domingo, octubre 12, 2008

Lápidas

El viernes acompañé a mi abuela a visitar su futura residencia. Tiene vistas a la de su hermana Juana, al lado de un tal Genaro o Gerardo y otro hombre. El número 10 de la calle 4B. Una segunda fila. Por lo visto, según mi abuela, es la mejor fila para que los que tenemos que cuidar de su nicho en el futuro, lo hagamos con facilidad.
Pasear con mi abuela por el cementerio es algo que hago cuando puedo. Esta vez nos acompañaba Manolo Viruta, un auténtico personaje corteganés con el que me he criado, que desde hace aproximadamente una década se encarga del cementerio. Bohemio, fumador y republicano, me señalaba la lápida de azulejos verdes en la que se leía el nombre de Salvador, más bohemio todavía que él, de Cortegana pero sin casa ni patria, que murió en 2002 olvidado por el mundo: "Aquí todo el mundo tiene una lápida. El pobrecito al que no se la ponen, se la hago yo. Ésta de Salvador tiene hasta el trócolo dibujado".
Viruta es una de las personas de mi pueblo que más puede entender de memoria histórica. Me señalaba los lugares donde él sabe que se encuentran las fosas comunes. Paseábamos sobre ellas. Dice que alguna vez vinieron unos historiadores que querían empezar a investigar, pero que nunca lo hicieron: "Las empresas que se encargan de esto son unas piratas. Tienen la maquinaria pero se quedan con el dinero y se dan el piro". En el cementerio hay un monolito que recuerda a aquellos muertos con unos preciosos versos de Miguel Hernández.
Creo que no hay epitafio más bonito que un poema de Hernández. Mi abuela no piensa como yo. Para ella, que afronta los años de tregua que le da la vida lo mejor que puede, es muy importante tener un nicho en la segunda fila. Mi madre pagó por él 75.000 pesetas, las que vale todavía. A ella le costó su primer nicho unas 15.000, pero tuvo que ser ocupado por otra persona de mi familia que nos cogió de sorpresa que entrase en los planes de la muerte. A mi abuela le hubiera gustado no habérselo cedido. Mi madre le devolvió el favor con esta segunda residencia eterna, con vistas a la de su hermana, a la que el tiempo, en esos 15 años de diferencia, había encarecido bastante más del IPC.
Me hablaban Viruta y mi abuela de que hay bastante gente del pueblo que no puede pisar el cementerio porque les impone. Yo creo que es uno de los sitios donde más se aprende de historia, sobre todo de las anónimas que al final son las que conforman la gran historia del pueblo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

cunado ví las flores moradas y rosas que habeis comprado para ponerlas en el cementerio de calañas y me hizo pensar en el futuro de los cementerios. nuestra abuela con su pata changa y tita carmen que se sostiene por un hilo se siguen aferrando a la idea de ir a visitar a sus muertos y ponerles flores de plastico aunque solo sea una vez al años, y para ello tengan que recorrer casi 70 kms por una de las peores carreteras de la zona. Es cierto que no soy yo de las personas que el cementerio le atera ni nada por el estilo, también a mi me gusta pasear del brazo de abuela e ir haciendo el recorrido por los titos, los abuelos, los vecinos...que ya no tenemos fisicamente, pero no creo que cuando nuestra realidad siga pasando, seamos nosotros quienes tomemos el relevo de esta costumbre.
¿quizás si hubiera ciber- cementerio?

un beso, y habla en tu tono óptimo!!!!

flor

Jose Juan Ramos dijo...

Los cementerios son de los pocos sitios en donde todo tiene un significado y un por qué, en donde se resumen tantas cosas que es impensable explicarlas, hay que sentirlas. Mi gente son menos previsores que tu abuela y están descansando bajo grandes lápidas en el suelo. No pensaron en lo dificil de su limpieza ni en los riñones de mi madre, en fin, yo procuraré copiar de tu abuela la previsión y no hacerle eso a mis hijos. La segunda planta de un nicho de pared me parece perfecta, aunque lo mismo prefiero que echen mis cenizas al mar. Tendré que aclararme pronto.

arol dijo...

No puedo dejar de comentar esto (ya me pasó con la radio de la que también hablaré)

Sucumbo ante el inicio de este texto por lo rico que es en literariamente, por lo intrépido y vertiginoso, porque atrapa al lector desde la primera frase y porque me enfrenta a un quiebre de la estructura tradicional de la vida.

"El viernes acompañé a mi abuela a visitar su futura residencia". La abuela fue por sus propios medios lo que demuestra una resignación ante el final, una tranquilidad por lo que viene.
Pero lo más llamativo, lo que consigue romper todos los moldes, es la muerte organizada por su propio protagonista. Más allá de la resignación que cada uno de nosotros tenemos ante lo único seguro de la vida no nos organizamos. Sabemos que llegará, pero que se encargue otro, me resigno, pero me niego al mismo tiempo.

Genial

Saludos
(arol)