viernes, octubre 17, 2008

Buen teatro

Llevaba un rato aplaudiendo y todavía tenía el corazón en un puño. Segundo saludo de los 18 actores que conforman el elenco de La Cena de los Generales. No se van del escenario. Salen los que siempre están entre bambalinas y, con ellos, los dos protagonistas de la obra que raras veces se suben a un escenario salvo en días como hoy de estreno absoluto: el director y el autor de la obra. Miguel Narros, en el centro recibe los aplausos y las bellas palabras de José Luis Alonso de Santos que nos hablaba al público de Sevilla como si no acabasen de pasar casi dos horas y media de auténtico teatro, sino como si hubiésemos estado todo este tiempo en una reunión de amigos.
Y así ha sido, porque a veces eso tiene el buen teatro. Desde la primera fila del anfiteatro he visto las lágrimas de los actores, agradecidos tras la prueba de fuego que para ellos supone una noche de estreno (no he dicho que cuando faltaba un minuto para empezar, en el palco donde estaba sentado Manuel Molina, una señora se presignaba). Cuando la enorme y preciosa lámpara que domina el techo del Lope de Vega se ha encendido y he podido ver los ojos húmedos de los que todavía aplaudían a mi lado, he tenido una revelación, de esas que ocurren cuando tu espiritu ha estado durante un rato lejos de tí, concentrado en otra cosa y vuelve a tí otra vez para tomar juntos el camino a casa.
Me he visto a mí misma, a mis 17 años, en un viaje iniciático a Sevilla a las puerta de la Escuela Superior de Arte Dramático, que entonces estaba en la Sevilla del 29, decidida a echar la matrícula porque había tomado la elección de dejar mi vocación primera, la del periodismo, por otra que me tiraba con más urgencia y necesidad, la del teatro. No tuve el valor necesario para hacerlo entones y todavía, a pesar de los años, no me he quitado la espina hasta esta noche, cuando la luz de la lámpara del Lope ha hecho que mi espíritu vuelva a mí para darme cuenta que en realidad, lo que yo siempre ha querido es ser espectadora de teatro, arropada en la oscuridad y mecida por el gesto y la palabra de los que saben cómo se hace un oficio para el que han nacido y se han formado masticando tablas.
La Cena de los Generales es un ejercicio de teatro, historia, literatura y libertad. Leía unas declaraciones del autor esta tarde en las que decía que había tenido el manuscrito guardado durante años en un cajón por miedo a que nadie se atreviera a llevarlo a escena. Miguel Narros, el gran Miguel Narros, a sus ochenta años, ha sido el valiente. Dice Sancho Gracia, unos de los actores principales, que en cuanto leyó el guión dio el sí, movido también por cuestiones personales. Bendita fue la hora. Bendita la obra que me tiene escribiendo a la una y media de la noche en vez de estar acostada. Benditos los que pueden hacer que pasemos de la lágrima a la risa y de la risa a la lágrima. Bendito, por siempre, el teatro.

1 comentario:

Milena dijo...

Bendito sea el teatro, sí señor.
Una buena crónica de la obra.
Gracias por pasarte por mi blog, procuraré visitar el tuyo a menudo.

Un besico!