martes, marzo 10, 2009

Conversaciones con mi limonero I

No sé en qué estoy fallando. Te riego y creo que lo hago bien. Si hasta te hablo, aunque es verdad que en nuestras últimas conversaciones te intento coaccionar y recurro, desesperada, al insulto: "No te muertas, capullo". Pero nada. No hay manera. Despliegas tu inconformismo conmigo y con mi balcón en forma de amarillo. Ya no tienes ni hojas. Las tenías hasta que mi suegra decidió arrancarlas porque estaban secas. Eso decía y era verdad. Era el principio de esta apariencia raquítica. No te pido ya que des limones con cada luna para poder cortarlos y que llenen con su jugo los cubatas de los amigos que tenía pensado invitar. Ahora sólo te pido que sobrevivas. Te lo exijo. Para que no tenga que darle la razón a aquellos que no querían regalarme un limonero para no convertirse en cómplices del asesinato de un ser vivo. Pero ahí estás tú. Seco, esmirriado y en el palo. Riéndote de mí. Si fueras un personaje literario estarías entre un viejo abandonado de los de García Márquez y el bufón enano del que nadie sabía el nombre en el cuento aquel. Tienes un poco de los dos aunque no seas más que un limonero. Uno en el que yo tenía puesta mis esperanzas. Te cuento todo esto porque dicen que es bueno hablarle a las plantas, enorme desagradecido. Si hasta te compré un fertilizante, cambié tu tierra y te puse en una maceta nueva y más grande. Si te diera por vivir la pintaría con lunares blancos sobre un fondo rojo. Quizá verde. Pero a tí parece no importarte mis planes de futuro contigo, que ya me veía a tu sombra delante de una puerta, sentada en una silla y leyendo un libro. Ni de nuestro futuro ni de nuestro presente te preocupas y por eso has decidido no plantarle cara a la vida a pesar de que yo te riegue con todo mi cariño por muy cansada que llegue. Qué sabes tú de mis jornadas laborales, planta de satanás. Podría contarte, por ejemplo, que a veces tengo que hablarle de frente al miedo. Son pocas veces, pero cuando toca, ahí hay que estar, en los pasillos de un juzgado rodeado de los amigos y los familiares de los detenidos que te miran como si tú fueses la culpable de su dolor. Podría contarte que hace poco terminé uno de esos días tomando un café con un compañero reflexionando sobre si vale la pena que te partan la cara por una profesión como la nuestra. Yo creo que sí. En el fondo a los plumillas nos encantaría llevar una cicatriz que hable por nosotros de lo mucho que nos hemos acercado al toro. Podría contártelo, pero no lo hago porque tu despliegas tu insolencia de ser vivo abandonado y tiñes de amarillo el final de tus ramas y de tus púas. Apenas levantas unos centímetros del tiesto y ya eres un ser egoísta. Ni siquiera intuyo en tí el generoso limonero que tendría que darle el sabor ácido a mis cubatas y una preciosa sombra a mi balcón.

5 comentarios:

flor dijo...

jejeje. me has hecho desayunar con una sonrisa. Esto es herencia materna. Mamá tiene la misma mano con las plantas que tú.
Sé piadosa y dale una vida mejor, el fin de semana que viene (si aún sobrevive)llévalo al campo de tita Angel, y si no lo das en acogida, por lo menos que ella te de unas pautas de conducta para limoneros luneros. jeje.muak

La Mirada de Ulysses dijo...

Tus conversaciones con el limonero son tan frescas, ingenuas y tiernas como esta mañana. Ha sido una deliciosa sorpresa encontrarte cuando no lo esperaba mientras escuchaba lo que tampoco esperaba... Que a pesar de las etiquetas de algunos, ni estan raro, ni tan minimalista ni tan loco. Solo un niños grande que hace música con recuerdos que la memoria trastoca. Michael Nyman y su "8 lust songs: I sonetti lussoriosi". Me encanta tu blog. Y el diseño. Llevo mucho tiempo intentando hacerme uno... y snif, no me sale.

En fin, no dejes de pirfear. Suena a cosas pequeñas y traviesas, tiernas, a veces ingenuas, pero puras. Y de eso queda poco en este mundo. Necesitamos esa mirada hacia la vida, las cosas... las cosas de la vida.

P.D. El secreto para cuidar algunas plantas está, a veces, en el lugar. Que tenga luz, pero no sol directo. Y un limonero lo necesita. Cada mes un poco de abono, y si las hojas se van poniendo amarillas será síntoma de que necesita hierro. Si tiene como mariquitas, será el minador de los cítricos. Riégalo cada dos o tres días, no con mucha agua. A ser posible por la mañana temprano o por la noche. Si hace demasiado calor nunca de día (las raíces sufren mucho y el agua tiende a cocerlas, además de a evaporarse). Y muy importante. Hay que mimarlos... No dejes de hablarle. Son seres vivos. No hablan, pero escuchan.

Un beso. Angel

Anónimo dijo...

Me encanta cómo le hablas a tu limonero. Y él ahí, mostrando su indiferencia, con todos los planes que habías hecho con él... Tal vez quiera que lo cambies de sitio, que le de más el sol, a lo mejor prefiere la sierra para crecer, igual que tú, o que le cantes, no sé... Haz lo que quieras, pero reconciliate con él, que hay que hacer la fiesta del limón!!

Un beso Pirfa.

Anónimo dijo...

Yo estoy de acuerdo, cámbialo de sitio. Mi madre me lo dice mucho, que las plantas eligen su sitio. Si quieres le montamos un spa en mi balcón a ver si se anima un poco.

chanza dijo...

Hola paloma, me gusta tu blog. Tienes ese talento innato para escribir como los grandes. De sacar fuera, a lo negro sobre blanco, lo que el tiempo y el espacio dejan divagando por ahí. Tu lo tomas, sin tan siquiera pedirlo prestado y lo transformas en palabras como el alquimista. Sigue así....eres buena.
Respecto a tu limonero decirte que hay veces que nuestras ansias de vivir no se pueden extrapolar a lo más cercano por mucho que lo deseemos desde lo más hondo. Simplemente se dejan morir y ni el mejor abono del mundo los puede salvar. Eso también nos pasa a las personas....
Un saludo.....Soy Montaño...