domingo, octubre 19, 2008

Las palabras

Cuando era una estudiante de primero de periodismo acompañé a una de mis compañeras a la casa de un conocido periodista de un diario nacional. Se trataba de una incursión clandestina, una especie de allanamiento de morada. Ella tenía la llave de la casa (era la encargada de echarle de comer al gato y regar las flores mientras la familia estaba de vacaciones) y consideró, no sé por qué, que aquel piso de Felipe II iba a interesarme. Cada vez que, todavía hoy, leo los artículos de opinión de este periodista sevillano, recuerdo la sensación que me produjo aquella visita: los cuadros, los discos de grupos de los que yo jamás había oído hablar, el enorme piso y, sobre todo, las pilas de libros sobre las mesillas.
Esta semana he pasado por delante de aquella casa con mi nueva bici antigua. Disfruto de un tiempo libre, gracias a la convalecencia, que me está haciendo disfrutar de los pequeños detalles de una forma cruel: los paseos, las visitas a casa de los amigos, el vinito dulce en el Altozano, una comida en el Parque de María Luisa, las horas en la biblioteca, los café, el teatro, el cine, los besos, los tazones de cereales... Vivo cada momento como si ya lo echara de menos y el placer que experimento trae tras de sí un reguero de melancolía. Lo mejor de este tiempo libre, sin duda, los recuerdos, que vuelven a mi memoria en la misma medida en la que baja mi nivel de estrés. De ahí que me haya visto a mí misma a mis 18 años recién cumplidos recién llegada a una ciudad que deseaba hacer mía para disfrutar de todas sus posibilidades. He podido recordar los paseos kilométricos con los que memorizamos el mapa, el piso de la Calle Procurador, el frutero que lo traía todo de Umbrete como si Umbrete fuera la mejor huerta del mundo, el ciber-café aquel que hoy es el único bar heavy de Sevilla... Qué gusto guardar todavía unos recuerdos que ni sabía que tenía. Qué gusto que siga esta Triana cambiante y artificiosa, este mundo aparte de Sevilla, que en realidad es el centro de su mundo. Y con Triana el Arenal, la Alfalfa, la Alameda, Nervión, Avenida de la Constitución, Plaza San Francisco, Puerta Jerez, Parque de María Luisa, toda la Sevilla monumental y esa esquina de la calle Felipe II en la que quedamos aquella mañana mi compañera de clase y yo para descubrir el gran misterio de los que se ganan la vida con las palabras cuando yo era apenas un esbozo de lo que soy hoy, cuando ni intuía siquiera que, con los años, intentaría ganarme las palabras con mi propia vida.

3 comentarios:

arol dijo...

Que buen relato. Me encuentro con esto, con una carga de melancolía, de ternura y de travesuras por demás interesantes que me impulsan a seguir dando vueltas por acá, a escarbar entre las palabras y a descubrir un poco más.

Sabes que, ahora que me detengo a pensarlo, lo peor de vivir de las letras es tener que abandonarlas. Tal vez, por experiencia propia, lo más apasionante fue haber entrado a una revista a los 12 años a escribir y no salir nunca más de allí pese a que tuve que mudarme de regiones varias veces. Desde el más ignoto reportaje hasta las jefaturas más burocráticas he pasado por todo y cuando lo tuve que abandonar sentí el peso de la ausencia; el peso de ese ficticio poder que ya no está; de ese protagonismo que funcionó como gasolina del motor frente al teclado.
Escribo estas líneas con un dejo de melancolía y porciones de deseos de escritura.
Seguiré incomodando por acá en breve.
Un saludo desde el fin del mundo (suena más bonito decirle fin que decirle culo)

(arol)

Anónimo dijo...

Que bien te sientan Sevilla y tu bici nueva!! .Cuídala que tiene mucha historia, y bueno, puedes quitarle la banderita si quieres eh, que aunque seamos muy españoles parece que da a entender otra cosa. Que la disfrutes, un beso.
Palmi.

Milena dijo...

Me ha encantado este texto :)
La verdad es que es un homenaje estupendo a las palabras, al paso del tiempo y a una ciudad maravillosa.
Sin ser sevillana, se me han encogido un poquito las entrañas.
Un besazp