miércoles, marzo 18, 2009

Una infancia de frontera

Hace apenas unos días que se ha inaugurado la que es la última conexión por carretera entre España y Portugal. Anuncian para próximas fechas un nuevo puente que acercará todavía más Andalucía y el Alentejo. Leo las informaciones y a través de ellas me veo a mi misma a este lado de la raya.
Mis recuerdos inmediatamente posteriores a los primeros (que huelen a lluvia sobre la caliente tierra minera) empezaban aquí:
y terminaba aquí, en la frontera.
Recuerdo que cuando estaba en primaria la maestra nos pidió en Lenguaje (así se llamaba entonces la asignatura) que escribiéramos una noticia. Yo la hice sobre la puesta en marcha del Canal Azul. Corría el año 1990 (más o menos) y para entonces ya sabía yo lo suficiente de viajes a Portugal con parada obligada en una caseta blanca. Mi padre se bajaba, los guardiñas nos abrían el maletero, nos miraban, alguna que otra vez registraron el interior del vehículo... Cuando la cosa se alargaba íbamos al quisco que una portuguesa inteligente colocó al lado del control aduanero. Allí siempre compraba unos chicles con la cara de un gorila que no llegaban a España. A mis ocho o nueve años, la frontera me sabía a chicle y a miradas desagrables de hombres de uniforme a los que no entendía. Siempre tardábamos más de la cuenta en recorrer los 6 kilómetros que nos separaban de Fiscalho. Valía la pena: en Portugal nos esperaban las palomas torcaces, unos días, o unos platos hasta arriba de deliciosa comida, los que más.
Pasaron los años y todo se aceleró. Tanto, que poco después llegaba con mi propia bici hasta la caseta blanca y miraba a través de las ventanas. Ni rastro de los guardiñas. Ni de la baranda que prohibía el paso. Ni del quiosco. Ni de la simpática portuguesa que me vendía los chicles con la cara del gorila.
Pero la frontera está ahí. Seguramente siempre lo ha estado. Lo estaba en los autobuses cargados de portugueses que paraban en la larga avenida repleta de coches y desembarcaban en las tiendas de Rosal donde llenaban bolsas enteras de golosinas y tonterías varias. También en los españoles que hacían el camino inverso y metían en sus arcas de madera manteles y toallas.
Y lo estará siempre porque la frontera no es un límite, si no una forma de entender la vida. En nuestra infancia de frontera sentíamos que vivíamos al final del mundo que, en realidad, era el centro de nuestro mundo. Una esquina del mapa adonde no llegaba la radio, ni los periódicos, ni el pescado fresco y la maestra metía miedo a los malos estudiantes con un futuro en las fresas (a la salida del colegio pasaban los autobuses que devolvían a sus pueblos serranos a las recolectoras. Apoyaban en los cristales sus cabezas y veíamos desde la calle sus caras cansadas. Para nosotros "ir a la fresa" era un viaje al infierno).
Pero también una puerta de atrás por la que se colaba el influjo de otras gentes y otras culturas, un pueblo pequeño en el que todo el mundo hablaba dos idiomas, todo el mundo excepto yo, que tuve que esperar a llegar a la Universidad para quitarme esa espinita.
Lo que vives en la infancia tiene mucho que ver en tu desarrollo como persona. Eso no lo he inventado yo, que me reivindico, ahora que desaparecen, como una niña de frontera. Una, bisnieta de una contrabandista de café (según descubrí más trade), que disfrutó un día de un paseo por carriles con su padre y que sintió un escalofrío cuando éste le miró y le dijo: "Acabamos de pasar a Portugal". En ese preciso momento, entre los árboles y los caminos de tierra, descubrí que la naturaleza no entiende de fronteras. Todo es una ilusión.

1 comentario:

Miguel dijo...

de mayor,quiero ser contrabandista de tabaco y seguir viviendo en la frontera de tantas cosas, de tantos mundos.*