jueves, diciembre 31, 2009

Una década

Esta foto debe ser, aproximadamente, de los albores de la década que esta noche termina con las campanadas y las uvas. La primera del siglo XXI. Una década en la que he cambiado por dentro y por fuera, como casi todo el mundo. Me corté el pelo. Descubrí, por fín, que era eso del trabajo. Ampliamos la familia. Mis amigos se pusieron novios primero y fechas de boda después. Estudié una carrera y empecé otra. Pedí un par de préstamos. Hice planes en plural. Me fui de casa para volver siempre. Conocí los sabores de la vida en pareja. Hice amigos nuevos. Conservé los otros. Perdí a algunos a los que intenté no echar mucho de menos. Me apasioné por mi profesión y la seguí idealizando a pesar de trabajarla cada día. Me gasté el dinero en libros y cubatas. Viajé en avión y en AVE. Salí de la península. Aprendí un idioma. Reí a carcajadas todo lo que pude. Lloré viendo el Telediario. Estrenamos dos coches. Conocí la ciudad en la que nací. Aprendí chistes nuevos y olvidé los que sabía. Descubrí a Kapuscinsky, García Montero, Saramago y Sabines. Me hice un blog. Celebré diez cumpleaños. Escribí para una comparsa. Intenté adelgazar. Canté hasta las tantas. Entré dos veces en quirófano. Monté en camello. Dormí poco y acompañada. Disfruté de los museos y los cines. Fui payaso y Rey Mago. Me enamoré de mi tierra hasta las trancas. Me hice preguntas y olvidé certezas. Aplaudí hasta que me dolieron las palmas de las manos. Me disfracé. Me vestí de gitana. Aprendí nuevas palabras. Pegué frases en mi pared que intenté llevar a la práctica cada día. Empecé a odiar la Semana Santa y se me saltaron las lágrimas con uno de los pasos. Fui incapaz de dejar de apasionarme por el teatro. Besé y me besaron. Susurré a los oidos y me susurraron. Abracé y me abrazaron. Claro que también grité y me gritaron. Pero tuve una revelación que era una intuición en la década anterior: cuanto más amor y más alegría se ofrezca, más amor y alegría se recibe. Intenté traducir los galimatías. Cambié el registro. Aprendí a conducir. Mantuve el recuerdo de mi padre e intensifiqué el amor a mi familia. Perdí el pudor a decir "te quiero". Sólo le pido a la década que entra comprenderme y comprender a los demás. Seguir teniendo dudas y contradiciones. Y, siempre que fuera posible, renovar mi compromiso con la Felicidad y la Vida.

martes, diciembre 29, 2009

Soltar el micrófono

No eran más de treinta. Suficientes en una ciudad en la que son muy minoritarias. Sobre las pancartas: Justicia para Amelia o no más violencia. Lo mismo que habían escrito también sobre una bandera colombiana, país de la última de las víctimas que se ha cobrado en Huelva la violencia de género, la doméstica, la machista. Ésa que está en estos días en entredicho porque así lo quiere un juez polémico. Ésa que acompañamos de adjetivos como para intentar entender mejor lo peor del Ser Humano, que es capaz de apuñalar primero, y tirar desde un quinto piso después, a la que hasta hace pocos minutos era la mujer a la que amaba. No eran más de treinta, pero hacían mucho ruido. Tanto que sonaba por encima del ruido de la lluvia, del ruido de los coches, del de la ciudad en la que han querido trasladarse para ganarse la vida. La misma que eligió hace un tiempo Amelia para que su hijo de 11 años y ella tuvieran un futuro con más garantías que el que creía que le ofrecía su Colombia natal. Pero se equivocó. Y con ellos en el pensamiento, mi compañero Rafa y yo entrevistamos a una de ellas que soltó la tela para contarnos el miedo que sentía. Un miedo del que sólo le consolaba pensar que el peso de la Justicia caería sobre el joven cubano que no le había perdonado la vida a su amiga y compatriota ni siquiera por Navidad. Yo la escuchaba, con los pies y el alma calados. Y tuve que bajar la mirada un par de veces para que ni ella ni mi compañero se dieran cuenta de que estaba a punto de llorar. Porque, y me pasa más de la cuenta, la persona que soy se impone sobre la objetividad a la que supuestamente me obliga esta profesión que he elegido. "No te mojes mucho", me recomendó otro compañero. No eran más de treinta, pero tenían odio y furia. Más que un regimiento. Y en la entrada principal de la Audiencia Provincial de Huelva estaban solas porque faltaban las españolas que siempre encabezan este tipo de manifestaciones. Nadie del Instituto Andaluz de la Mujer, ni de la concejalía del ramo. Nadie del área de la Mujer de ningún partido político. Solas pero valientes en uno de los peores días que podía imaginarse. Por dentro y por fuera. Días, por cierto, en que lo único que querría es soltar el micrófono y coger las pancartas.

jueves, diciembre 24, 2009

Berrocal 17

Lo indica un letrero en la carretera: Berrocal 17. He hecho un alto en el camino a mi Nochebuena. Era la primera vez en mi vida que tomaba ese desvío. Al principio, todo cambia. Parece el norte de la península. El campo verde y húmedo, los alcornoques, las vacas y un par de aldeas pequeñas: Membrillo y Marigenta. Después cambia otra vez y las curvas te escupen a un mar de eucaliptos (que en su tiempo también fueron alcornocales, seguro), el cauce del Río Tinto y el antiguo ferrocarril minero del mismo color. Y el camino sube, sube y sube. Y en lo más alto, el pueblo.
Una señora me indica una dirección y me dan ganas de apostarme algo a que mi coche no cabe. Pero sí cabe. En ésta esquina y en las otras del pueblo con sus laberínticas y estrechas calles de las que nunca me habló Rocío, tan berrocaleña como se autoafirmaba, a pesar de ser de Riotinto aunque renegara siempre.
LLego a la casa donde pasa su primer día de alta. Una blanca de zócalo verde junto a la iglesia. Ella está sentada en una butaca viendo la tele, lanza una exclamación de sorpresa al verme llegar. Como si nada hubiera pasado, como si nunca hubiera ocurrido este infierno de hospitales, respiradores, sondas y cateterismos. Como si nunca hubiéramos sentido el dolor que esta tarde me hacía sentirme tan cerca de sus padres, su hermano y sus tías, que me han abrazado como si formara parte de su familia.
Y con ella en el brasero de casa de su abuela, hablando de naturaleza, contaminación y rutas senderistas con su tío, el ecologista Juan Romero, así me he sentido: como en casa. Y hemos compartido un café con piñonates berrocaleños y recuerdos. Ésos que ahora le faltan a ella pero que ninguno de los de su alrededor tiene reparos en traérselos. Yo tampoco: la carrera en Sevilla, nuestro posterior reencuentro en Huelva, las anécdotas, aquella vez que la vi en la tele en una cruz de su pueblo mientras yo estaba en Tarifa, los amigos comunes, el disco nuevo de Sabina...
Todo eso le muestro, aunque me callo algunas cosas. Entre ellas: el pánico de sentir tan cerca que podíamos haberla perdido, el vértigo de no saber unas consecuencias que se presentaban catastrofistas o la fragilidad que sentí en mi propia vida, convertida desde entonces en un cúmulo de inseguridades. De eso no le ha dicho nada, aunque temo que si sigue evolucionando como lo hace lo descubrirá sola. Porque es una chica lista, buena persona y muy muy valiente. Y porque presiento que le queda muy poco para volver a ser quien es y despertar de este largo sueño.

miércoles, diciembre 23, 2009

Bailar

Tengo que reconocer que hoy he pasado miedo. Que el coche se movía con el viento, la carretera tenía bolsas de agua y había cosas grandes de hormigón atravesadas en la vía. Tengo que reconocer que he ido despacio y he hecho una parada en una gasolinera con la excusa de comprar agua y el único objetivo de ver una cara, aunque fuera desconocida. Tengo que reconocer que la lluvia caía en horizontal y los coches de al lado salpicaban una manta de agua que me hacía esforzarme. Tengo que reconocer que al llegar he respirado hondo y le he dado las gracias a la primera voz que he escuchado que en reallidad era un gracias a la vida que, en días como éste, valoro más que nunca. Tengo que reconocer que ha sido a lo largo de esta jornada, que empezaba negra y desagradable, cuando he recordado que deseo bailar con mis amigos esta canción de Drexler. Puede que hasta vestidos de blanco. Precisamente habla de las fronteras.

domingo, diciembre 20, 2009

Codos y barra: El Ferretero

Es verdad que un día aquello fue una ferretería pero en la memoria de las generaciones anteriores no están ya los clavos y las puntillas si no el sabor del vino Salas de un domingo después de misa cuando se podía beber y fumar con quince años en un bar cualquiera.
Pero lo fue, y en las paredes cargadas de trofeos de caza y fotografías de romerías pasadas hay una foto en blanco y negro de cuando Ferretero padre se parecía tanto a Ferretero hijo que casi parecen la misma persona. Y hubo un buen día que alguien cayó en la cuenta de que los montaítos de lomo dejaban más dinero que los espiches y decidieron cambiarlo todo y llamarle al bar "Los Pinchitos", aunque nadie nunca jamás en Cortegana fuera a llamarlo de esa manera.
El Ferretero guarda una esencia, una identidad propia diferente al de resto de bares que conozco. Por eso, aunque nunca haya de nada de lo que me gusta beber, acabo una vez más con el codo en su barra porque este codo y esa barra tienen un pacto cuyas condiciones ni yo misma conozco todavía.
Y forma parte de su esencia el hoy no he podido ir a Guillermo, pero si quieres me acerco en un momentino, Te juro que el próximo día te tengo ginebra, No te puedo poner nada de comer, Ricaaaaardo, subeeeee y hasta el Se habrá quedao acostado porque hoy no ha abierto el bar. Un caos y una desgana que hace que vuelva con más orden y más ganas a ese refugio con futbolín al fondo donde durante tanto tiempo mis amigos han dejado olvidadas sus guitarras a propósito.
Y ha sido en esa barra donde este fin de semana he visto por la tele el rostro refigurado de Belén Esteban como seis millones de televidentes más (buena columna de Boyero hoy en El País), he asistido de testigo improvisado a una conversación de literatura, homosexualidad e insultos y he cenado un exquisito queso regado con cubata mientras otro solitario habitante de la barra me confesaba las bonanzas de los quesos de tres leches. He arreglado también el mundo varias veces y hasta he encontrado un ratito de intimidad con mi pareja en estos días de homorragias, médicos, nervios y viajes a Rio Tinto por la peor carretera de España.
Anuncios de bodas, comidas en Nochebuena y celebraciones de Navidad, la falta de cobertura, las paellas de Feliciano, los preparativos para subir al escenario, las charlas carnavaleras con dvd de fondo, el gusanillo y el sevillaneo... Y mucho más. También mucho menos. Pero eso lo tienen que descubrir los que decidan suscribirse a este extraño pacto entre codo y barra. Yo, por mi parte, para el próximo día me estoy planteando llegar cenada y con la botella bajo el brazo para preocuparme solamente de disfrutar de las compañías a un lado y otro del mostrador.

sábado, diciembre 19, 2009

Fusiones y gañotes

"Se ha fusionado la tres con la cuatro". Intentaba demostrarme la amiga de mi suegra que estaba al día de las noticias. "No, eso no. La seis y la cinco no pueden ni verse. Creo que los que se han juntado son la cuatro y la cinco". Hasta la mesa con brasero de cisco de aquella casa, una de las pocas de la aldea de Los Andreses, llegaba el olor de los gañotes que había hecho esta misma tarde la otra de las hermanas que hace estos días compañía a mi suegra.
Tuve que reirme cuando la pobre se dio por vencida tras haber nombrado todas y cada unas de las cadenas de televisión nacionales, incluyendo las públicas. Escéptica y con los dulces de masa y miel bajo el brazo volvimos a mi casa de Cortegana para celebrar el cumpleaños de mi madre. Alguien en la mesa volvió a hablar de la fusión. Reconocí que no tenía ni idea de lo que me hablaban y recurrí al oráculo de nuestro tiempo. Y ahí estaban, enchaquetados y en una enorme mesa, los mandamases audiovisuales que ayer rubricaron un acuerdo que yo llevaba semanas esperando.
Pero aquí, en el salón de mi casa, entre mis abuelos, mis tíos y mi primo de tres años, nada de eso me importaba. Y sonreí pensando que estos cuatro días libres han conseguido, más que unas largas vacaciones, cambiarme las preocupaciones.

miércoles, diciembre 16, 2009

Paredes de papel

Primero fueron los golpes de la obra. Me desperté de mal humor. Luego la conversación de la hija de mi vecina de arriba. Ahora los zapatazos contra el suelo de alguien con prisa por subir la escalera. Me recuerdan aquellas mañanas universitarias en las que me quedaba en casa. A veces lo hacía para estudiar pero el jaleo de esta casa entre dos casas apenas me dejaba. Los peores días eran los martes y los jueves. Con ellos llegaba la limpiadora y su elevado tono de voz que se me metía en la mente con bastante más facilidad que los párrafos de dieciséis líneas sin puntos de mis apuntes de teoría de la información.
Y eso que nosotros acostumbrados estamos. Acaban haciéndolo también los que viene a pasar alguna temporada a nuestro piso: En la habitación de invitados, lo más normal es que el sueño termine a las 6.50 A.M, justo cuando el vecino golpea su maquinilla de afeitar contra el lavabo que está a una pared de papel del cabecero de la cama. No han sido pocos, también, los que no han pegado ojo a causa del eco de la música de la discoteca de debajo que trae ritmos similares a los que ponen los canales locales en sus películas pornográficas.
Y en esta mañana de ruidos, mientras escucho como abre la puerta una de mis vecinas y enciende la luz del pasillo tiene que ser la fuerza de la experiencia la que me confirme que no vive en mi misma casa. Y me vienen a la mente todos los ruidos que me hicieron compañía en mañanas solitarias como ésta, lejos del ruido de los micrófonos, los teclados, los sucesos y las declaraciones. Lejos, en fin, del día a día de las cuidades que hoy cambio por una mañana solitaria.

miércoles, diciembre 09, 2009

Talones de Aquiles

Yo tengo varios. Uno de ellos, la voz. Y da la puñetera casualidad que me gano la vida con ella. Pero empiezo a darme cuenta que los talones-de-aquiles pueden ser una oportunidad. Por ejemplo, gracias a que se me fue el viernes por la noche decidí irme para casa. Si hubiera podido seguir cantando me hubiera amanecido otra vez y yo tengo que cambiar ya el chip de los excesos nocturnos. Por su culpa he pasado ya por un quirófano, pero tengo que confesar que ha sido la intervención más agradable que he protagonizado nunca. Me la hicieron en mitad de un sueño narcótico del que me despertó un enfermero guapísimo que me decía algo así como "Despiertate, guapa, a ver esa sonrisa...." Ahora tengo la duda de si es verdad que era tan guapo y maravilloso. Puede que sólo fuera efecto de la droga con la que me durmieron. Y estuve una semana entera sin hablar y hasta eso fue una oportunidad. Porque por primera vez en mi vida no tuve que contestar a preguntas de esas que hace la gente para llenar de palabras los espacios en silencio. Tampoco tuve que decir nada que no me apeteciera porque la palabra escrita implica un esfuerzo mayor y era con un boli y una libreta como me comunicaba. En esta foto estoy ante uno de los guerreros sin talones de Xavier Mascaró que decoran más que las luces de navidad la fachada del ayuntamiento sevillano. Porque, a pesar de que la pierda más de lo que debiera, yo soy de las que reivindico la Voz y la Palabra, frente al hierro, el hieratismo y las armaduras. Y de haberlo conocido antes, puede que le hubiera recitado a este guerrero de hierro sentado y sin mirada el poema que he descubierto esta tarde y que le ha dado un color distinto a este domingo de películas, sofá y abrazos. Otra vez, Jaime Sabines.
Te quiero a las diez de la mañana, y a las once, y a las doce del día. Te quiero con toda mi alma y con todo mi cuerpo, a veces, en las tardes de lluvia. Pero a las dos de la tarde, o a las tres, cuando me pongo a pensar en nosotros dos, y tú piensas en la comida o en el trabajo diario, o en las diversiones que no tienes, me pongo a odiarte sordamente, con la mitad del odio que guardo para mí. Luego vuelvo a quererte, cuando nos acostamos y siento que estás hecha para mí, que de algún modo me lo dicen tu rodilla y tu vientre, que mis manos me convencen de ello, y que no hay otro lugar en donde yo me venga, a donde yo vaya, mejor que tu cuerpo. Tú vienes toda entera a mi encuentro, y los dos desaparecemos un instante, nos metemos en la boca de Dios, hasta que yo te digo que tengo hambre o sueño. Todos los días te quiero y te odio irremediablemente. Y hay días también, hay horas, en que no te conozco, en que me eres ajena como la mujer de otro. Me preocupan los hombres, me preocupo yo, me distraen mis penas. Es probable que no piense en ti durante mucho tiempo. Ya ves. ¿Quién podría quererte menos que yo, amor mío?

martes, diciembre 01, 2009

El día que me hice mayor

Primeros problemas con el fisco. Hacienda exige a los proletarios una vida ordenada. Y yo con los papeles perdidos. Tenía que tener al día el 2008 y no soy capaz ni de recordar lo que almorcé ayer. Pido número, me atienden en una ventanilla. "Le faltan papeles, mireusté". Me estoy haciendo mayor. Trámites bancarios. 45 minutos perdidos en una de esas mesas detrás de las que hay hombres con corbata que parecen no hacer nunca nada. Uno de ellos me mira por fin: "Busco el rastro de una cuenta cancelada hace más de un año". Trata de ayudarme sin mucho éxito. Me estoy haciendo mayor. Conversación con mi casera. Intento explicarle que con un simple folio firmado por ella pueden terminar mis quebraderos de cabeza con el papeleo. Se muestra reacia primero e insolidaria después. Me confiesa que ella ya se ha beneficiado fiscalmente de haberme alquilado su casa. No me enfado con ella. Con su marido tampoco, que me llama más tarde para confirmarme que jamás tendré el puñetero papel. Me estoy haciendo mayor. Trabajo a trancas y barrancas. El nerviosismo que me causa la puta burocracia lo paga mi jefe de informativos. Me reconoce que él también tiene problemas y no los va contando por ahí. Lleva razón. Vuelvo a llamarlo. Le pido disculpas. Me estoy haciendo mayor. Recibo una llamada. Algún día tenía que ser y va a ser éste. Decido acudir por primera vez a los tribunales. Acepto ser conejillo de indias. Me veo a mí misma mirando a los ojos del juez. Siempre quise hacerlo, como en las películas. Me estoy haciendo mayor. Comida de hospital. A la sala de espera de urgencia sólo puede acceder un familiar. Me lo recuerda el de seguridad cada vez que intento pasar. Espero en el pasillo, junto a la puerta. En apenas hora y media desfilan decenas de enfermos a los que tardarán horas en atender. Entre ellos, dos viejas con la cadera rota. A estas alturas ya he aprendido que la rotura de cadera es lo peor que le puede pasar a las viejas tan viejas. Me estoy haciendo mayor. Tarde en Ikea. El paraíso de la frustración pequeño-burguesa. Caigo en la cuenta que llevo más tiempo de la cuenta en la zona infantil. No puedo reprimir comprarles uno de esos coloridos juguetes a las niñas de mi amiga. Me estoy haciendo mayor. Compra en Mercadona. Siempre la misma lista que me sé de memoria. Tienen buena pinta los langostinos. El joven y moreno pescadero me los echa en una bolsa que cierra sin mirarme. "¿Algo más señora?" Logra hacerme sentir mal y casi invisible. "Nada más, gracias." Me estoy haciendo mayor. Llego a casa. Grego me besa y me ayuda con la compra. Me llaman mis compañeros para ver qué tal me ha ido el día. Me arrancan varias sonrisas. Mi primo Manuel Jara, de dos años, también suena desde mi casa en Cortegana al otro lado del auricular: "Prima, te quiero mucho como la trucha al trucho". Le ponen al día lo que le faltó desde el principio. Cuando acudo al baño lo entiendo todo. Me está bajando la regla.

Botadura

Estábamos tan cerca que apenas nos dábamos cuenta de la dimensión de este barco y estaba todo tan desorganizado y tan sumamente atestado de gente que tampoco podíamos disfrutar del momento. Pendientes de las declaraciones institucionales de turno, de que las conexiones funcionaran, de que el invitado acudiera y de que los cortes se sacaran, apenas me di cuenta de que estaba asistiendo a uno de estos acontecimientos que formarán parte de la historia cuando pasen muchos años. Y conectada al móvil, con la llamada en espera, mientras escuchaba unos titulares tras los que iba a contar la botadura del Galeón Andalucía, por fin fui consciente de que estaba participando en este momento. Delante de mi, el enorme barco de madera, de una altura similar a la de un edificio de cinco plantas, retrocedía en dirección a las aguas de la ría muy lentamente. De repente, un ruido. Las cadenas que corrían más de la cuenta arrastradas por el peso del barco me hicieron levantar la vista de mi cuaderno y entonces lo vi. El Galeón Andalucía ya estaba en el agua. Y flotaba. Y todo el mundo respiró. Y los responsables se abrazaron. Y los vecinos de Punta Umbría que acudieron a verlo aplaudieron. Y un viejo cojo y con un ojo de cristal que se coló en la zona de prensa corrió todo lo que pudo apoyado en su bastón para subirse a la tarima roja donde estaban las cámaras de televisión para verlo todo mejor. Y los ojos se me humedecieron. Un poco por el viejo y sus torpes andares y otro poco porque no pude reprimir sentir lo mismo que los de mi alrededor. Y entonces entré: "Ya está en las aguas de la Ría de Punta Umbría, este mastodonte de madera, el Galeón Andalucía..." Y a pesar de tener un oído en Madrid, otro en Sevilla, y la cabeza entre esas dos redacciones, el cuaderno y la grabadora, supe que tenía el corazón y los ojos en Punta Umbría, delante de un barco tan grande como precioso. Y me sentí, otra vez, privilegiada por haber elegido una profesión que me permite ser testigo de cosas tan especiales y transmitírselas a todos los que no han podido verlo con sus propios ojos.

miércoles, noviembre 25, 2009

Sala de Espera

No queda ni un hueco libre en ese espacio de la pared. Las estampitas de santos, cristos y vírgenes lo llenan todo. Tanto como ese olor a alcohol de curar que relacionamos con la enfermedad, y la enfermedad con la pena. Pero en esa habitación cuadrada con sillones, antesala al abismo de las camas y los tubos, también hay lugar para la esperanza. Allí entra como el sol por las ventanas. Como la calefacción por los rendijas. Y a la esperanza se aferran los que sólo quieren que el destino, en forma de médico con bata y zuecos, le traiga buenas noticias. Las de mañana mejor todavía que las de hoy.
La mayor de todas las imágenes religiosas a las que se encomiendan los que esperan es una foto de calendario de una Cruz de Mayo. Debajo de ella, una señora con los pies hinchados intenta descansar con la cabeza apoyada en la palma de la mano, pero pesa y se tambalea. Otros en la sala repiten la operación recostando la suya en el respaldo de esas butacas que, a fuerza de horas y paciencia, se están quedando sin tapicería. Esperan un sueño profundo del que desean ser despertados por una carta de alta.
Y de esa sala de espera nunca salen, aunque físicamente no estén temporalmente en ella. Ni cuando van al baño o al restaurante del hospital. Esa sala, los sillones y hasta las estampitas los acompañan adonde van porque es ahí donde tienen depositadas todas sus esperanzas. Las de un futuro feliz. Tanto como lo era el presente que tenían antes de pisar la puñetera sala.

domingo, noviembre 22, 2009

Vino y bodas

"Estos aromas nunca se olvidan. Podrán pasar veinte años que, si vuelves a probarlos, sabrás que los tomaste aquí". Me lo contaba uno de los dos hermanos que este sábado nos han abierto la puerta de su bodega, una de las muchas que hay en Montilla, más pequeña, familiar y artesanal que otras, que para nosotros ha supuesto la entrada al mágico mundo de los sabores, las maderas, las migas sin patata y la embriaguez planificada. El que bebo en esta primera foto es la joya de la corona de esta bodega. Tiene 73 años. Una pena no entender de vino para poder saborearlo mejor.
Escuchar el siempre en las palabras de este bodeguero, me hizo revivir los problemas que ahora tengo con la vida y su puñetera fragilidad. Con su fugacidad. Con sus putadas. Él continuó: "Pero esto va a perderse. A ninguno de nuestros hijos les gusta esto, aunque nosotros les dejaremos nuestras botas (aquí llaman así a los barriles) cuando nos muramos". Otra vez la fragilidad de la vida, casi tan traicionera como los efectos de esos aromas que, según el bodeguero, no se olvidan.
Durante este fin de semana he intentado contrarrestar mis desconocimientos de enología (que ahora son un poco menores) con el conocimiento de 19 de mis amigos. Algunos decidieron que el viernes era el día perfecto para anunciarnos que marquemos en rojo tres fechas en nuestras agendas y no hagamos planes porque se han propuesto que el 2010 sea un año de bodas y despedidas. "Qué viejos nos estamos haciendo", es lo único que acerté a decir después del anuncio, las flores, el poema recitado y las lágrimas.
Y es verdad que nos estamos haciendo mayores. Se nota en los planes de futuro, en las conversaciones y hasta en las historias de hace diez años que contamos como si todavía estuvieran calientes. El tiempo corre y sólo se detiene en ciertos momentos. Ésos en los que me veo a mí misma, entre ellos, a carcajadas, a salvo de una vida que vuelve tambalearme los cimientos y a demostrarme que estábamos equivocadas cuando creíamos que el buen rollo podía durarnos siempre. Por eso disfruto de estos momentos protegida, querida y burlada. Cuando pasan, el tiempo sigue corriendo y yo me reconcilio con él y con la Felicidad y doy gracias por hacerme mayor y hacerlo con ellos.

sábado, noviembre 14, 2009

Hablemos del mileralismo

La identidad de Huelva es tópica y atópica. La tópica se viste de azul y blanco o de chaqueta para las Colombinas, invita (poco) a jamón y a gambas blancas y pone a sus hijas Rocío y Cinta. La atópica usa gafas de pasta o bigote e intenta entender la génesis del problema de Astilleros mientras le quita la boquilla a un cigarro. Todo eso y mucho más tanto una como otra. Pero hay noches en que ambas identidades deciden juntarse y construir una Huelva llena de matices. Y en una de esas noches, una puede perderse como una gilipollas por las calles peatonales del centro histórico en la ciudad con el centro histórico más pequeño de Andalucía (y digo perderse literalmente). O degustar la cocina de diseño de una tasca de la Calle Marina mientras uno de los personajes de esta ciudad, el Tito Toni, se roza contigo y con todo el bar y descubrir, horas más tarde, que la pitera que tiene en la frente es de una paliza que le han dado hace poco. "Mejor que se te roce a que empiece a repartir piñas", me dijeron luego. O, dentro mismo de esa tasca, descubrir los muchos colores que tienen las sexualidades ajenas y acabar sumando a tu compañía una pareja de extraños que se han metido en la conversación. Sólo en esas noches, la calle Aragón (y alrededores)se muestra como el reducto de una Huelva desesperada por terminar con su miopía. Una Huelva de música, frivolidad, tintes de pelo y dedos empujando piedras. "Lo mismo que tú, pero sin hielo", "Esta canción me recuerda a cuando yo estaba en octavo", "No está mal el nuevo SuperOcho, pero a mí me gustaba cuando era más antro". Son noches de aporrear las puertas. En Huelva siempre abren. "Vengo buscando a mi amigo Paco". Pasa. En las entrañas de la Plaza de Toros nadie llora, un día después, la muerte de Chamaco. Sólo queda un grupo de chavales en el que ellas usan escotes de vértigo y cantan "pa matarse". Cuando se van, te arrancas por tangos mientras te toca la caja un cani con las manos llenas de anillos. Y acabas cantando sevillanas con el camarero y las camareras, con los que cruzas invitaciones para el Rocío y despidiendote con un beso porque hay amistades que son para toda la vida. Y en esas noches lo tópico y lo atópico conforman la identidad de una ciudad en la que hay quienes creen, y son bastantes, que el sentimiento choquero lo ha puesto de moda Perico Rodri.

lunes, noviembre 09, 2009

20 años

Nos lo están recordando, machaconamente, desde esta mañana: Hoy se cumplen 20 años del fin del Muro de Berlin. O lo que es lo mismo, 20 años de mi primer recuerdo televisivo. Aquel Especial Informe Semanal de 1989 (presentado, creo, por Mari Carmen García Vela) marcó para siempre mi percepción de un mundo que hasta entonces, en televisión, se limitaba a la programación infantil. Pero no sé por qué gracia del destino, a mis siete años di con aquel programa y desde entonces no he podido borrar de mi retina dos imágenes: los alemanes, a pico y pala contra la piedra (en una de las más bellas y urgentes metáforas que nos ha dejado la Humanidad) y el chino delante del tanque en la plaza de Tiananmen (en una de las más valientes).
Y grabadas en mi retina continúan, 20 años después. En Alemania todo cambió para siempre. En buena parte del mundo también. En China no. Las cosas allí siguen tan complicadas, o más, que entonces y los mismos tanques que arrollaban a los protestantes se echan ahora contra los que quieren respirar el aire puro que traen las nuevas tecnologías de la información. Tampoco en Informe Semanal, que continúa (a pesar de los cambios en la cadena y en la forma misma de entender la información) como uno de los mayores y mejores referentes del Periodismo. Tampoco ha cambiado mi fascinación por estas imágenes que, veinte años después, me hacen acercarme a la pantalla otra vez, como cuando tenía siete años, la primera vez que sentí que yo también quería contar lo que ocurría en el mundo y en la vida.

viernes, noviembre 06, 2009

La niebla

Salí corriendo a las tres de la tarde, no sé muy bien de qué. Quizá de la mala noticia con la que me he despertado. Hice la mayor parte del camino cantando bajo un sol impropio de Noviembre, ilusionada con volver a mi pueblo. En Valverde comenzaron a caer gotas. Guardé las gafas de sol. A pocos kilómetros del cruce hacia Almonaster y Cortegana me engulló la niebla. Tan blanca y tan espesa que mojaba los campos y las ropas de los pocos valientes que andaban por la carretera. No me dejaba ver pero sí imaginarme que esta tierra, en estos días, se parece más que nunca a la Galicia Chica.
Y entonces pasó lo que no tenía que pasar: La niebla se me metió dentro. Todavía la tengo. Siento que me humedece el alma. Me entristece. Hace que entre en un estado anímico para el que no existen todavía las palabras y quizá no existan nunca hasta que un serrano las invente como inventaron los gallegos o los portugueses esas suyas que no existen en el castellano.
Y con la niebla dentro he llegado a mi casa. Mi madre tiene ya encendido el brasero y puestas "las naguas". Me he sentado con ella y la he observado coser. La niebla me ha hecho envidiarla por ser capaz de hacer con las manos cosas unas veces preciosas, otras útiles y otras las dos cosas a la vez. Luego ha llegado mi pareja. Le ha bastado una mirada para preguntarme "¿Qué te pasa con esa pena?". Quise responderle: "La niebla, que se me ha metido dentro", pero sólo me salió un "estoy como el tiempo" que a él ha debido bastarle porque se ha animado a echarse a la calle y a la noche sin mí.
Y con la niebla dentro me he puesto el pijama y he decidido quitarme la niebla imitando a mi madre, que sigue cosiendo. Y yo también me he puesto a trabajar con las manos. Pero no me sale nada precioso, ni útil, ni las dos cosas a la vez.

lunes, noviembre 02, 2009

Tres cuerdas

El Niño Miguel llama "papá" a Paco de Lucía. Hay quienes le han escuchado decir al gaditano que El Niño Miguel es el mejor guitarrista de todos los tiempos.
El Niño Miguel es un niño siempre. En el comienzo era tan niño que con sus manos no llegaba mucho más allá del cuerpo de la guitarra. Y aún así hacía música. Empezaba el genio y con él, su cerebro desordenado.
El Niño Miguel un día que creyó que tenía que huir de Huelva, cogió un taxi en El Torrejón (su Patria y su Mundo Aparte) y le dijo al taxista que le llevase a Almería, con su sobrino Tomatito. Y el taxista lo llevó, mirando de reojo el único equipaje que llevaba: su guitarra. Al llegar, Tomatito tuvo que pagarle el taxi. Cuentan que fueron 15.000 pesetas de las de entonces. Eso fue lo que costó el trayecto más las horas dando vueltas por Almería buscando una casa de la que El Niño Miguel no llevaba, por supuesto, las señas.
El Niño Miguel tampoco estaba bien en Almería, así que se levantó a la mañana siguiente, se echó a la calle con su guitarra y le preguntó al primero que vio: "¿Por dónde coho pa llegá a güerva?". Y allá se echó, carretera alante, hasta que Tomatito reparó en la ausencia de su tío y salió a buscarlo. Lo encontró andando por el arcén y pagó otro taxi que lo trajo de vuelta a Huelva.
El Niño Miguel siempre ha regalado su arte. Dicen que tocaba con tres cuerdas por las calles de Huelva y la gente le decía "Toma, Miguel, cómprate una cuerdas", a sabiendas de que falta no hacía porque de sus manos salía un arte solidario que siempre ha compartido con cualquiera que quiera escucharle, a pesar de no tener nunca las seis cuerdas.
El Niño Miguel, con su cerebro desordenado, es un genio tan choquero como universal. Lo reconocen los suyos del barrio del Torrejón, los enfermeros que lo tratan en esta etapa de su vida en el Hospital y los grandes del flamenco. Por eso unos pocos de ellos, con Arcángel y Camilo Gómez a la cabeza, han decidido, por fin, hacerle el homenaje que se merece antes de que se vaya a tocarle a los ángeles con su guitarra de tres cuerdas.
El Niño Miguel, que sabe que este fin de semana van a hacerle algo en Huelva, va a ir medio engañado porque a él de nunca le gustaron los focos, ni las cámaras, ni las luces, ni el zoom de Valerio Lazarov al que dejó tirado justo cuando lo presentaban en directo.
El Niño Miguel quisiera entenderse, pero no puede, así que golpea sus dedos contra las cuerdas y eso lo hace de manera virtuosa, como sólo saben hacerlo los genios de cerebro desordenado.

Homenaje a Niño Miguel (Reportaje Emisoras: Huelva)

jueves, octubre 29, 2009

Uno de los nuestros

Los periodistas solemos ser gente pedante y con el ego abultado. Nos encanta hablar de nuestra profesión cuando nos juntamos y comentar los trabajos de unos y de otros. Solemos contar chascarrillos de las fuerzas fácticas, que en nuestras conversaciones suelen adquirir una presencia más humana de la que pretenden mostrar en sus discursos. Eso hacemos los periodistas, entre otras muchas cosas. Por ejemplo, creernos que de verdad la gente nos ve, nos escucha, nos lee o nos cliquea. A veces ni nos preocupamos de que se nos entienda (¿Para qué? Si hace tiempo ya que estamos convencidos de que lo importante de la noticia es que lleva nuestra firma). Pero también somos los que sentimos una sensación que se parece mucho a la fatiga cuando nos damos cuenta de que nos están volviendo a contar la misma milonga que después tendremos que repetir como papagayos. Los que guardamos horas de espera a la puerta de un juzgado que, no sé por qué, son siempre los sitios más fríos del planeta. Los que nos gastamos las yemas de los dedos marcando un teléfono que se resiste y que terminamos aprendiendo de memoria. Los que, a fuerza de haber olvidado que formamos parte del proletariado, estamos cobrando sueldos de mierda con la excusa de la vocación. Los que tenemos que engañar a nuestras conciencias siendo portavoces de palabras en las que no creemos. Los que bendecimos un cuarto de hora entre convocatoria y convocatoria porque nos permite compartir un café con compañeros. Los que trabajamos con las palabras para traducir los que algunos se empeñan en hacer ininteligible. Los que hemos ahogado nuestras lágrimas ante las barbaridades que es capaz de hacer el Ser Humano. Los que nos acercamos a la sangre, al hambre o a la violencia. Los que sentimos que el corazón se nos rompe cuando uno de los nuestros nos llama para decirnos eso de "Lo dejo. Me voy a preparar unas oposiciones de la Junta". Mierda¡¡¡ Ya perdimos a otro. Y éste era bueno de verdad. Escribía de puta madre. Y encima era buen compañero. A mí siempre me hacía reir. Un tío comprometido. Ya, pero es que estos horarios no le dejaban disfrutar de las tardes, ni hacer planes... Al final va a resultar que la vida es enemiga del Periodismo... ¿O era al revés? P.D: Espero que siempre vuelvas, compañero. A mí y al Periodismo.

miércoles, octubre 28, 2009

Picados

Seguro que hay quienes la están buscando tanto o más que yo. A mí se me ha aparecido la solución en mitad de una siesta que no he podido conciliar pensando en ellos. Tenemos que fomentar la sensibilidad. Puede que sea la única forma de que tres personas no se piquen con sus coches en mitad de una autovía que yo cruzo dos veces al día y termine uno de ellos tumbado en un charco de su propia sangre, con el corazón roto de dos puñaladas.
No se me va de la mente esa imagen. Menos desde que ayer el jefe de la policía judicial nos confirmara que el motivo del crimen del viernes en Huelva no era otro que una disputa de tráfico. Un tú me adelantas, yo te adelanto y hago que frenes, tú que si capullo, yo que si me cago en tu madre y, cuando un semáforo obliga a que nos paremos después de 20 minutos, yo me bajo del coche con una barra de hierro y tú con una navaja y un amigo para sujetarme. Con total desprecio hacia la vida, no sólo la del muerto, también la propia, que podía estar empleando sus 24 y 28 años en otras cosas diferentes que contar los días en la trena al más puro estilo de una rumba carcelaria.
Y a fuerza de darle vueltas ha empezado a ser verdad (hay muchas cosas que contamos los periodistas que nunca llegan a serlo para nosotros mismos). Y los dos presuntos asesinos han tomado forma: primero en las fotos de la prensa y después en un programa que, precisamente el día de autos, emitió Cuatro: Callejeros en el Torrejón. (minuto 1:33) Y no me ha costado creerme que sean capaz de semejante cosa porque he tomado conciencia de sus naturalezas violentas, ésas que se llevan ahora tanto. Y me ha parecido encontrar el por qué: un serio déficit de sensibilidad.
El nivel de sensibilidad es inversamente proporcional al de violencia. No se puede tener las dos condiciones a la vez. Y la sensibilidad se puede estimular y educar (como la violencia, claro) . Puede que esté ahí la solución: la buena música, el buen arte, la buena literatura, el buen gesto, la buena sonrisa o la buena palabra, todo lo que ponga el espíritu en vertical y haga que se eleve y se mejore. Puede que sea ésa la fórmula contra todas las violencias.

lunes, octubre 19, 2009

Intimidades

El pasado viernes escuché una entrevista a Jaume Balagueró, uno de los directores de Rec2, en la que hacía una reflexión sobre los cambios que se están produciendo en torno a la intimidad. Decía Balagueró algo así como que la gente ya no celebra una fiesta por la fiesta en sí, sino por los cientos de fotos que subirán al día siguiente a su blog o a los portales de redes sociales en los que participan. De eso, por cierto, tiene mucho su nueva entrega de esta peli de terror madeinspain. He pensado mucho en estas palabras que comparto en gran parte, pero creo que eso no tiene nada que ver con la intimidad de cada uno. Y lo digo yo, que escribo en este blog buena parte de las cosas que vivo, contemplo, oigo y pienso. Pero es que para mí la intimidad es otra cosa y poco tiene que ver, en la mayoría de los casos, con la publicidad que le demos a los actos en los que participamos. Si soy una persona que suelo dar publicidad a lo que hago, qué mas da que las cuente en un corrillo o en una red social. Eso no tiene nada que ver con mi esfera privada. Lo privado, la íntimo, se queda conmigo y esa puerta la abre quien a mí me da la gana. Va más allá de una foto en el Tuenti, de un estado en el Facebook o de una entrada en el blog. Lo que decido publicar dejo de considerarlo íntimo y pasar a ser algo compartido. Hay quienes no comparten mi pensamiento, claro. Son algunos de los que cada día eluden las invitaciones de las redes sociales que les llegan a su correo. Sólo conozco un par de casos. Para mí son unos valientes. Han resistido la llamada ególatra de la auto-publicidad. Yo fui incapaz.

sábado, octubre 17, 2009

Pou

Seguramente no me equivoque si digo que José María Pou es uno de los mejores, si no el mejor, actor de nuestro país. Claro que tampoco añadiría nada nuevo porque su cara, su voz, su forma de estar en el escenario o ante la cámara se quedan grabadas en la retina de cualquiera que lo haya visto trabajar alguna vez.
Yo tuve esa suerte anoche y, además, con uno de los textos más inteligentes que he escuhado en mi vida. Lo escribió Alan Bennet, lo descubrió Pou y decidió que una obra así tenia que llegar a los espectadores españoles. Así que no dudó en traducirla él mismo y poner al reparto bajo su dirección. Y todo ha sido un acierto: la obra en sí y la intención solidaria de compartirla con nosotros.
Decía que Los chicos de historia es una de las obras de teatro más inteligentes a las que he asistido nunca por varias razones. La primera, por la reflexión que en ella se hace sobre la Educación. Bennet no sólo se centra en cómo nos va a marcar para el resto de nuestra vida, ni en las relaciones estudiante-profesor que en algunos casos lo hacen más que los propios contenidos. A mí me ha parecido especialmente interesante la crítica a la educación útil o, mejor escrito, a la concepción utilitarista de la educación.
Y me recordaba a las veces que alguien me ha preguntado es de ¿Para qué estudias portugués? o ¿Para qué sigues estudiando si ya trabajas? Ese para qué me saca de mis casillas y pocas veces el que pregunta se escapa de un pequeño discursito sobre el saber por el saber que no puedo evitar.
En la obra hay mucho de esto. Los conocimientos útiles frente a los inútiles, y no por eso menos necesarios, representados por el profesor Hector (José María Pou) en el segundo caso y el Director (Josep Minguell) y, sobre todo, el profesor Irwin (Jordi Andújar) en el primero.
Uno de los mejores momentos, con el profesor Héctor, ya derrumbado, es cuando Bennet pone en sus labios estas palabras que, para mí, resumen mejor que ningunas, el halo mágico que envuelve a la buena literatura y por extensión, a las obras de arte:

Los mejores momentos de la lectura son aquellos en los que te encuentras con algo -un pensamiento, una sensación, una manera de entender el mundo- que hasta entonces creías que era íntimamente personal, que sólo era tuyo; y ahora, de repente, lo encuentras expresado por alguien, una persona a la que ni siquiera conoces, o que hace tiempo que ha muerto incluso. Y es como si del libro surgiera una mano y cogiera la tuya.

miércoles, octubre 14, 2009

Amigos en capilla

Un amigo, si es bueno, es como un hermano. Cuando tienes un grupo que supera la veintena, tienes una familia enorme, entonces. Hace tiempo que a algunos de mis amigos los cuento de dos en dos porque han decidido, como yo, que en pareja se vive mejor.

El sábado pasado se casaron dos que nos hicieron felices a todos los demás. No sólo porque pudimos compartir con ellos su alegría y una fiesta inmensa, también por el simple hecho de fijar un día en el calendario para juntarnos. Otros empiezan a poner sus fechas y yo, que me enfado cada vez que hablan de sus intenciones apostólicas y romanas, no puedo evitar soltar una lagrimita cuando dicen eso de "no hagas planes que...". Y es que creo que he llegado a esa edad peligrosa en la que todos tus amigos deciden casarse. Peligrosa porque a ti te cuesta una pasta el vestido, el regalo y todo lo que envuelve una celebración en la que ya tienes la cara húmeda apenas aparece la novia por la puerta.
Una familia enorme, decía, y así me siento entre muchos de ellos. Los mismos que a principios de este año se marcaron los kilómetros que hicieron falta para pasar con nosotros una de las noches más amargas de nuestra vida. Por eso, el pasado sábado mientras cantaba, bebía, bailaba, hablaba y los abrazaba, me sentía una persona privilegiada. Lo soy porque los tengo.

martes, octubre 13, 2009

La tolerancia

Es algo que se tiene o no se tiene. Lo bueno es que puede aprenderse. Y en cualquier momento, sin importar la edad. Yo esta tarde, viendo Ágora, por ejemplo, he recordado lo importante que ha sido para la conformación de mi personalidad ciertas películas que vi a mis 13 o 14 años. Entre ellas Philidelphia, por ejemplo.
Lo que cuenta la peli de Amenabar es necesario. Siempre más que nunca. Elije, de forma magistral, la historia de Hipatia, pero podría poner el foco en la de las cientos de personas que no comulgaron con la fe o la moral o las creencias de su tiempo y murieron por esta causa. Por ejemplo, ahora. La periodista africana que se negó a dejar de vestir sus pantalones. También retrata las luchas fraticidas. Él ha elegido la Alejandría del siglo IV, pero yo, en realidad, estaba viendo la franja de Gaza y a través de ella muchos otros lugares.
Por eso Ágora, y no es la única, claro, pero sí una de las últimas, es una hermosa herramienta de educación que desde mañana mismo tendría que pasarse en todos los institutos. Porque para mí hubiera sido fundamental a esa edad, todavía más que en ésta en la que he salido del cine con la satisfacción de pensar que también en las pelis de abultado presupuesto pueden encontrarse elementos para la reflexión.
Y me ha reafirmado en la creencia de respetar, sobre todas las cosas, las opiniones de los demás y sentirlos como los iguales que somos, independientemente de nuestro sexo o nuestra ideología. Liberada, como mujer en el tiempo que me ha tocado vivir, de que serlo me haga impura ni un ser humano imperfecto.

Vuelve Saramago

No lo encontré en Lanzarote, pero aquí seguro. Se trata de un adelanto de su próximo libro. Se llamará Cain, lo editará Alfaguara y este adelanto lo trae El Pais.

martes, octubre 06, 2009

Turismo e identidad

Un día me dijo un serrano, que había llegado a ser alcalde de su pueblo, que existía una especie de línea imaginaria que dividía a la sierra en dos: a un lado, los pueblos a los que llegaba el turismo y al otro, los que no llegaba. El mío estaba en el segundo grupo. En los pueblos del primero empezaron a proliferar los restaurantes primero, los hoteles después y las operaciones urbanísticas desproporcionadas más tarde. Algunos llamaron a eso progreso o crecimiento. Si lo fue, hizo de alguno de éstos unos pueblos deformes que han estado a punto (si es que no lo han logrado en algunos casos) de cargarse su identidad serrana.
Mi pueblo pertenecía al segundo de los grupos, iba diciendo. Del día de aquella conversacón a hoy han pasado unos cuatro años. No ha cambiado mucho la cosa hasta hace apenas unos meses. El hotel Sierra Luz (pionero en Andalucía en turismo accesible) y el hostal Sancho IV (que se postula como "un concepto diferente de hostelería en la sierra") pueden hacer llegar hasta Cortegana las mieles del turismo. Los locales nos hemos volcado y muchos hemos visitado las instalaciones, con la excusa de tomar un cafelito, y les hemos deseado toda la suerte del mundo a los emprendedores.
Habrá quienes opinen que llegan tarde ambas instalaciones hosteleras. Así es si lo miramos desde el punto de vista económico (la actual crisis) o de una posible sobreexplotación turística de la Sierra de Huelva. Para mí llegan en el tiempo justo, en el oportuno. Ahora que abrir un negocio así es de valientes y ahora también que ha pasado el boom del ladrillo al que mi pueblo ha resistido conservando buena parte de su identidad. Que disfruten de esto los que quieran acercarse a conocer mi tierra. Sólo puedo recomendarles que no la visiten, si no que la vivan.

Testigos

Yogurt natural edulcorado y un plátano. Es lo que había en la cesta del que guardaba la inmensa cola del DIA de la Calle Castilla delante de mí ayer por la tarde. Nada relevante si no fuera porque el sujeto en cuestión era el director de cine Carlos Saura. Me pareció divertido participar de ese momento de intimidad en la vida de un artista. También me pasaba con Amenábar cuando coincidíamos en el gimnasio. Para hacer más amena su espera cogió una crema facial de oloe vera y leyó las letras pequeñas que pegan al envase. Algo de lo que leyó le convenció. Decidió sumarla a su raquítica cesta que, comparada con la mía, en la que se apretujaban las comidas, me hizo pensar que Saura tenía demasiado tiempo libre. Ninguno de los artículos elegidos eran de tal necesidad como para guardar semejante cola. Por fin abrieron una caja nueva y nuestros caminos volvieron a separarse. Creo que apenas ningún otro integrante de la fila reconoció al director. O quizá sí y se convirtieron, como yo, en testigos mudos de su vida cotidiana. O al revés, hicieron que Saura formara parte de la crónica de un lunes con pinta de lunes. Igual que ahora lo estoy haciendo yo.

viernes, octubre 02, 2009

El no-periodismo (Toma 2)

Conocí a Fernando Pérez Ávila en 2003. Yo era una de los muchos becarios que entramos entonces en el Diario de Sevilla. Él lo había sido poco tiempo antes. Había conseguido quedarse y demostrar unas estupendas dotes para la información de sucesos y mucha paciencia. En la facultad lo llamaban Chomsky. No hizo falta nada para hacernos amigos. Aprendí de él muchas cosas y todavía le guardo un cariño muy especial. Y como él también me quiere, me ha dejado compartir esta reflexión que yo he decidido hacer una nueva toma del no-periodismo.
El caso Marta del Castillo es un disparate, un despropósito informativo, un circo mediático en el que hace mucho tiempo que sólo vale el morbo y la información queda en un segundo o tercer plano. El caso Marta del Castillo es ese que congrega a una veintena de unidades móviles de otras tantas cadenas y productoras de televisión en un descampado de Camas, a decenas de fotógrafos y plumillas que se pasan horas y horas bajo el sol o la lluvia a la espera de dar la noticia más importante de sus vidas y a un centenar de curiosos sin nada mejor que hacer que mirar un día entero como una excavadora remueve la tierra en busca de un cadáver que no aparece por ninguna parte. El caso Marta del Castillo es el caso en el que más he trabajado en toda mi vida. Y como yo, todos los periodistas a los que les ha tocado cubrirlo. Supongo que en un futuro podré contar que cubrí el caso Marta y eso me llenará de orgullo, pero ahora mismo estoy muy lejos de ese sentimiento. Sólo quiero que aparezca la niña de una vez por todas, que se celebre el juicio y que los cuatro hijos de puta que han hecho esto sean condenados a la mayor de las penas. Estoy saturado, contaminado, hastiado. Ayer vi como José Antonio Casanueva, el abuelo de Marta, se esperanzaba con la posibilidad de que el cuerpo de su queridísima nieta -su nieta favorita, me comentó un día- estuviera en una zanja de Camas. Al abuelo, siempre con una chapa con la cara de su nieta en la solapa, era imposible hacerle dos preguntas seguidas. Se lo llevaban las teles para sus directos cada vez que intentaba preguntarle qué sentía, qué esperaba de la búsqueda en aquella zanja. La tarde antes alguien le había dado una sábana con manchas rojas que luego resultaron ser de pintura y con unos restos de cinta aislante. Pedazo de titular: "El abuelo de Marta del Castillo entrega a la Policía una sábana manchada hallada junto a la casa de la ex novia del asesino". Da igual que la sábana no tenga pinta de estar relacionada con la historia, que ni siquiera esté manchada de sangre y que lleve en el campo un montón de días, a lo mejor desde antes de que desapareciera Marta. Luego, al llegar al periódico, me encontré con la rajada del padre. "Lo que han hecho es una fantasmada porque no se puede dar por cerrada la búsqueda allí después de sólo seis horas", venía a decir. Qué fácil es encontrar un titular. Sólo hay que marcar un número y preguntar: Antonio, ¿usted cree que la Policía lo está haciendo mal? y Antonio, un hombre destrozado, responderá que sí, que deberían buscarla más tiempo, que levanten todo el suelo de aquel descampado, que draguen el río. Antonio, ¿si la Guardia Civil llevara la investigación ya habría aparecido el cuerpo?. Y Antonio, que es un hombre íntegro como pocos pero que ni sabe manejar a la prensa como hacía el padre de Mari Luz ni ahora mismo puede tener la cabeza en su sitio, dirá que sí, que venga la Guardia Civil, como dirá que hay más gente implicada y todo lo que el periodista quiera que diga. Nadie le dice a Antonio que el cuerpo de su hija ha sido el que más se ha buscado en la historia de España. Nadie le dirá que la investigadora holandesa especialista en búsqueda de cadáveres con perros se echó las manos a la cabeza cuando le dijeron que lo que había montado en el río era para buscar el cuerpo de una niña, sólo una. "¿Cuántos homicidios tenéis aquí al año? Porque este despliegue no lo hacemos en Holanda para buscar un cadáver ni de coña". Es más fácil llamar al padre un día sí y otro también y que dé un titular antes que buscarse la noticia por cuenta propia. Atrás quedó la ética, la responsabilidad social del informador, las cautelas antes de dar una noticia. Todo vale en este juego de a ver quién da la noticia más bestia, a ver quién hace llorar antes a una madre poniéndole imágenes del asesino de su hija continuamente mientras la entrevistan en una televisión. El caso Marta es un absurdo en el que las declaraciones de los imputados llegan antes a los periódicos que a la Policía, en el que el gabinete de prensa de la Delegación del Gobierno todavía no ha confirmado la detención del Cuco, en el que la prensa le da pábulo a un majareta que vino de Lérida con un perro diciendo que la iba a encontrar en San Jerónimo, en el que se puede publicar una foto de la víctima medio en pelotas encima de su asesino pese a que haya sido obtenida ilegalmente de una red social, en el que la protección de los menores (la víctima era menor) es de risa y en el que la encargada de la investigación les dice a los periodistas que si una hija suya optara por esa profesión la matará y la tirará al río. El caso Marta me ha servido para comprobar cómo se elabora la información que ofrecemos a la sociedad para que ésta la consuma. Cualquier noticia relacionada con esta desgraciada chiquilla es la más leída de largo cada día, las ventas aumentan, las audiencias también. Muchos querrán que la niña siga sin aparecer.

jueves, octubre 01, 2009

El no-periodismo (Toma 1)

Esto es lo que se conoce como un canutazo (En una definición libre: Dícese de la declaración de algún personaje relevante al que no sentamos ante una mesa, que sería rueda de prensa, si no que dejamos que nos atienda de pié). Éste en concreto tuvo lugar el pasado miércoles en Punta Umbría. En él se pueden contar casi dos docenas de medios de comunicación y hasta cuatro políticos. (Subo esta foto porque nos la ha regalado Julián Pérez, de la Agencia EFE y en ella aparecen mi amigo Francis dirigiendo la orquesta y algunos compañeros a los que quiero recordar trabajando conmigo). Es un mal ejemplo de canutazo porque fue largo e incómodo. Tuve que pedirle a la compañera de Canal Sur Radio, literalmente, "Lola, saca tu grabadora de mi ombligo".
Los canutazos son nuestro pan de cada día. Nos vienen bien a unos y a otros. Muchos periodistas los pedimos para intentar, así, que el entrevistado se enrolle lo menos posible. Pocas veces lo logramos. Los calambres en los brazos de los plumillas y el dolor en los hombros de los cámaras dan buena cuenta de ello. Pero a mí hay algo que me preocupa más que eso de este tipo de prácticas. Me refiero a cuando acudimos a unas jornadas o a una conferencia. Todos buscamos esa declaración previa en forma de canutazo y muy pocas veces nos quedamos. Y no lo hacemos porque, en el tiempo que dura la exposición de los expertos en el tema del que luego tendremos que informar, debemos cubrir algunas informaciones.
De las prisas, de la falta de interés y de la realidad previa que manejamos sale el resultado que sale la mayoría de las veces: una informaciones endémicas con las que apenas nos quedamos en la superficie.
Hace dos semanas se celebró en la UNIA un importante congreso de Periodismo Digital que trajo a Huelva a algunas de las mejores voces en lo que a este tema se refiere. Un compañero, prejubilado, participó en ellas como oyente. Asistió, desesperanzado, a la marcha de los medios tras la inauguración oficial a cargo de las autoridades. "Ni siquera se quedaron a la primera mesa redonda ni a la conferencia inaugural... ¿Qué piensan contar del Congreso?" Me dijo.
Pues, para los que no lo sepan, así es como vamos la mayor parte del tiempo, corriendo y buscando siempre una par de ideas que luego repetimos como papagayos. Como decía un profesor de la Facultad, sabiendo lo que nos esperaba, "Niños, aquí lo importante es manchar, manchar, manchar..."

sábado, septiembre 26, 2009

Una infancia de espera

Cuando llegué ya le habían traído un bizcocho y unas galletas. Y eso que apenas habían pasado unas tres o cuatro horas desde que le dieron el alta a mi abuela en el hospital comarcal de Riotinto y me encontré con ella en casa de mi madre en Cortegana. La vi estupenda, tanto que estaba ilusionada con ir a la iglesia para conocer al cura nuevo. La llevé en el coche. Allí se reencontró con sus amigas y buena parte del pueblo, que había llenado la parroquia con el mismo objetivo curioso que ella.
Cuando terminó la misa seguí viéndola tan bien que nos la llevamos, junto con sus amigas, al casino de arriba. En los pocos metros que separan la iglesia del casino fueron muchos los que la pararon para interesarse por su salud. Los que no lo hacía, ella los paraba para informarles que había estado dos noches ingresada en el hospital a causa de una "arrimia".
El casino de arriba es uno de los dos que hay en mi pueblo. Superan el siglo y conservan cierto aire señorial. Nos sentamos en una de sus mesas de camilla. "Aquí es donde teníamos que venir nosotras a bailar. En el de abajo no podíamos porque era el de los ricos". Creo que empezó así una de las más divertidas y desgarradoras lecciones de historia a las que he acudido recientemente: Colas desde las cinco de la mañana ante la fuente pública, en la plaza de abastos, con dos cántaros cada una. Un policía local era el que lo organizaba todo. "Era muy malo", dijo una de las amigas de mi abuela, "Cuando quería decía que se empezaba por la cola y las que llevaban desde antes de amanecer esparando pasaban a ser las últimas. Otro día le pegó a mi abuela una de zurriagazos que le dejó el cuerpo entero amoratado". Se quejaba una de ellas de lo triste de aquellos tiempos, aunque ellas lo recordaban con una melancolía que las hacía sonreir. "Qué pena, por dios, no poder hablar con ninguna de la gente con dinero porque se fueran a pensar que te juntabas con ellas por conveniencia".
El clasismo, el uso de la fuerza por parte de las autoridades locales, la justicia arbitraria y otras penalidades relacionadas con el trabajo físico. Todo forma parte de su infancia y juventud.
Me llamó mucho la atención la referencia las colas, las horas y horas de espera que recuerdan haber hecho en sus vidas. Entonces pensé en Kapuscinski y en su referencia al tiempo en el Tercer Mundo. En Ébano dice esto los africanos:

De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera.–¡Esta gente tiene una capacidad extraordinaria de espera! –me dijo en una ocasión un inglés que llevaba mucho tiempo viviendo aquí–. Capacidad, aguante, ¡es un sexto o séptimo sentido!

Y entendí, por fin, el sentido de las galletas y el bizcocho y esa importancia exagerada que dan las personas mayores de mi pueblo a regalar comida.

miércoles, septiembre 23, 2009

Tomates y Audiencia

"Ahora en Estados Unidos están investigando la forma de crear tomates cuadrados, manipulados genéticamente que, además no se pudren. ¿Para qué necesitamos eso? Queremos tomates que se pudran porque eso nos avisa de que están malos"
Qué cosa tan sencilla. Así de simple. Pero es que tiene que venir esta mañana Vandana Shiva a Punta Umbría, con sus telas de colores y su lunar en la frente, para recordar yo la de veces que me he comido porquerías que me han dejado las manos teñidas, literalmente, de colores fluorescentes.
El tema no es ninguna tontería. Hablamos de lucha contra el cambio climático algo que, obviamente, los que se gastan la pasta en crear hortalizas transgénicas les importa una mierda tan grande como un tomate cuadrado. Para el resto del mundo, el mensaje de esta ecofeminista, seguidora de Gandhi, que coincide con el espíritus de estas jornadas en que las soluciones tienen que empezar desde lo local y la Democracia:
"Sólo si comemos bien y consumimos productos ecológicos, orgánicos y locales podremos reducir el problema en un 40 por ciento".
Puede que las cifras se las haya inventado, pero la receta es magistral y sencillísima. Y aún sabiéndola, no lo hacemos. Estamos demasiado corriendo para terminar cuanto antes el día y esperar la noche tumbados en un sofá y tecleando un mando.
Precisamente con eso he tenido ocupada buena parte de mi tarde. Delegados de Comisiones Obreras en las RTV públicas de toda España se dan cita en Sevilla hasta mañana para hablar de los problemas informativos (y de otro tipo también) comunes en estos entes públicos. Lo que llama poderosamente la atención es que sea la primera. Llegamos tarde, pero llegamos.
Volver a escuchar a Francisco Sierra ha sido especial por lo nostálgico. Lo recordaba mucho más aburrido. Será que los años me han dado a mí madurez para entenderlo o a él ameneidad. Estaba muy cambiado de como lo recordaba en sus clases (ésas en las que nos hacía estudiar un enorme libro de su autoría en los que abundaban las frases de diecinueve líneas). Paco Sierra es un teórico comprometido y extremadamente inteligente, eso ya lo sabía yo. Escucharlo hablar entre sindicalistas de un "nosotros" ha sido curioso.
Y entre los problemas comunes de los medios públicos: la manipulación (cada vez más económicas que políticas), la necesidad de elevar el nivel cultural de una ciudadanía que hemos convertido en consumidores, la puesta en práctica de los grandes textos normativos que articulan la función social de estas empresas públicas... Y entre todos, uno al que le pone palabras de forma magistral Emilio Lledó:
La degeneración de la mente y el crecimiento de la mentecatez es posible, hoy más que nunca, por los múltiples canales más o menos subterráneos, por los enormes charcos de información, por el imperio de opiniones tóxicas, de mensajes podridos que, sin darnos cuenta, tragamos. Este fenómeno, cada vez más presente en la paradójicamente llamada sociedad de la información, enreda y devalúa el cerebro y, de paso, va mutilando la capacidad de pensar. Hay una expresión que mide esa cretinización colectiva: el "nivel de audiencia" que, con las excepciones que se quiera y sea cual sea el espacio en que tal nivel se busque, es, en el fondo, manifestación creciente de una forma de corrupción.
Al dar paso al debate, las experiencia profesionales de algunos de los presentes daban buena cuenta de la tesis de Lledó.
He tenido que venirme justo cuando empezaba a entender lo complicado que es todo. Alguna vez he pensado en la necesidad de un gran Pacto de Estado en torno a los medios de comunicación (va a ser complicado si nuestros políticos no son capaces de firmarlo ni siquiera sobre Educación). También me he dado cuenta de lo equivocados que estamos poniendo el foco sólo en los espacios informativos que, al final, no suman ni apenas 4 o 5 horas de la programación total de una cadena que amite 24.
La frontera hay que desdibujarla. Deberíamos tener mas ambición y dejar de hablar ya para siempre de "Consejos de Informativos". Hay que pensar en la programación global porque, y volvemos a lo mismo, pocos son los que diferencian entre una cosa y otra cuando se sientan delante del televisor (iba a poner "0 escuchan la radio, pero es otro rollo).
Además, los grandes textos de los que hablaba no llegan a esas redacciones, pertenecientes casi siempre a una empresa externa, donde, el día que lleguen, la precariedad en la que trabajan sus profesionales, les pondrá muy complicado reivindicarlos.