martes, enero 13, 2009

Togas en huelga

Amenazan, dice hoy muchos medios de comunicación, con ponerse en huelga los jueces. ¿Amenazan? ¿Por qué se está utilizando precisamente ese verbo? A estas alturas del juego ya sabemos que nada es gratuito.
Hoy ha sido un día lluvioso, frío y gris en Huelva, igual que lo fuera el 13 de Enero de 2008. Ése fue el día en que su familia vio por última vez a Mariluz Cortés y comenzara un caso, todavía abierto, que ha puesto en entredicho el funcionamiento de la Justicia española. Su falta de oportunidad, su lentitud, las mesas repletas de documentos, los papeles sin firmas, las órdenes que no se dan y los juicios que se suceden uno tras otro. Todo y mucho más está siendo estos días pasto de la polémica. Por cierto que me pregunto cómo un país que ha sido capaz de modernizar y digitalizar un sector tan mastodóntico como la sanidad no es capaz de hacerlo con los procesos judiciales.
Por eso yo, ciudadana de a pie (menuda expresión) me alegro al conocer que el tercer poder está en pie de huelga, aunque no calibre, como debería, sus consecuencias. Pero me alegro, digo, porque así comienzan muchas revoluciones y si los propios jueces hacen uso de este derecho que, como trabajadores tienen, puede ser que estemos cerca de la que haga mejor el sistema judicial que tenemos en nuestro país.
Esta "amenaza" de los jueces ha sido la percha perfecta para recordar el aniversario de la desparición de Mariluz Cortés. O quizá al revés. No lo sé. Sólo sé que esta mañana hemos vuelto los periodistas por su barrio y en la esquina donde vivía su presunto asesino el abuelo de la pequeña se disponía a atendernos cuando le sonó el móvil. Era uno de los responsables de la miniserie que Antena 3 está preparando sobre el Caso Mariluz. Se quejaba Juan Cortés de que no fuera Sancho Gracia el que interpretara su papel. Una lástima, decía, que al final haya tenido que hacer de policía.
Y yo pensaba, mientras era testigo indiscreto de sus palabras, en la capacidad de esta familia que en estos 365 días han dejado su condición humana para convertirse en símbolo, cuando no son más que hombres y mujeres. Hoy, por cierto, pasando una jornada especialmente triste.

1 comentario:

Miguel dijo...

A tus palabras, añado lo que que añadí hace unos meses, cuando conocí a los Cortés:

La niña, el magistrado y el predicador

Ha muerto una niña y ha nacido un político. “Un predicador”, corrige Jorge Muñoz, contrafuerte del Diario de Sevilla; usando la bóveda estrellada como metáfora -con segundas, siempre- .
Juan José Cortés, el hombre sereno –que ya es mucho decir en los tiempos que corren; por lo de hombre, por lo de sereno- se manifestó ayer (lunes, 7 de julio, san Fermín) frente a los juzgados del Prado de San Sebastián, llenando la plazoleta de gentes, espontáneos, policías y cámaras, no tanto como la Plaza del Ayuntamiento de Pamplona con el chupinazo, pero bastante.

El hombre tranquilo de tez morena que se recorrió el país con un chándal del Recre se plantó ante los juzgados para exigir “una Justicia justa”, así en genérico; y, un particular, “el fin de la carrera judicial del juez Tirado”, que es el magistrado que condenó a Santiago del Valle, el presunto violador y asesino de su niña de cinco años, Mariluz, sin que se llegara a cumplir la pena. En resumen, que el elemento debía estar en prisión cuando raptó a la niña gitana del extrarradio de Huelva la tarde –maldita tarde- en que salió al kiosco a comprar chucherías. “La Justicia es como las serpientes: sólo muerde a los descalzos”, decía Óscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, asesinado en 1.980.

“Nosotros ya somos perpetuos”, explicaba Juan Cortés, el abuelo de la niña, para concretar que están “condenamos a perpetuidad por la muerte de Mariluz”. La madre pide al juez Tirado “que se mire al espejo, que sus espaldas están llenas de muerte”. Juan José Cortés, que deviene en estrella mediática, con la que el gentío se fotografía con el móvil –pancartas de fondo, porte señorial de gitano pobre honrado-, con su lucha perdida, la de gritar lo obvio en el desierto, es la frase de Kierkegaard hecha carne: “Pierde más quien pierde su pasión que quien se pierde con ella”.

Una señora le besa, le abraza y le mete 10 euros en el bolsillo. (¿De qué subsiste Cortés?, por cierto). “Para que compres flores a Mariluz”, le dice. Fernando Ruso, fotógrafo gaditano, me enseña la imagen de otra mujer, diez metros más allá, que, desvanecida en el suelo, clama: “Toda mi vida llevo buscando a dios y, por fin, lo he encontrado”; aludiendo a Juan José Cortés; convertida no por ver la luz, sino al padre de Mariluz.

Esta mañana, el juez Tirado se pasó por el juzgado de lo Penal número 1, y salió antes, por otra puerta. “Voy para casa”, contestó sobre las 13:00 horas, vía sms. “Responsable”, como dice Cortés, de una muerte. Quizás. (El cronista cuenta, el magistrado juzga. Cada cual a lo suyo). Víctima de un sistema no imperfecto sino asesino; porque todo vale y, una vez que todo vale, después todo vale nada. Un sistema que ahora ampara “las cadenas de errores judiciales” como amparará las cadenas perpetuas si hace falta para perpetuar su funcionamiento, en base al principio empírico de que “le podía haber tocado el marrón a cualquier juez”. Y le tocó a Tirado. Le tocó a Cortés. Le tocó a Mariluz.
Ha muerto una niña y ha nacido un predicador. La Justicia sigue en coma.