lunes, enero 19, 2009

Desempolvando el baúl II

Los días de campo, en invierno, son muy especiales. Hace frío, pero cada rayo de sol te alegra el alma. Como cargar las baterías. Hablas, comes, paseas, vuelves a comer, sigues hablando... Pocos verbos más hay que conjugar en un día de campo y de invierno. O de invierno y de campo. Igual da. Dice mi amigo Enrique que por qué no nos vamos a pasar un día al campo todos juntos ,con la de campos que tenemos. Yo me río porque no tengo campo. Nunca lo he tenido, pero disfruto los de mis amigos como si fueran míos. En ellos hemos pasado estupendos días de búsqueda de gurumelos (a las que yo jamás me unía), paseos por los barrancos, candelas con carnes, sustos con las vacas, cantes, paellas o paseos en yeguas con nombres de personas. También estupendas noches de búsqueda de gamusinos, primeros cubatas, más cantes, candelas, peleas y risas, confidencias, seis en dos camas, ronquidos y ventosidades varias, primeros besos de amigos que dejaron de serlo en una noche en que comenzaron a ser otra cosa... Y antes de todo eso, éste día de invierno en el que yo todavía ni conocía a los que luego me harían disfrutar tanto de su amistad. Disfrutaba con otros, mis primeras compañías, de un día de invierno en un campo que ya nunca ha sido como muestran estas fotos. Es una preciosa vega, en Rosal, hoy poblada de casetas de chapas. Entonces era un campo abierto, lleno de margaritas, merenderos y columpios. Me gustan estas fotos porque son instáneas de una sensación: la de estar rodeada por mi familia. Aquí yo tenía apenas 11 años. Los demás son mis padres, mis abuelos, mi tío, mis tatos y su entonces pequeñísimo niño, el que siempre será "el niño" para nosotras. Una lástima que los animales de ciudad tenga que hacer tantos kilómetros para tener recuerdos como éstos. Quizá ni siquiera los tengan.

1 comentario:

Herblay dijo...

Niña, me encanta este ejercicio tuyo de memoria. Un beso