martes, mayo 26, 2009

Escapar

Recuerdo que era una ficha y tenía que rodear las caperucitas que miraban hacia la izquierda. Llevaba un rato mirándolas y no era capaz de distinguir las direcciones. Así que decidí escaparme de la escuela. Le dije a la señorita que quería ir al servicio y -la seguridad entonces era otra cosa- crucé, a mis cuatro o cinco años, la cancela, siempre abierta, del colegio.
La avenida (la nacional 433) alante y la poca maldad me llevaron directamente a mi casa. De lo siguiente que me acuerdo es de ver a mi padre desde abajo, junto a mi madre y la maestra, a las puertas de mi clase, echándome una bronca de dos pares de cojones. La maestra le pedía que no fuera tan duro conmigo. No veía la hora de volver a entrar en el aula porque creí el buen gesto de mi señorita y volver con mis compañeros se me presentaba como la única forma de escaparme de la ira paterna.
Cuando estuve dentro y ella volvió a la presidencia de la clase, el tono de su voz y el rictus de su cara cambiaron: me humilló delante de todas las amistades que yo había podido granjearme en mis pocos años de existencia. Fue la primera vez en mi vida que entendí que hay personas cínicas y malvadas. Lo que no he vuelto a hacer, nunca jamás, es escaparme. En ninguna situación, por feas que se presenten las cosas.
Todavía hoy, hay veces que me lío con las direcciones.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A mi también me pasa, casi a diario, me lío...me lío... Hay veces que me dejo llevar por señales, otras, simplemente me dejo llevar. Y lo que tengo muy claro es que elija la opción que elija ,siempre, en cada una, habrá algo que te haga equivocarte,algo que te haga aprender.

Sigue la que más te apetezca en cada momento, pero nunca huyas. Eso también yo lo aprendí.

Un beso.

Herblay dijo...

Yo soy un desastre!!! Es poco consuelo, pero me gusta ver que somos unos cuantos, jaja