martes, abril 21, 2009

Buenos presagios

Yo no sabía que los abejorros traían buenos presagios hasta que este mediodía uno enorme se coló en mi trabajo y al ver que mi jefe quería terminar con su vida, mi compañera Sampedro, una limpiadora de aldea tan sabia como la tierra, preguntó: ¿Es bonito? Por lo visto en su aldea creen que los abejorros bonitos traen buenas noticias y los negros traen las malas. Es precioso, le contesté. No dejé que mi jefe lo matara y ella le abrió la puerta por la que se marchó.
A las pocas supersticiones a las creo, hoy le he sumado la de los bonitos abejorros amarillos y negros. Pocas horas después de su aparición recibí la visita en casa de una de mis mejores amigas y su novio a los que preparé un almuerzo que sabía excepcionalmente rico. Después acudí a mi cita a las puertas de Cruz Roja, donde conocí a una compañera, Adela, que me ha acompañado en la que ha sido una de las tardes más emocionantes de mi vida.
Con Adela, su fotógrafa, dos voluntarios de Cruz Roja y una traductora, hemos llegado a una finca de Villablanca, de esas en las que el plástico blanco no deja ver el suelo. Al final de la calle de casas prefabricadas (de nombre "Avenida de la Integración"), unas 200 mujeres nos esperaban dentro de una jaima. Han recibido un multidisciplinar curso de prevenciones varias que yo creía que terminaba con el reparto de preservativos y el sonrojo de las mujeres musulmanas (mayoría en aquella extravagante aula).
Me equivocaba. Cuando las caucásicas se marcharon, bastante enfadadas esta vez porque no había traductor para ellas, nos fotografiamos con las marroquíes, que nos revistieron con sus mantos y con las que nos intercambiamos teléfonos y correos. A una de ellas, más o menos de mi edad (aunque eso nunca se sabe con estas mujeres) le regalé la pulsera de madera que llevaba. Me enseñó a decir shucram, que suena a unas gracias muy dulces.
Y no nos dejaron irnos. Era el cumpleaños de uno de los trabajadores de la finca, el que les enseña informática. La jaima se vació de mujeres con la misma facilidad con la que se volvió a llenar. Sobre las mesas dulces y té árabes que jamás antes había probado y que me han reconciliado, más de 14 años después, con las infusiones que tan malos recuerdos me traen. Se acompañaron con timbales e instrumentos de viento y percusión que sonaban a otras tierras, las suyas. Cantes del norte de Marruecos, bailes del sur, quejidos del desierto en lengua bereber, senegalesas bailando a esos sones...
Y colores y más colores. Y sabores. Y músicas que todavía ahora, mientras disfruto del delicioso sabor de las fresas que también salen de sus manos, no se me van de la cabeza y dudo que me dejen dormir. Adela miraba mi cara y me decía algo así como "Tú que querías viajar a Marruecos..." He ido y no he vuelto. Sin salir de una jaima en mitad de un campo fresero de Villablanca. En días como éste doy gracias a lo divino y a lo humano por ser testigo privilegiada de las realidades. O lo que es lo mismo, por ser periodista.

2 comentarios:

anoniMATA dijo...

las fotos, el texto..geniales

Raquel Rendón dijo...

el trabajo del periodita, es, a veces, absolutamente maravilloso, compañera. Me encanta tu blog y te invito al mío: www.jironesdeexistencia.blogspot.com. un besito enorme