miércoles, diciembre 10, 2008

El nombre exacto de las cosas

"La luz con el tiempo dentro", sonaba en la voz de uno de los cuarenta lectores que esta mañana le han puesto palabras en la Diputación a los poemas de Juan Ramón Jiménez. Todavía conservaba el olor a vieja en el recuerdo. "Yo he acumulado mi esperanza en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;a todo yo le había puesto nombre y tú has tomado el puesto de toda esta nombradía". Declamaba Luis García Montero y llenaba la sala y mi espíritu, pero mi recuerdo se había quedado parado en un pequeño hecho de un par de horas antes.
Un señora, ayudada por una vecina, abrió la puerta. Jadeando, comenzó a contarme que había dejado de ver su tele. No es la primera persona que lo hace ni será la última. Escuché su relato con respeto. Le dije que poco podíamos hacer nosotros, que se trataba de un problema que tenía que solucionar la comunidad de vecinos. Para cuando yo me di cuenta de que, en realidad, lo que necesitaba era un oído amigo, ya me había contado sus desavenencias con sus vecinos y que, si ella fuese hombre y algunos años más joven, ya habría subido al tejado para romper todas las demás antenas particulares y obligar, así, a que pusiesen una colectiva que funcionase correctamente. Crucé el mostrador (un elemento de otro tiempo que conserva, como otros tantos, el sitio en el que trabajo y que tiene como objetivo separar un lado y otro de la realidad), la acompañé hasta la puerta y le ofrecí mi brazo para bajar las escaleras. A cada escalón se confesaba un poquito más. -¿Que voy a hecr todas las Navidades sin tele, con la de espectáculos que dan? Mis hijos quieren que me vaya con ellos pero es que yo quiero estar en mi casa, en mi sofá.- Continuaba- Si no me arreglan la tele, es que me están enterrando en vida-. Entre lo catastrofista y lo apocalíptico comprendí las inquietudes de esta reciente viuda para la que la televisión es la mayor de las compañías, en este tiempo deshumanizado y poblado por ancianos que no temen el frío de Diciembre y, armados de valor, acuden a la emisora que sea para exigir que le restituyan el daño que les causa la soledad catódica. "Intelijencia, dame el nombre esacto de las cosas", proclamaban, junto a rosas amarillas, un par de horas después y yo pensaba en aquella señora, en su camino de vuelta a casa, en su poca vista y cortos pasos, en su vuelta al mutismo y en el fin de sus días sin compañía. Y dejé, lo confieso, que las palabras del Nobel moguereño me trasladaran a un espacio donde lo único importante es la Belleza. Ojalá, y algún día, también ella sienta esta liberación de lo mundano.

No hay comentarios: