miércoles, abril 29, 2009

Una droga para el amor

El perfume debía llegar hasta la puerta del cuartel. Lucía y Julián entraron delante en la sala donde iban a dar la rueda de prensa. Entré tras ellos. La libido se me subió hasta las orejas. Creía que era debido a un Seprona morenazo de los de las filas de atrás. Saludé a todos y todas. Estaban más sexys que nunca.
Muy bien ordenados, delante de nosotros, unos frasquitos amarillos que escondían "la droga del amor". Uno de los guardias comentó que tuviésemos mucho cuidado de no tirar ninguno porque dentro la sustancia es líquida y causa su efecto por inhalación.
Seguro que algunos de esos cientos de botes tenía alguna fuga. No éramos capaces de parar las risas. No percibía el olor pero me imaginaba el aire pintado de matices morbosos. Más reíamos. Explicaban los agentes que esta sustancia, Poppers o droga del amor, empezó siendo utilizado por los homosexuales en los años 70, en Estados Unidos, donde todavía hoy es legal (como las metralletas). Es un vasodilatador que provoca deshibición y un efecto relajante. Fatal si se mezcla con Viagra. Tuvimos que resistir la tentación para no meter algunos botecillos en los bolsos y las chaquetas. Terminó la rueda de prensa, pero no las risas. A la salida uno de los Seprona de los de la fila de atrás se dirigió a nosotras para decirnos: "¿Os lo habéis pasado bien, eh?" Había en su cara un rictus lascivo. Quizá no, pero yo, a esa hora no veía más que lascivia. Aunque, claro, puede ser que ninguno de los botes tuviera fuga alguna. Puede ser que dentro de ellos no hubiera más que agua. No importa... He aprendido mucho, entonces, sobre el efecto placebo y carcajadas.

martes, abril 28, 2009

Pescaíto´s Night

"Grego, tengo un problema. Son las cinco y pico de la mañana, tengo sueño, no puedo con los tacones y no hay ni un sitio donde enganchar la bici en todas estas calles". Mi novio despegó la cabeza de la almohada en un gesto entre el "déjame dormir tranquilo" y el "no esperes que vaya a levantarme, vestirme e irte a aparcar la bici". No hacían falta palabras. Resoplé, me puse los zapatos planos y volví a sacar la bici que tanto me había costado meter de la entrada del edificio.
Mientras pedaleaba, supongo que intentado ahuyentar de mi cabeza los temores típicos de la soledad de la madrugada, recordaba los mejores momentos de la noche del lunes: el reencuentro con los compañeros, el descubrimiento de otros, los cotilleos, las confesiones, los besos de personas con las que he trabajado muy poco tiempo pero por las que me he sentido muy querida. La Pescaíto´s Night, en la que yo me había propuesto no salir del piso de Asunción donde tenía lugar la fiesta, terminó apretados en una caseta al lado de la portada donde, casualmente, había un ejemplar de El País a fecha. En las páginas interiores, una foto a la que me había referido horas antes y que ahora mostraba a mis compañeros, dándole besos. Uno tras otro. Porque yo quiero formar parte de esta foto que muestra un amor profiláctico pero, también, mucha ternura. (Me queda la duda de su casualidad)
Y ahí estaba yo, con mi sonrisa en los labios, haciendo balance de la noche sobre una bicicleta con la rueda de atrás pinchada que más que rodar, derrapaba en cada giro. Buscando bornas libres, llegué a la Calle Betis, otra vez, y dejé la bici en el mismo número del que la había cogido. Varias veces tuve la tentación de abandonarla en cualquier sitio y denunciar a la Policía que me habían robado la cartera en la Feria. El sentido de lo público pudo con mis tentaciones.
Tocaba volver a casa, esta vez andando. Practicamente ni alma a esta orilla del río. Sólo a lo lejos dos chavales, sentados en el muro de la Calle Betis. No quería mirarlos. Cuando lo hice resultaron ser dos toreros: El Juli y Manzanares hijo, casi tan perdidos en la noche como yo misma. Me relajé pensando que ya poco más me podía pasar esa noche.
-"Estoy viva"- Le dije a Grego cuando llegué.
Y es que es verdad que lo estoy. En toda la amplitud de las palabras.

domingo, abril 26, 2009

Tecnologías

Dicen que hubo un tiempo, no hace tanto, en el que las noticias llegaban a las redacciones gracias a una tecnología que llenaba el suelo de rollos de papel con los que tropezaban los redactores que se despistaban un rato. Lo descubrí cuando el viernes, en una cena con compañeros de mi actual trabajo, una de ellas contó una anécdota de un pasado no tan lejano e hizo un gesto, como de arrancar un papel, que no comprendí. Cuando me explicaron su significado se abrió entre nosotros la brecha del tiempo. Enorme cuando hablamos de tecnológía. Más pequeña cuando hablamos de Periodismo. Porque el periodismo, el bueno, es un idioma universal, a pesar de las etiquetas. El que responde a la inmediatez y la calidad, el que humaniza las informaciones, el que es solidario, el consigue ser testigo de su tiempo, el que tiene el don de la comunicación, entre otros dones... Ese será ahora y siempre un buen periodista.

viernes, abril 24, 2009

El beso

Este cuadro, que es de mis favoritos, me despierta casi tanta ternura como un beso. Y los besos me encantan, aunque no todos. Me gustan los que van acompañados de abrazos, los que no se esperan, los espontáneos, los que se dan los amigos cuando las palabras no sirven para expresarles lo mucho que te importan. Hay tantos tipos de besos como momentos y todos deberían ser siempre sinceros. Tantos como éste: Desfile infantil de carnaval en Cortegana. Mi primo Rubén le expresa así la felicidad por el reencuentro (y eso que abrían estado juntos durante todo la mañana) a uno de sus compañeros de la guardería. Uno de los besos más tiernos que he visto en mi vida. Como el de Gustav Klim, pero mejor.

martes, abril 21, 2009

Buenos presagios

Yo no sabía que los abejorros traían buenos presagios hasta que este mediodía uno enorme se coló en mi trabajo y al ver que mi jefe quería terminar con su vida, mi compañera Sampedro, una limpiadora de aldea tan sabia como la tierra, preguntó: ¿Es bonito? Por lo visto en su aldea creen que los abejorros bonitos traen buenas noticias y los negros traen las malas. Es precioso, le contesté. No dejé que mi jefe lo matara y ella le abrió la puerta por la que se marchó.
A las pocas supersticiones a las creo, hoy le he sumado la de los bonitos abejorros amarillos y negros. Pocas horas después de su aparición recibí la visita en casa de una de mis mejores amigas y su novio a los que preparé un almuerzo que sabía excepcionalmente rico. Después acudí a mi cita a las puertas de Cruz Roja, donde conocí a una compañera, Adela, que me ha acompañado en la que ha sido una de las tardes más emocionantes de mi vida.
Con Adela, su fotógrafa, dos voluntarios de Cruz Roja y una traductora, hemos llegado a una finca de Villablanca, de esas en las que el plástico blanco no deja ver el suelo. Al final de la calle de casas prefabricadas (de nombre "Avenida de la Integración"), unas 200 mujeres nos esperaban dentro de una jaima. Han recibido un multidisciplinar curso de prevenciones varias que yo creía que terminaba con el reparto de preservativos y el sonrojo de las mujeres musulmanas (mayoría en aquella extravagante aula).
Me equivocaba. Cuando las caucásicas se marcharon, bastante enfadadas esta vez porque no había traductor para ellas, nos fotografiamos con las marroquíes, que nos revistieron con sus mantos y con las que nos intercambiamos teléfonos y correos. A una de ellas, más o menos de mi edad (aunque eso nunca se sabe con estas mujeres) le regalé la pulsera de madera que llevaba. Me enseñó a decir shucram, que suena a unas gracias muy dulces.
Y no nos dejaron irnos. Era el cumpleaños de uno de los trabajadores de la finca, el que les enseña informática. La jaima se vació de mujeres con la misma facilidad con la que se volvió a llenar. Sobre las mesas dulces y té árabes que jamás antes había probado y que me han reconciliado, más de 14 años después, con las infusiones que tan malos recuerdos me traen. Se acompañaron con timbales e instrumentos de viento y percusión que sonaban a otras tierras, las suyas. Cantes del norte de Marruecos, bailes del sur, quejidos del desierto en lengua bereber, senegalesas bailando a esos sones...
Y colores y más colores. Y sabores. Y músicas que todavía ahora, mientras disfruto del delicioso sabor de las fresas que también salen de sus manos, no se me van de la cabeza y dudo que me dejen dormir. Adela miraba mi cara y me decía algo así como "Tú que querías viajar a Marruecos..." He ido y no he vuelto. Sin salir de una jaima en mitad de un campo fresero de Villablanca. En días como éste doy gracias a lo divino y a lo humano por ser testigo privilegiada de las realidades. O lo que es lo mismo, por ser periodista.

lunes, abril 20, 2009

Enzapatás

No hay Mac ni Burguer, ni Kentucky ni Starbuks, que haya dado con el secreto milenario del sabor de las habas enzapatás. Si lo hubieran hecho, tendríamos una multinacional gastronómica que llenaría el mundo de delicioso olor a poleo.
Las habas enzapatás me han hecho darme cuenta de la suerte que tengo de vivir en Huelva. Ya he encontrado dos bares donde las ponen. Aquí se comen con las manos. Curioso. Yo las he acompañado con vino blanco y buena gente y creo haber encontrado la Felicidad.
El olor y el sabor de este plato (del que desconozco y quiero desconocer para siempre su elaboración y así llevarme la sorpresa de encontrarlo por los bares) me transporta a mi más tierna infancia, sin magdalena ni nada. Y me veo a mí misma, esperando desde abajo que le pusieran a mi padre su cerveza para poder dar cuenta de las habas que la acompañaban. Creo que la imagen es de Nerva y el bar tenía mostrador de madera. Puede que hasta suelo de serrín.
Yo rondaba los tres años y medio. Creo que es mi primer recuerdo. El sabor de las habas y el olor de la tierra minera caliente cuando llovía, que ya para siempre me han acompañado.

jueves, abril 16, 2009

Republicana

Yo nací republicana. También morena y con pies planos. Siempre lo fui y nunca me pregunté el por qué, como no lo hago por tener dientes o dos piernas. Son cosas con las que naces. Y punto. A medida que fui creciendo, y abriendo los oídos, me pareció entender algo de que no todo el mundo era moreno, ni de pies planos, ni tiene dientes, ni las dos piernas, ni es republicano.
Yo creía que sí, que era el estado natural del Ser Humano. Pero se ve que me estaba equivocando porque en este mundo también había personas que mantenían la vigencia de un régimen monárquico en una sociedad desarrollada. Luego aprendí que la monarquía era un anacronismo sin sentido y muy costoso que perdura a causa de la cobardía de nuestra clase política de "abrir" la Constitución. En mi pueblo, las personas que se saben enfermas de cáncer siempre tienen miedo a que las "abran". Es un miedo a lo desconocido, a sabiendas de que, si nunca lo hacen, pueden perder su propia vida. Eso lo aprendí después, lo del anacronismo. Lo que nadie me enseñó nunca es que esas personas con cargos reales, a los que nadie ha elegido para las funciones que desempeñan (y que jamás sabré cuáles son), levantan las pasiones de otras personas que se agolpan para rozar unas décimas de segundo unas manos reales. O casi. Y soñar con que estuvieron a punto de darles un beso. Por no hablar, claro, de la guardia pretoriana de la que se rodean que no dudan en enseñarte la culata de la pistola que esconden bajo su chaqueta para que te apartes. Eso lo aprendí más tarde, cuando tuve que contar mi primera visita oficial de la casa real.
Y aunque lo haya visto con mis propios ojos, mi mente no alcanza a comprenderlo. Quizá sea porque nací republicana. Pero no una de esas que vuelven la vista atrás y anhelan los espíritus de tiempos pasados. No. Yo soy una republicana de estos tiempos y estos espíritus. De estas tierras y estas gentes. Soy republicana también porque quiero lo mejor para todos, también para la multitud que le grita "guapa" a las princesas consortes.
¿Acaso deja la inteligencia ser otra cosa?

miércoles, abril 15, 2009

La tela de araña

Esta foto es de anoche. Está tomada en uno de mis bares preferidos de Huelva: el Prokope, del que escuché hablar mucho antes de llegar aquí. En ella estamos el supernegro y la superblanca. El supernegro es un chaval de Senegal, más o menos de mi edad, que vendía en anillo que tengo puesto ahora en la mano. La superbalanca soy yo, claro. Me enseñó palabras básicas para defenderme en senegalés como "tengo hambre" o "te quiero". Se tomó con nosotros una tapa, compartimos un rato de conversación y siguió con su trabajo en una inapacible noche. Inapacible por fuera, claro, porque dentro del bar seguí con mis compañeros. Después del supernegro llegó un ingeniero nuclear, eso decía él, que nos amenazó con hacer estallar el mundo si nos reíamos de él. Confío en la capacidad de los yonkis de barba y gorra para llevar a cabo sus apocalipsis, así que dejé de reirme. Es apenas un pasaje nocturno de los que hay en este ciudad de contrastes, como los cuadros de Pedro Rodríguez Garrido, el hijísimo, que ayer estrenó exposición en su ciudad. Unos contrastes que voy descubriendo bien acompañada, por fortuna. Hace ahora un año de mi aterrizaje en mi ciudad natal. No es ninguna vuelta porque no la conocía de nada. He descubierto los nombres y destinos de sus calles a la misma vez que me he dejado atrapar por una divertida tela de araña que ahora me sostiene. Social y emocionalmente. El hilo empezó a tejerse a las puertas de la Audiencia Provincial. Yo andaba perdida, con mi hermana argentina, y Santi me ofreció, por primera vez, la luz de su faro. Al día siguiente, Rafa diría aquello de "Oye, Oye, que ésta es Paloma¡¡¡", haciendome ver que mi llegada había sido mil veces anunciada por mi insistente jefe. Poco a poco los fui descubriendo. Al principio intercambiábamos comentarios triviales, sonrisas tímidas. Ahora acabo de colgarle el teléfono a Lucía para confesarnos algunos secretillos. Sigue reliándose la tela de araña con el taconeo de Inma (y la queja de mi vecina de abajo), las risas con el Señor de Calatilla y sus dos secuaces (en almuerzos de plato combinado y tinto de verano), las cenas con anfitriones, los consejos para cuidar de mi limonero, las citas en el Cineclub, las copas, los chascarillos, los favores, las llamadas, el echar de menos a una compañera cuando pasa a "mejor vida" (como Ana), el maloliente coche de la radio siempre dispuesto para las teletiperas y otras especies homínidas, el cambio en el dial para escuchar cómo lo cuentan los demás (y sorprenderte con una sonrisa en los labios al reconocer sus voces), el sonido, a primera hora, del hojeo del periódico (en el que corres a leer la firma), la media, el cortado, la entera y el descafeinmado de máquina. Y la tela no termina de tejerse. Parece, más bien, que crece cada día. Otra vez, afortunadamente.

martes, abril 14, 2009

Esos días

Hay canciones de amor que no son ni canciones ni son capaces de hablar del amor por más que repitan, uno tras otro, todos los tópicos del género. Luego está esta canción de Javier Ruibal, que a mí me alegra el alma y cuenta una historia preciosa. Y luego están todas las canciones de Sabina que es un excelente contador, que no cantador, de sentimientos. Que llega como nadie al amor desde el desamor o las dudas, inherentes como son al amante. Hay días que se despiertan sábados hasta que llega un capullo y los hace lunes. Con una actitud, con una mirada o con un comentario. Las más de las veces inconscientemente. Claro que también hay días que se despiertan lunes (lluviosos, dolorosos, cansados o tristes) hasta que llega alguien y los hace sábados (luminosos, soleados y apacibles. Todo junto). Las más de las veces también inconscientemente. Esos días se vuelven una preciosa canción de Sabina y tengo que reprimirme las ganas de comerte a besos.

lunes, abril 13, 2009

"O te mojas o no estás"

Eso dice Manuel Rivas sobre el periodismo, el oficio que eligió tras escuchar las súplicas de su madre de que eligiese un trabajo en el que no se mojara. No le hizo caso, claro. Rivas es periodista y literato y encima tiene la poca vergüenza de escribir poemas. Preciosos y galegos.
Me gusta este hombre. Me gusta de siempre. Incluso cuando lo leía sin saber quién era en un texto fotocopiado que un profesor nos pasó y en el que hablaba de la educación sentimental del periodista, un concepto que nunca se me ha olvidado.
Hoy he tenido la suerte de escuchar y ver dos entrevistas a este escritor que tiene la virtud de contestar a las preguntas con respuestas que le dan otro sentido a las cuestiones. Rivas salta de un tema a otro sin complejos y cita a autor tras autor con una facilidad de palabra solo comparable a la dulzura de su acento gallego. Vale la pena lo que dice. Y lo que escribe.
"Parece usted hombre de luces. Su hablar es como de otros tiempos".

Chirucrónicas

Mi empresa me ha regalado unas botas Chiruca. Yo nunca había tenido una de éstas y no sabía, hasta que las calcé, que las deseaba tanto. Ellos lo hacen con la excusa de la prevención de riegos laborales y yo las he utilizado este fin de semana para acceder al centro de mi mundo. He recorrido "Las Peñas", lo que para los profanos sería el corazón de los Picos de Aroche (reserva de buitres negros) y para los iniciados eso y mil cosas más. Las Peñas hablan de ritos iniciáticos cuando los hombres no sabían ni que eran hombres. Y de después, muchos siglos después de saberlo, cuando decidieron odiarse los unos a los otros y protagonizar guerras fraticidas. De eso también habla Las Peñas, sobre todo sus cuevas que albergaron la vida de los fugitivos en las condiciones más extremas. Y doy fe de que son extremas porque subiendo hasta su cúspide sufrí hasta un ataque de pánico y fui conciente de mis limitaciones. Metros de piedra resbaladiza, senderos en los que ni cabe un pie y arañazos de jaras y jaramagos. Lo increíble es que donde menos te esperas hay alcornoques descorchados y en el punto más alto un punto geodésico hecho de hormigón. Te preguntas constantemente cómo han llegado hasta allí. A mí el miedo me paralizó y decidí que no valía la pena coronar la cúspide, así que me quedé a la entrada de una de las cuevas, aspirando el aroma a jara, tomillo, romero y lavanda. Durante toda la bajada no pararon de temblarme las piernas. Pero Las Peñas para mí son también un viaje a mi propia identidad. Durante todo el fin de semana no he parado de nombrar a mi padre y a sus hermanos que, junto con algunos cazadores más de la zona, deben ser las personas que mejor se conozcan estas tierras. Las han cruzado con lluvia, en calzonas y hasta cargando jabatos y venados. Yo no llevaba escopeta, pero sí una de las herencias de mi padre: sus prismáticos que, catorce años después de su muerte, siguen fascinando a todos por su precisión.

Fin de semana en Las Peñas

jueves, abril 09, 2009

Un circo

La vida es un puto circo. Tiene que serlo si es que la televisión es un reflejo de la vida. Me desayuno ayer y hoy con dos noticias que hace de unos unos gladiadores que se tienen que comer a sus semejantes y que hace de otra una damisela dispuesta para cualquier pretendiente. Y yo que creía que la Solidaridad y la Dignidad eran valores universales veo que no, que hay unos señores, en algunos despachos del mundo, que se reúnen para echar juntos una larga meada sobre ellos e intentar elevar, pisotéandolos, los niveles de audiencia de las televisiones que dirigen. Son los mismos que luego se pasean por las universidades de medio mundo dando conferencias sobre las posibilidades de la Comunicación, la Era de la Información o la Gestión Ética de las Empresas. Hacen de la tele un circo cruel y caníbal. Para los que están dentro y para los que están fuera. Sobre todo para los que están fuera. Porque llegan a su sillón, su lugar de descanso, dejan la opinión crítica en el rellano y se ponen el chupete catódico.

miércoles, abril 08, 2009

Recordando...

Recuerdo la urgencia de la sangre. Cambiarme rápido de ropa para volver a verte. Mantener conversaciones triviales en las que lo importante no era, desde luego, el contenido si no que se cruzaran nuestras miradas. Recuerdo lo mucho que me gustaba tu sonrisa. El brillo de tus ojos. Tu voz. Recuerdo el tacto suave y húmedo de nuestros labios. Unos besos lentos e inocentes. La humedad rizándome el pelo y las primeras gotas de lluvia. La imagen de mi pantalón de campana arrastrado por el suelo y la punta de mi bota. Me cogiste de la mano y salimos a correr. Buscamos un techo clandestino.
Recuerdo desearte. Abrazarte pegando la nariz a tu cuello para aspirar el olor que se escondía debajo de la colonia que utilizabas por entonces. No atreverme después a mirarte a los ojos. Llegar tarde a casa. Ya no dejar jamás de pensar en tí. Preguntarte, días después, si tú también sentías mariposas en el estómago. Lo recuerdo todo. Como fotogramas que pasan a saltos en una oscura sala de cine en la que veo la película de mi propia vida. Y sonrío. Y siento vértigo. También nostalgia de una historia que continúa. Han cambiado los escenarios, los protagonistas, las urgencias y las necesidades. Las responsabilidades y los compromisos también han cambiado.
Ha cambiado todo y no ha cambiado nada. Porque te sigo abrazando para intentar aspirar el olor que se esconde debajo del perfume que cambias constantemente como queriendo ser muchos hombres en uno. Porque me sigue gustando tu sonrisa, el brillo de tus ojos y esas historias de tu niñez que me cuentas como si no te conociera de nada. Porque me he vuelto a enamorar muchas veces de tí en todo este tiempo. La única pena es que ya no me besas por la calle.

El Lacito

Así es como se titula este artículo que publica Elvira Lindo en la contra de El País de este Miércoles Santo y que me ha hecho darme cuenta de los muchos pareceres que comparto con esta escritora y columnista:

"De mi paso como locutora-comentarista por Radio Cadena Española (hoy RNE) en Málaga me queda, dejando a un lado algunos amigos, el sentimiento de estupefacción que sentí cuando, recién llegada, comprendí que había dos acontecimientos hacia los que debía sentir entusiasmo obligatorio: la Feria y la Semana Santa.

Pensé, ingenua de mí, que eso me devolvía a un tiempo lejano y superado, pero cuál no sería mi asombro al comprobar que era más bien al contrario, ¡se trataba del signo de los tiempos! Eran esos hoy añorados ochenta en que la modernez arrimó el hombro para sacar en procesión vírgenes y cristos y se apuntó a clase de sevillanas, o de malagueñas, según el caso. De los populares se podía esperar lo cañí; de los socialistas la conversión fue asombrosa: un no querer quedarse atrás a la hora de amar las santas tradiciones. Lloraban con las imágenes sufrientes y vibraban con el paso de los legionarios. Oh, Dios mío, y una siempre, por sistema, abocada a ser de la procesión de los desfasados. Y entonces estaba desfasadísimo opinar que los políticos no debían encabezar manifestaciones religiosas. Por fortuna, me mandaron al banquillo cuando llegó el turno de retransmitir procesiones. Por ignorante.

Será por eso que siento esta maliciosa alegría cuando imagino la empanada moral de algunos que hoy andan estudiando cómo compaginar su amor (cultural) a las procesiones con los lacitos antiaborto de algunos cofrades, o que se incomodan al comprobar que unas manifestaciones religiosas subvencionadas utilizan esta presencia pública abrumadora para hacer campaña en contra de un proyecto de ley del Gobierno.

A qué hermosas contradicciones ha contribuido apasionadamente la izquierda todos estos años. Conociendo a mis clásicos, estoy segura de que encontrarán salida a ese cacao ideológico. Que les gusta una virgen."

lunes, abril 06, 2009

I hate Semanasanting

Porque probablemente no exista y porque si existiera no le gustaría que nos estorbásemos los unos a los otros. Porque hay quienes defienden una tradición sin plantearse siquiera qué carajo simboliza. Porque todo es puro floclore pasado por el tamiz de la religión. Porque no se le permitiría a ninguna otra confesión paralizar ciudades enteras. Porque huele más a naftalina que a incienso, en realidad. Porque hay niños de cinco años con la raya al lado y vestidos de chaqueta. Porque hay mujeres, que haga el frío que haga, se ponen el zapato descubierto y la tiranta. Porque los más golfos de nuestras sociedades dejan de serlo para colocarse una hortera chaqueta blanca y coger a su novia de la mano. Porque algunos se han aficionado a dejar el capirote y a coger la pancarta para hacer que se les nieguen ciertos derechos a los que no son como ellos.
Por todo esto, y por mucho más, a pesar de que no le importe a nadie y yo respete los sentimientos cofrades de todo el mundo, odio la Semana Santa con todas las fuerzas que me ha dejado este Lunes Santo. He dicho.

Vaticinios

Salíamos de Torre Triana de una rueda de prensa de Griñán y le comenté a mi compañera Carmen (otra periodista de un pueblo de Huelva que, por entonces, también hacía política) lo que me gustaba este hombre. Tanto, le dije, que para mí podría ser el próximo Presidente de la Junta. Entonces Griñán pasó por nuestro lado y Carmen lo paró.
"Dile a él lo que acabas de decirme", me dijo Carmen. Me puse tan colorada que le repetí las mismas palabras como un papagayo. Él, tras una carjada, me soltó: "Acabo de cumplir 60 años y mi hija la pequeña me acaba de dar mi segundo nieto. Te aseguro que ser Presidente de la Junta no está entre mis prioridades". Todavía seguía colorada cuando se despidió con un beso y se montó en el coche oficial. Entonces era Consejero de Economía. Quedaban todavía unas elecciones que lo reafirmarían en su cargo y le daría una nueva vicepresidencia antes de que su nombre sonara en todas las quinielas y su cara apareciera en las portadas de las ediciones andaluzas de los periódicos de este lunes santo como el "virtual sucesor de Manuel Chaves". Y he tenido que acordarme de aquel día, hace ya tres años, que ahora, en la distancia, no pasa de ser una curiosa anécdota.

viernes, abril 03, 2009

Casualidad

Puede pasar que una noche acudas a una cena en la casa de un amigo que cumple años, bastantes más que tú. Y puede también que en la sala haya un matrimonio amigo suyo con bastantes más años que tú. Puede que comience la conversación y que cuando termines descubras que esos desconocidos saben más sobre tí de lo que podías imaginar. Y te hablan de miembros de tu familia a los que tú apenas has conocido. Quizá los hayas visto una única vez en tu vida consciente. Y pueden que te muestren una imagen de esos familiares que se parecen a tí tanto que hasta te asusta, tanto que hasta te alegra. Y te ayuda a conocerte mejor a tí misma. Puede que la conversación continúe y ellos hablen de tu tierra. Y digan sobre ella cosas que tú no sabías que sabían ni que sabías tú misma. Por ejemplo, nuestra capacidad de parar una conversación que se ha ido por las ramas para volver a la base. Te hablan de un lenguaje de las montañas que es el tuyo y hasta de un pueblo en la frontera cargado de historias de Saramago, Miguel Hernandez y un puesto fronterizo con guardiñas, sin saber que están hablando de un pueblo que también fue tuyo. Y sales unas horas después de la sala agradecida de haberles conocido porque te han ayudado a conocerte un poco más. Puede ser que pase. Puede ser. Una noche de esas que se sienta a tu lado la casualidad.