martes, abril 28, 2009

Pescaíto´s Night

"Grego, tengo un problema. Son las cinco y pico de la mañana, tengo sueño, no puedo con los tacones y no hay ni un sitio donde enganchar la bici en todas estas calles". Mi novio despegó la cabeza de la almohada en un gesto entre el "déjame dormir tranquilo" y el "no esperes que vaya a levantarme, vestirme e irte a aparcar la bici". No hacían falta palabras. Resoplé, me puse los zapatos planos y volví a sacar la bici que tanto me había costado meter de la entrada del edificio.
Mientras pedaleaba, supongo que intentado ahuyentar de mi cabeza los temores típicos de la soledad de la madrugada, recordaba los mejores momentos de la noche del lunes: el reencuentro con los compañeros, el descubrimiento de otros, los cotilleos, las confesiones, los besos de personas con las que he trabajado muy poco tiempo pero por las que me he sentido muy querida. La Pescaíto´s Night, en la que yo me había propuesto no salir del piso de Asunción donde tenía lugar la fiesta, terminó apretados en una caseta al lado de la portada donde, casualmente, había un ejemplar de El País a fecha. En las páginas interiores, una foto a la que me había referido horas antes y que ahora mostraba a mis compañeros, dándole besos. Uno tras otro. Porque yo quiero formar parte de esta foto que muestra un amor profiláctico pero, también, mucha ternura. (Me queda la duda de su casualidad)
Y ahí estaba yo, con mi sonrisa en los labios, haciendo balance de la noche sobre una bicicleta con la rueda de atrás pinchada que más que rodar, derrapaba en cada giro. Buscando bornas libres, llegué a la Calle Betis, otra vez, y dejé la bici en el mismo número del que la había cogido. Varias veces tuve la tentación de abandonarla en cualquier sitio y denunciar a la Policía que me habían robado la cartera en la Feria. El sentido de lo público pudo con mis tentaciones.
Tocaba volver a casa, esta vez andando. Practicamente ni alma a esta orilla del río. Sólo a lo lejos dos chavales, sentados en el muro de la Calle Betis. No quería mirarlos. Cuando lo hice resultaron ser dos toreros: El Juli y Manzanares hijo, casi tan perdidos en la noche como yo misma. Me relajé pensando que ya poco más me podía pasar esa noche.
-"Estoy viva"- Le dije a Grego cuando llegué.
Y es que es verdad que lo estoy. En toda la amplitud de las palabras.

1 comentario:

Jose Juan Ramos dijo...

Si supieras lo que significa estar vivo volverías muy pronto... yo me siento así en cuanto escucho una de tus frases lapidarias. Quiero tenerte más cerquita, muchos besos.