais: "tiene 41 años, el pelo ensortijado y rojo y una de las mejores agendas de Londres". Y he tenido que recordar mi llegada al Periodismo y a mis dos compañeros como ejemplos de plumillas que jamás tendrán despacho propio, pero sí unos ideales de hierro.

miércoles, junio 24, 2009

Aserrín, aserrán...

Estaba tan contenta que no paraba de repetir "Esto tiene que parecerse mucho a la Felicidad" mientras llenaba mi copa de exquisito vino blanco del Condado. Decidí esperar la llegada de mis amigos en un precioso chiringuito de madera con sillones de mimbre y cubatas en anchas copas. Cada vez quedaba menos y yo no paraba de sonreir. Cuando llegaron todos, yo ya estaba tan borracha que no me daba cuenta ni de que lo estaba. Creo que la alegría hizo todavía más efecto que la ginebra, aunque la primera sea inodora y la segunda nos delate. Decidimos meternos en el agua y ví como la manecilla pequeña llegaba a las diez. Una experiencia de otro mundo: el agua calentita y la cabeza en otra dimensión: la de la amistad y las risas. Todavía no era de noche cuando se encendió nuestra hoguera y tuve que saltarla. Lo hice sin pensármelo, en bikini y medio mojada, pero es verdad que purifica. Yo lo estaba tanto que le recordé a mis amigos los mucho que los quería. Lo seguí haciendo mucho después de dejar de beber. Y cuando más a gusto estaba y menos quería irme, el cielo se llenó de colores y Abril, a sus dos añitos, descubrió las mil y una formas del fuego y me hizo comulgar con su ilusión. También, para mí, ésta ha sido mi primera noche de San Juan. Nos mojamos los pies y no pedí ningún deseo. No tenía derecho a pedir más Felicidad.

lunes, junio 22, 2009

Las siestas de la tortuga

Subía las piernas hacia arriba en el respaldo y dejaba caer la cabeza sofá abajo. Así pasaba muchas de las siestas de verano en casa de mi abuela. Estaba fresquita y la sangre acumulada en la cabeza lograba marearme y hacer de mi aburrimiento sestero una experiencia narcotizante, mucho antes de descubrir el efecto de otras sustancias. Entonces entraba una de las tortugas. La que a mí más me gustaba era la mayor que entonces me parecía la tortuga más grande del mundo. Nunca supe a ciencia cierta dónde vivían. Nadie en casa de mi abuela les dio jamás de comer. Supongo que se alimentarían de las migajas de pan que caían al suelo. Andaba lenta y yo la veía del revés desplazándose pasito a paso por la solería fresca y marrón. Y volvía a desaparecer. Así sin más. Esperaba a que volviera a mi campo visual y llenara mi aburrimiento con su silenciosa compañía. La grande murió no sé bien cuándo y ayer en la siesta volvía a ver a la pequeña que, con los años, está tan grande como su compañera. Y esa fatal hora del calor me dio una tregua en el zaguán de casa de mi abuela (¿Por qué nunca decimos casa de los abuelos?). Y entendí que hay cosas que no cambian porque son eternas. Como las tortugas.

martes, junio 16, 2009

Votaciones

Para mí votar es algo normal. Un verbo que conjugo las pocas veces que me deja este sistema heredado. Pero para ellas no. Desde la última vez que lo hicieron han pasado 20 años. En aquel plebiscito se sentaron las bases de lo que luego ha sido Irán. Tan religioso, tan integrista, tan metido hacia dentro...
Volvían las mujeres a las urnas y, en las fotos que hasta nuestro país llegaban, sus caras de esperanza que se ha vuelto de desengaño tras conocer unos resultados oficiales que muchas de ellas rechazan. El sector moderado, al grito de Alá es grande, ha llenado las calles de personas reivindicando sus derechos ciudadanos: unas elecciones sin trampas, unos resultados claros.
En Irán se respiran aires de transición que parece que no es flor de un día (ni siquiera de un día de elecciones). Para unas será la libertad, para otras la igualdad, para otras el repeto, para otras el fin del uso del velo y para todas la oportunidad de cambiar las reglas del juego y hacerse oir. La comunidad internacional le presta oídos. Yo lo hago cada mañana repasando sus caras en las fotos de los periódicos. Ahora sólo queda que ellas y ellos empiecen a separar religión y política. Eso sí sería la auténtica revolución del mundo árabe.
P.D. No puedo evitar recordar estos días a Marjane Satrapi.

domingo, junio 14, 2009

Sorpresa Negra

"Tenemos sobres de sorpresa negra". Es lo que pone en un folio pegado en las ventanas de las tiendas de chucherías de Huelva. Debe estar haciendo furor entre los choqueros más pequeños. Yo, cuando veo esos anuncios artesanales, no puedo evitar pensar en lo multirracial que se está volviendo esta tierra. Ayer, por ejemplo, la playa de Mazagón lo era. De los muchos ecos que llegaban hasta mi toalla, apenas una pareja de españoles con un niño pegado a una Nintendo. El resto, una pareja de marroquí y rumana, unos amigos africanos, otra familia con niños y los esquivos senegaleses que entraban y salían de mi campo visual sin tener certeza en toda la jornada de en qué punto de la playa se encontraban. Las marcas de las camisetas en sus pieles hablan de las ocupaciones que tienen en este país del que muchos ya formarán parte para siempre.
En unos días se marcha uno de ellos. Compartimos con él una calurosa cena la noche del sábado en un piso abarrotado en el que todos los invitados acabamos charlando en el balcón. El supernegro, mi amigo Ba, que en realidad no es vendedor de collares y anillos sino soldador, me enseñaba en su móvil las fotos de su hijo de cuatro años. Lo tuvo con la mujer que para él eligieron sus padres, pero a la que él no quiere (a pesar de las súplicas de ella que le llama llorando para que vuelva a Dakar y retomar su vida juntos). Cuando Ba se vino a España hace más de un año se separó de ella y el niño pasó a vivir con los padres de él. En su país, los niños son de los padres y las niñas de las madres, por eso no viene a España con él la mujer que él ha elegido, la que se convertirá a su vuelta en su segunda esposa, porque tiene que quedarse con su madre.
"Si tuviera papeles, trabajaría aquí un año y con lo que ganaría, podría montar una fábrica grande en Senegal y mantener a mis dos mujeres". Me decía con su español atropellado, el noveno de los idiomas que habla a sus 26 años. Yo le hablé de 2.005, cuando el Gobierno español abrió la mano y permitio la regularización de muchos como él y de las pocas probabilidades de que volviera a darse un escenario como ése, más con los tiempos que corren.
Ba no entiende de crisis. Él lo que controla de verdad es el calor que pasa en las playas intentando vender su mercancía y del poco dinero que consiguió en El Rocio, donde no piensa volver. Por debajo de nuestro balcón pasaban algunos de sus compatriotas. Se dirigió a uno de ellos en un dialécto diferente al suyo. Aunque no entendía lo que decían, la cara del de abajo daba muestras de la sorpresa que le causaba verlo en una casa rodeado de blancos. Cuando pasó otro le dije "Mira, ahí traes otro amigo". "No lo conozco.-me dijo- ¿Acaso conoces tú a todos los españoles?" Y tuve que sonreir ante su ocurrencia y mi propia gilipollez.

lunes, junio 08, 2009

La Huelva-Zafra

-Se va a ir ya. Si quieres te acerco hasta Cortegana en mi moto.
-Hombre, espero que no se vaya.
La mirada del vendedor al otro lado del cristal me dio tanta pena que, a pesar de su atrevimiento, contrarrestré con un es que las motos me dan pánico.
Todavía quedaban unos minutos para que empezase su movimiento metálico, así que entré por el primero de los vagones y no me senté hasta que creí encontar el mejor de los sitios, en dirección contraria a la del tren. Al lado, una abuela con una nieta a la que ofrecí uno de los dulces de chocolate con los que había decidido acompañar este viaje reparador de espíritu. Ella me puso en mi apoyabrazos un caramelo. Ahí comenzó una amistad con la niña, de cuatro años, que duraría hasta la parada de Calañas.
Abrí mi libro al ver de tan cerca las montañas blancas con las que se despide el tren de Huelva capital. Tras ellas, el mal olor de la celulosa.
La palabra escrita es como un puente que nos permite transitar hacia otras nuevas laderas. Pero ese lenguaje escrito no es sólo puente, si no aposento. Instalarse en él quiere decir pensarlo.
De mi lectura me sacaron mis compañeras de viaje más mayores, impresionadas por la belleza de un vagón de tren antiguo convertido en bar-restaurante en la parada de Gibraleón.
Continuamos el camino. La niña, Inés, me interrumpía contantemente. Pobré a darle la libreta que siempre llevo en el bolso y hasta ponerle mis cascos para que escuchara música pero ella prefería la conversación. Pasamos por los campos de girasoles: ¿Sabes que de esas flores grandes y amarillas salen las pipas?, le iba explicando. El campo dejó de ser verde para ser amarillo durante un rato. Su abuela, irrespetuosa también con mi lectura, me explicaba, sin yo preguntárselo, que Inés iba a pasar el fin de semana con ella en El Perrunal. Su madre ha tenido gemelas hace 9 meses y no puede sola con las tres, así que yo me llevo al campo a la mayor. Las otras dos se llaman África y Nazareth. Le prestaba atención pero, en cada una de sus pausas, volvía la vista al libro.
Engañarse y engañar es corrupción. Yo creo que la peor de las corrupciones es la corrupción de la mente, de la inteligencia.
Faltaban pocos minutos para su parada. Le dio tiempo a la abuela a hablar de meteorología, como no. Y es verdad que esa noche fue especialmente fría en la Sierra. Hizo que la niña se despidiera de mí con un beso que ella convirtió en abrazo. A pie de vía, un hombre de gorro rojo, como de otro tiempo, me hizo sonreir. Volvería a hacerlo después, con otro de pelo blanco y más bajito en la siguiente estación. No sabía que todavía hubiera hombres que realizaban estos trabajos. Hacía casi una década que no cogía este tren.
Ahora ya sí que mi única compañía eran las palabras de Emilio Lledó.
La lectura, los libros, son el más asombroso principio de libertad y fraternidad. Un horizonte de alegría, de luz reflejada y escudriñadora, nos deja presentir la salvación, la ilustración, frente al trivial espacio de lo ya sabido, de las aberraciones mentales a las que acoplamos el inmenso andamiaje de noticias siempre las mismas, porque es siempre el mismo nuestro apelmazado cerebro. Los libros nos dan más, y nos dan otra cosa.
Levanté la cabeza al percibir el aroma de los eucaliptos, que tanto se parece a la humedad que dejan tras de sí los gatos sucios. El olor llenó el vagón que ya sólo ocupábamos una señora y yo. Me dijo que iba para Los Romeros y se bajaba en El Repilado. Yo la aviso, señora, que también me bajo ahí. Le dije, mientras recordé que sólo había pagado el billete hasta la estación anterior de Almonaster-Cortegana.
Lo que quedaba me era mucho más familiar: la tierra minera, las casas de planta baja de Valdelamusa y los endémicos puentes sobre preciosos acantilados. Y un túnel. Y otro. Y otro. Hasta ser vomitados al centro mismo de la Sierra. Después vendrían las pequeñas huertas familiares que parecen pintadas por el Demiurgo de la Paz y el Agua. Y llegamos a El Repilado. Agarré la maleta de la que era ya mi única acompañante, la ayudé a bajar, y con el pie en tierra firme me llené los pulmones. Ya estoy en casa.

lunes, junio 01, 2009

Niveles mínimos

Los pasillos largos y blancos. Lo tenía claro en este solitario lunes de Pentecostés en el que buena parte de la ciudad se sacude la ropa de arena. La médico y la enfermera se sorprendieron al verme. Me preguntaron qué me traía hasta allí. Quise hablarles de Solidaridad y otras palabras grandilocuentes que no venían al caso y ellas conocían de sobra.
Tardaron pocos minutos en sentarme en la camilla y darme el primero de los pellizcos en el dedo corazón. Una gota de mi sangre revelaba que no era apta para la donación. Les confesé que con 16 o 17 años tuve un poco de anemia, pero que ahora estaba bien. Mientras repetían la operación y sentía el segundo de los aguijonazos en el mismo dedo, les contaba que eso debería haber sido un episodio de adolescencia que ya tenía superado. Entonces estaba todo el día cansada y vivía más intensamente en sueños que en la vigilia. La segunda gota parecía confirmar que la única persona que hoy había acudido a donar no iba a poder hacerlo. Insistieron una tercera vez. Ahora con un análisis de sangre que en unos minutos descartaba, definitivamente y por ahora, la conveniencia de que pudiera donar mi sangre. Apareció la médico con una fotocopia de alimentos que debía comer más y la recomendación de que visitara a mi médico de cabecera. No pude reprimirme cierto sentimiento de vergüenza. Me limpiaron la mancha de yodo que había dibujado en la parte cóncava de mi codo y les di las gracias. Me bajé de la camilla de la solitaria sala de donaciones bastante frustada: mi sangre no cumplía los níveles mínimos de Solidaridad. Llevo todo el rato pensando en lo poco que sirve tanto cuerpo y tantas ganas.