jueves, noviembre 13, 2008

López Pereira

Hice la carrera en cuatro años de los que apenas he sacado un tímido buen recuerdo ligado a un nombre: Federico López Pereira. Es lo que ponía en el papel que nos entregó nuestro profesor de "Técnicas de investigación periodística" con el asunto del reportaje que teníamos que hacer si es que queríamos aprobar. Recuerdo que mi compañera, Haridian (de Las Palmas) y yo nos miramos mostrandonos mutuamente nuestro asombro. Ni idea de la persona que se escondía tras ese combre y esos apellidos.
Ahí comenzó una de las aventuras periódisticas más interesantes de mi vida, mucho ante de dedicarme profesionalmente al periodismo. En poco tiempo, gracias a la ligera mención que de él hacía la página de la Asociación de Escritores Huebra (a la que curiosamente yo pertenecía por entonces cuando parecía que mis primeros relatos podían conducirme a algo más ambicioso) descubrimos que se trataba de un escritor de los que formaban el grupo de los "narraluces". Llevaba fallecido desde 1981 y casi 25 años después teníamos que encontrar su pista y hacer un amplio reportaje.
Tuvimos la oportunidad de concertar una cita con algunos de estos escritores andaluces de la generación de los 60 y 70 en Andalucía. Haridian, mi compañera, se encargó de Requena y Cózar. A mí me tocó en suerte compartir uno de los más interesantes cafés que me he tomado en mi vida con Vaz de Soto en la terraza de La Raza, entre el Casino de la Exposición y la Plaza de España de Sevilla. Hablamos de literatura sobre todo. Habló él, claro, pocas o ninguna razón tenía yo para cortar del discurso que hilaba la preciosa voz de Vaz de Soto. Han pasado de aquel encuentro unos cinco años y recuerdo como si tuviera delante al escritor paymoguero: su barba blanca, su elegancia y su cuidado lenguaje. Había escuchado hablar de él en las clases de literatura del instituto y ahora compartía con él una preciosa tarde que él, además, convirtió en una amable experiencia.
Uno de los entrevistados de mi compañera le puso sobre la pista de la esposa de nuestro protagonista. López Pereira dejó cuatro hijos y una jovencísima mujer que entonces tenía un bar por el entorno de la Catedral llamado Rayuela. Me propuese encontrarla. Recorrí los portales de la calle de Miguel Mañara y llamé a algunas puertas. Nadie había oído hablar de la viuda. Me metí en todos los bares abarrotados de guiris hasta que en el último, el propietario me confesó que él le cogió el traspaso del bar a una señora que vivía por El Tardón.
Al día siguiente recorrí una por una las casas de este barrio trianero, mitad blanco, mitad rojo, que ha dado célebres artistas como La Pantoja. Al principio decía:
-Hola, buenas tardes: ¿A usted le suena que viviera en este barrio la viuda de un hombre que se llamaba Federico López Pereira?.
Cuando me cerraron las puertas de todas las casas de El Tardón con un NO llegué casi sin voz a la siguiente, en la que tan solo decía
-¿Federico López Pereira?- Ya sin fuerzas para las presentaciones ni la pregunta completa.
-Ahora no se encuentra en casa- Me contestó un joven de unos 30 años con coleta al que casi ni había mirado.
Abrí los ojos con sorpresa.
-¿Cómo va a estar si murió hace más de 20 años?
-Perdona- Me dijo- Creía que preguntabas por mi hermano Federico.
Di con la casa de la familia del escritor, le expliqué a su hijo Andrés, el pequeño de los cuatro, a su viuda y a la nueva pareja de ésta mis propósitos. Empecé a acudir casi cada tarde a la casa. Entrevistamos a Carmen, todavía joven y con aire desenfadado que se quedó efectivamente viuda muy joven, con dos niños y dos niñas. Ella nos surtió de material fotográfico y hasta nos prestó los libros, los 4 que publicó el autor (del que no he dicho que llegó a ser finalista de un Premio Nadal, aunque eso no aparezca en Google).
En una de las tutorías con el profesor en la que le contamos, entusiasmadas, nuestro hallazgo, él nos retó a que descubriésemos con qué conocida mujer del momento mantuvo este escritor una relación amorosa.
En la fase de redacción del reportaje, acudía a tomarme a menudo unas tapas con Carmen en las plazoletas de El Tardón. Me hizo prometerle que le haríamos llegar una copia del reportaje en el que estaba tan entusiasmada como nosotras.
Por fin lo terminamos y se lo entregamos al profesor. El día de las notas nos dijo:
-Os he puesto un nueve porque para el diez os ha faltado el nombre de la amante.
-No lo hubiésemos puesto aunque lo hubiéramos sabido- Le contesté.
Y ésa fue de las primeras veces que se cruzó en mi vida un valor que es fundamental para los que nos dedicamos al periodismo: la ética.

2 comentarios:

Jose Juan Ramos dijo...

Gran experiencia. La verdad es que esa clase es una de las pocas que verdaderamente te impulsaba a ser periodista de condición y emoción. Cuando Julio y yo leímos nuestro título también nos miramos asombrados; "Los ríos ocultos de Sevilla, mito y realidad". Ya te contaré a qué llegaron nuestras indagaciones con un cafelito por delante. Un beso!

Anónimo dijo...

Felicidades por cuidar esa compleja y difícil palabra, "ética", llena de profunda sonoridad, cargada de Historia e historias. Algo que en el terreno del periodismo vemos que brilla por su ausencia, hoy en día, con demasiada frecuencia.
Mucho ánimo y mucha suerte para seguir siendo una buena profesional, por encima de sensacionalismos baratos.
Mi padre te lo hubiera agradecido mucho. Yo te lo agradezco mucho.
Elisa