domingo, diciembre 21, 2008

A una

La puerta de una casa de Jerez se abría el sábado a primera hora de la noche para no dejarnos salir hasta que estuviéramos bien hartas de liquido, sólidos y, sobre todo de arte. No podía ni imaginar que iba a valer tanto la pena los kilómetros que separan mi pueblo de la capital del caballo, el vino y Pedro Pacheco. Y lo valieron. Todos y cada uno. Rebuscando con Maripaz entre sus recuerdos y las calles jerezanas, no sólo he descubierto la hospitalidad y la simpatía, también el ritmo y la capacidad de que una simple palmada te erice la piel. Y el miedo de que a las cuatro de la mañana te dé indicaciones en un callejón un hombre con cara de psicópata y cuchillo jamonero en mano con el que te muestra el camino. Y los más preciosos villancicos que he escuchado en mi vida. Y el clasismo de los que saben cantar bulerías y hacen un círculo cerrado para que ninguna otra voz perturbe el culto que le rinde al que, para ellos, es el más divino de los cantes porque es el cante de Jerez. Y el Canasta, el mismo que cuando pido vino dulce en cualquier bar no lo quiero (porque es al vino dulce lo que Navidul al jamón de mi tierra) y que en Jerez se vuelve un auténtico manjar de dioses. Y las personas que han elegido la felicidad a pesar de los palos de la vida. Y los mantecados de Medina, que son una raza evolucionada de mantecados. Todo esto y esa última palma después del jaleo. La que sólo suena a una cuando se escucha en las manos de los gitanos del barrio de Santiago de Jerez.

2 comentarios:

Jose Juan Ramos dijo...

Me alegro que te dejes llevar por el embrujo del buen flamenco, me alegro que disfrutes en mi tierra y de mi tierra. Feliz Navidad.

Raúl Ramírez dijo...

También has sucumbido tú al encanto y el genio de la capital del vino, el caballo y del flamenco??? Has estado por Santiago? Ese ha sido mi barrio los últimos seis meses de 2008. Jerez y sus zambombas, algo único en la navidad.