miércoles, enero 07, 2009

Cadenas solidarias

Cuando llega la hora de la Cabalgata de Reyes en mi pueblo, no sé si pasa en otros, los hombres que tienen tractores bajan hasta el sitio de donde salen las carrozas para portarlas. Pasa cada año. Traen los tractores de sus campos para que los más pequeños puedan disfrutar de su día. Es un acto de solidaridad. Como otro cualquiera. Como el que se tira dos meses preparando las carrozas. Pero en mí despierta especial interés por su espontaneidad. Los actos de solidaridad espontánea son los que más llaman mi atención. Son, además, los que más valoro, porque no han sido preparados. Salen de cada uno y forman parte de una cadena de reacciones que podría no darse. Simplemente. Cuando, jugando un partido, un hombre recibe un pelotazo en sus partes no falta otro que, a pesar de que no lo conozca de nada, lo agarre por los sobaquillos y le de unos golpecitos contra el suelo. No sé quién fue el primero en hacerlo ni a quién se le ocurrió tan grotesco sistema aliviador del dolor. Sé, por lo que cuentan los afectados, que esos botecillos son eficaces. Y mucho. Las mujeres también tenemos otro acto de espontánea solidaridad: Salimos de juerga. Nos ponemos el más alto de nuestros tacones. Llega la madrugada y con ella, al más puro estilo Kundera, la insoportable pesadez del pie. Al primer. "No puedo más con los zapatos", no falta una compañera de género que te pregunte: "¿Qué número tienes?." Es un acto de generosidad precioso, que se agradece enormemente y que hace que más de una hayamos terminado la noche con el calzado de una desconocida que en ese momento se convierte en la mejor de nuestras amigas. O como la cara que se nos pone a todos cuando pasa una ambulancia. Todo el mundo, y es curioso que lo hagan los viandantes, cesan en su actividad. Es como si la sociedad en conjunto guardásemos unos segundos de silencio por el dolor del que va dentro. Nadie nos ha dicho que tenemos que hacerlo, pero lo hacemos. Actos espontáneos que esconden una necesidad: la de la solidaridad. Si hicieramos con ella una enorme cadena no habría bombas que pudieran con nosotros porque, sencillamente, no habría bombas. Ojalá los conflictos se arreglaran con un cambio de zapatos o unos botecillos en el suelo. Ojalá la solidaridad ganase siempre la batalla.

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