lunes, febrero 09, 2009

Jugando a detectives

Mis vecinos de arriba me recuerdan varias veces al día lo poco que hago el amor. Yo ya me había acostumbrado al recurrente y monótono sonido de sus muelles tanto como al de las campanas que suenan en el campanario de la Merced para recordarme que mi vida pasa de 15 en 15 minutos.
Yo ya me había acostumbrado, decía, a un sonido que habla de placeres en lo que yo no participo y me llenan de envidia. Varias veces al día. Pero mi suegra, que estos días me acompaña obligada por la buroracia que traen tras de sí las despedidas, no logra acostumbrarse. Y como no lo hace me dice todas las veces que, mientras yo trabajo, suenan los muelles. Unas veces son las doce, otras las siete de la tarde. Las peores son las veces que el sonido coincide con mi incursión en un sueño que desvela y llena de contenidos para mayores de edad.
Ha llegado a obsebsionarse, creo, y yo he comenzado a seguirle el rollo de su juego de detectives. Al principio estaba convencida de que mi vecina la del Octavo C era una fulana. Le dije que una vez vi a un chico en esa casa. Empezó a pensar que era él. Yo la convencía de que, a lo mejor, están entregados a la laboriosa tarea de buscar niño.
Ella asegura que ha leído en el buzón el nombre de dos hombres y una mujer. Uno de ellos, me dice intrigada, puede ser el moro con el que coincidió el otro día en el ascensor. Tenía un pie enorme. Eso me ha dicho mientras almorzábamos y ella me mostraba los resultados de sus últimas investigaciones. El dato de la talla del pie me ha hecho especial gracia. Seguro que ella pone en relación la del pie con la talla de otro órgano. El pie más grande que he visto en mi vida, me ha dicho inmediatamente después.
Y me he dado cuenta de que nuestro divertido juego de detectives roza la obsesión cuando al llegar este mediodía al piso he visto que no estaba. Su bolso, su abrigo y su teléfono estaban encima de la mesa. Luego, mientras comíamos, me ha confesado que hacía apenas unos minutos han vuelto a sonar los muelles y ella no ha podido reprimir la curiosidad, así que ha subido los escalones que nos separan del piso del placer, sin haber encontrado resultado ninguno porque nadie ha abierto la puerta.
Empiezo a pensar que no existe la cama, ni el colchón, ni los mueles y que ese sonido es producto de nuestra imaginación. Por cierto...
Ahora vuelven a sonar. Otra vez.

1 comentario:

Anónimo dijo...

No es producto de vuestra imaginación, yo también lo he escuchado, a todas horas. Y te confieso que prefiero escucharlos a ellos antes que a las malditas campanadas. Que disfruten ellos que pueden, joder...