viernes, octubre 10, 2008

La ilusión

Toda personalidad tiene una serie de rasgos que la identifican. La mía, por ejemplo, que soy poco constante (con un par de excepciones que justifican la regla, véase los casi 10 años de relación con Grego y este blog que alcanzará pronto los 4 años) y que me ilusiono con cualquier cosa. Sí, tengo el umbral de la ilusión muy bajo, así que es muy fácil sorprenderme.
Por ejemplo: Hace algunas semanas tuve una revelación en forma de bicicleta antigua. Tuvo que ver un poco todo: la nueva peli de Woody Allen y un compañero de trabajo al que ayudé a transportar una bicicleta vieja entre Huelva y Sevilla. Me decidí: "voy a comprarme una bici antigua, la traeré a Huelva e iniciaré un movimiento verde en el que la gente cambiará los volantes por los manillares".
Le conté mi propósito a Grego y, después de reirse de mi, recordó que todavía conservaba en su casa la bicicleta que sus padres le regalaron por la comunión. Era una señal. Esa bicicleta era para mí. El camino que separa Sevilla de Cortegana lo pasé imaginándome la bici. Cuando llegué, ya había contagiado mi entusiasmo no sólo a Grego, si no también a su madre y a su hermano Abel, que se comprometió a arreglarla. Ahí estaba ella: vieja, dstrozada y herrumbrosa después de haberle pasado por encima los 22 años que separan el presente del momento en que Gregorio recibió su hostia primera. Una bandera de España que su padre le pegara en el hierro delantero da fiel testimonio del tiempo y la familia en que fue recibida.
Y ayer, día de mis primeras palabras (demasiadas, quizá), al llegar por la noche al túnel del tiempo que es los bajos de la casa de mi suegra (donde pueden encontrarse desde la primera cinta que comparon hasta los deberes de catequesis de Palmira que hoy estrena los 28 años, por cierto), Abel me sorprendía con la bici arreglada: Las ruedas ruedan, los frenos frenan y al montarme en ella emite un agradable sonido a antiguo que me encanta. Sólo le falta la bombilla de la dinamo. Y así me dormí anoche, contentísima después de mi primer paseo nocturno a lomos de esa GAC de principios de los 80 que supone la primera herencia que me lega Gregorio.
Pues eso, que soy fácilmente ilusionable.

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