domingo, enero 11, 2009

Desempolvando el baúl I

Son Maruja y Joaquin. La del medio soy yo y ellos mis abuelos maternos. En esta foto a mi abuelo le faltaba el primer diente de la que luego sería su boca desdentada con la que come turrón del duro para diabéticos. Y peladillas. Y el más duro de los alimentos que podamos imaginarnos. Yo no recuerdo a mi abuelo con dientes. Sé que los tuvo por esta foto y algunas más. A la que siempre he conocido con esos rizos hechos de rulos es a mi abuela. Y con gafas, aunque ya no las lleva tan enormes. Aquí sonríen, y mucho. Seguramente lo harían también con sus otros nietos, pero yo es que fui la primera de los cuatro. Serlo ha sido un auténtico privilegio. Y ahora, que tengo un primito de dos años me doy cuenta. Porque yo he disfrutado de ellos lo que nunca podrá hacerlo él. Cuidaban de mi hermana, de mi prima y de mí. Entonces todavía podían. Mis padres nos dejaban a su cargo muchos fines de semana. Ellos se encargaban gustosos de nosotras hasta que nos portábamos mal. Entonces mi abuelo se echaba la mano al cinturón y ya se acaban las voces y las carreras. Nunca me han puesto una mano encima, ni ella ni él. No están para eso los abuelos. Su cometido es más agradable. Conmigo han jugado muchísmo. A mi abuelo le encantaba revestirse y sacarnos coplillas que rimaba con nuestros nombres. María, Paloma y Flor. Paloma, Flor y María. Flor, María y Paloma. Las combinaciones no eran muchas, pero él creaba miles de rimas. Y las declamaba, que era lo más divertido. Nos reíamos, de eso y de lo que lloraba viendo la tele. Todavía lo hace. Sobre todo cuando escucha cantar a un niño o una niña. No puede evitarlo. Llora con la tele. Con los años he descubierto que yo también lo hago. Lo mejor de mi abuela, en verano, era sentarnos al fresco con ella y sus amigas. "Sentarse al fresco" es una costumbre que, en Cortegana, apenas conservan el grupo de vecinas de mi abuela y algunas más. Cogíamos nuestra sillas y nos sentábamos hasta altas horas de la madrugada. Ellas comentaban la actualidad del pueblo y los niños jugábamos. A veces no podíamos resistirnos y pegábamos la oreja para enterarnos de los cotilleos. Otras, puteábamos, haciendo ruidos, a una vecina gruñona y maloliente que las espiaba detrás de su puerta, sin atreverse nunca a coger su silla y sentarse con ellas. En verano, siguen haciendo lo mismo. Tanto las que cotillean como la que las espía, aunque ya están más mayores y alguna falte por una razón u otra. Mi abuelo era vendedor ambulante hasta que se jubiló. Ha tenido diferentes motes, según el género que vendiera. Ha sido "Joaquin el de los cuadros", "Joaquin el del oro". Terminó su vida laboral vendiendo toallas, mantelerías y sábanas. En sus últimos inviernos por los pueblos de la Sierra, lo que pegaba fuerte eran las sábanas de pirineo. Mi abuelo, además, era ditero, de los que ya no quedan. Lo descubrí hace poco cuando una amiga tenía que hacer un reportaje y me preguntó si conocía alguno. Yo le dije que no sabía lo que significaba esa palabra y, al definirmela ella, descubrí que mi abuelo siempre había sido eso. Vendía la mercancía y luego la iba cobrando, casa por casa, por todos los pueblos de la Sierra: desde Rosal hasta Higuera y desde Cumbres al Campillo o la Zarza, que para mí han sido siempre sinónimos del fin del mundo. El mundo era los pueblos que mi abuelo recorría con la furgoneta. Non Plus Ultra. Todo lo apuntaba en papelotes que cerraba con un elástico. Miraba a través de una lupa. Yo, cuando vivía en Rosal, en verano, estaba deseando que llegasen los miércoles, el día del baratillo, para ir a ayudarle en el puesto. Y me ponía a vender con él las toallas y los manteles imitando a las otras vendedoras que pregonaban el género. Eso nunca lo hizo él. Me daba 20 duros y compraba chucherías y algún refresco para echar el día a su lado. Me ha enseñado mucho del valor del trabajo mi abuelo. Mi abuela siempre ha trabajado. De soltera, en los mataderos de Cortegana y cosiendo en un taller. De casada, en casa. Una historia común de muchas mujeres de mi pueblo que hoy arrastran artrosis y artritis acentuadas por una juventud de pésimas condiciones laborales. Mi abuela, con los años, ha adquirido la capacidad de partirse un brazo cada vez que se cae. No llevo la cuenta. Una de las últimas veces se partió los dos a la vez. Fue una Navidad no hace muchas. Otra, en su lugar, le hubiera cogido miedo a salir. Ella no, ella ha cogido un "garrote" y no cambia por nada del mundo ir con sus amigas de tapeo. Lo que más le gusta del mundo es "que la conviden". Siempre lo dice. Eso y lo de "que se me cure la joía pata". Es una de las personas más valientes que conozco. Me dice que hay que buscar las juergas, porque las penas vienen solas y yo le hago caso siempre que puedo. A veces la acompaño a visitar el sitio donde tiene planeado quedarse para siempre. Son dos buenas personas que, aunque convivan bajo el mismo techo, no han logrado llegar a este punto de sus vidas entendiéndose. Eso será cosa del desgaste y de los años. Yo, agarrada del brazo por él y cogida por ella, como en la foto, así, entre los dos, me siento segura. Ojalá pueda estar así muchos años.

2 comentarios:

flor dijo...

esta vez has empezado a recordar despues de navidad, y no durante.este maldito invierno que nos deja en casa y nos hace pensar!!

yo siempre digo que quiero ser de mayor como abuela, con esa infina sonrisa, esa gracia esperando tras la puerta... me encanta.

y abuelo, cada vez más últimamente me hace emocionarme, cuando se presenta de improvisto en las operaciones, cuando se desvive por el enano.

si señor, nieta de maruja la calañesa y joaquin el de los cuadros!!!

Anónimo dijo...

Ahora entiendo yo de dónde te viene la vena periodística, tanto tomar el fresco y escuchar cotilleos...pero menos mal que no te dejaste llevar por la prensa del corazón. Y creo que a esa tal gruñona y maloliente la conozco..va por ahí diciendo que todos sus vecinos son unos "místicos"¿, ella sabrá, jajjaa