viernes, febrero 06, 2009

No al Oleoducto

No hace falta mucho para convencerme. Con llenarme los pulmones de aire basta. Y con aspirar el olor de una tierra que forma más parte de mí de lo que yo formo parte de ella. Es por cuestiones personales y por compromiso con los que están y los que vendrán por lo que mañana cojo mi coche, intento convencer a más amigos, y, sin micros ni sábados trabajados a cambio de días libres, me planto en Santa Olalla del Cala y me uno a la voz unánime que corea un No al Oleoducto tan grande como la Sierra entera. Y como Badajoz, Sevilla, Huelva y Portugal enteros. Tan grande también como Doñana y sus 60 kilómetros de playas vígenes. Tanto como el Guadiana y cada uno de los árboles que se van a arrancar para que pase por debajo un tubo preñado de oro negro. Tan pestilente, tan inflamable, tan poco renovable y tan escaso en este planeta.
Atravesará Huelva de arriba a abajo y terminará en el Puerto, muy cerca, precisamente, de uno de los mayores ejemplos que ha dado la historia de España de que no todo vale con la excusa del trabajo. Por eso, como onubense y víctima de las blancas contaminaciones presentes y las negras contaminaciones futuras hace falta muy poco para convencerme.
Hay quienes dicen que los periodistas no deberíamos posicionarnos. Son los mismos que aseguran que no podemos formar parte de los partidos políticos ni de otras organizaciones. Sólo podía faltar eso. Yo no milito en ningún partido pero sí estoy afiliada a un sindicato desde que empecé a trabajar. Son mis derechos como ciudadana y es fundamental serlo para ser periodista.
Los que se hayan creído ese rollo de la asepsia que se encierren en una habitación sin puertas ni ventanas. En mi habitación las puertas y las ventanas están abiertas. Y los libros. Y las ideas. Y las personas, invitadas. Y todos y todas traen los aires que respiro para intentar ser cada vez más una periodista y una ciudadana más comprometida.

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