jueves, febrero 26, 2009

Instantáneas

Pasaban unos minutos de la hora de nuestra cita. No me importaba el retraso rodeada, como estaba de sus fotografías estupendas. Pensaba, mientras las observaba, cómo es posible que una instantánea de hace 35 años me transmita más libertad, frescura y creatividad que una hecha ahora mismo.

El comisario de la exposición de Pérez Mínguez nos pidió disculpas a mis dos compañeros y a mí. Éramos las tres únicas presencias en aquella sala con ventanas a la movida madrileña. Por fin llegó Pablo Pérez Mínguez, impuntual y sonriente. Le pusimos el micro de corbata mientras él me habla de la importancia que le daba a los medios como propagadores de su arte y yo expresaba en voz alta el pensamiento de que ojalá todos los artistas fueran como él.
Le hablé de que la naturalidad es un enorme valor ante los medios y comenzó entre nosotros una conversación de amigos. En ella reflexionó sobre la fotografía, un arte cada vez más democrático, sobre cómo han cambiado los tiempos y los pésimos aires de normalización y comodidad que ha traído consigo esta era democrática.
Los minutos pasaron muy rápido. Y era tan natural nuestra conversación y tan a gusto nos sentíamos, que cuando terminaron las preguntas y se apagó la cámara se dirigió a mis dos compañeros y, conmigo delante, les espetó un qué guapa es esta chica que hizo que toda la sangre de mi cuerpo se me concentrara en la cara. Cortada y muerta de vergüenza reprimí mi impulso de pedirle que me fotografiara con la cámara que se intuía guardada en su bolsillo. Otra vez la puñetera vergüenza.
Los halagos siempre levantan la moral a cualquiera, pero escuchar éste en boca de un Premio Nacional de Fotografía me asombró tanto que en el trayecto que va de la Casa Colón a la radio no recuerdo haber puesto los pies en el suelo ni una sola vez.

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