domingo, octubre 26, 2008

Juegos de pareja

Durante estos días de tiempo libre he vuelto a leer teatro: ¿Quién teme a Virginia Woolf? me ha introducido en el alocado mundo de los juegos de pareja. Llevada por el ambiente de la obra le propuse una especie de acertijo a mi pareja, un juego del que él no se imaginaba que iba a formar parte. Le dije el pasado martes por la noche: "ojalá algún día me quieras como quiso André Gorz a su mujer" Se lo solté así, sin más, mientras yo veía la televisión y él navegaba por internet. Los dos, aburridos, en el salón de casa. Como él no se percató de que se trataba de un juego, se lo repetí varias veces durante la noche. Lo llegué a cansar y nos acostamos con un "¿quieres dejarme ya, Paloma?" que no acabó con mis ganas de seguir con el juego. La siguiente noche, la del miércoles se lo repetí: "ojalá algún día me quieras como quiso André Gorz a su mujer". "Una pista, añadí, Carta a D". Nada de nada, no aceptaba el juego ni quería resolver el enigma. La noche del jueves volví a atacar. "Se trata de un juego, le dije, tienes que resolver el acertijo, adivinar por qué te lo estoy diciendo". Me dijo que no le interesaba en absoluto y yo le reproché que estaba traspasando la línea que separa a las personas sencillas de las simples. Le argumenté que lo abstracto, las preguntas, las conversaciones a veces absurdas son las cosas que yo considero importantes en la vida. Todavía tenía que pasar una noche más para que esta mañana, al despertarme y acudir a mirar el correo me encontrara un email de Grego con Te quiero por asunto y el siguiente contenido:
Acabas de cumplir ventiséis años. Sigues siendo bella, graciosa y deseable. Hace ocho años que vivimos juntos y te quiero más que nunca. Recientemente me he vuelto a enamorar de tí otra vez y llevo dentro un vacío desbordante que no logra colmar más que tu cuerpo apretado contra el mío. Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.
Me he emocionado. Grego ha entrado en el juego y ha quedado tan atrapado en él como yo misma. Se trata del comienzo de Carta a D., el libro en el que a sus 83 años, André Gorz le declara su amor a su esposa, Denise, enferma terminal y que comienza así:

Acabas de cumplir ochenta y dos años. Has encogido seis centímetros, sólo pesas cuarenta y cinco kilos y sigues siendo bella, elegante, deseable. Hace cincuenta y ocho años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco volví a enamorarme de tí una vez más y llevo de nuevo en mí un vacío devorador que sólo sacía tu cuerpo apretado contra el mío. (...) Espío tu respiración, mi mano te acaricia. A ninguno de los dos nos gustaría tener que sobrevivir a la muerte del otro. A menudo nos hemos dicho que, en el caso de tener una segunda vida, nos gustaría pasarla juntos.

El mes pasado se ha cumplido un año del suicidio del intelectual que decidió amar a su mujer más allá de la muerte y que a mí me ha servido para dejarme sorprender por mi pareja. He tenido a Albee y a Gorz en la mente durante el paseo que nos ha llevado, pedaleando por el centro de Sevilla, divertida y deseosa de recorrer con Grego los años que nos quedan por delante.

5 comentarios:

arol dijo...

Este comentario iba a empezar con la frase "qué romántico pese a tantos años" y me doy cuenta que exactamente de ideas así se alimenta la trascendencia de la carta de André Gorz.
Así que este comentario va a finalizar con un comienzo tan realista como pretendía serlo, pero con una mirada más optimista:
"Qué romántico en medio de tantos años".

saludos
(arol)

Mosky dijo...

joder, qué bonito

Roberto dijo...

No podía saber que sabes que sé sobre la existencia del texto de Gorz en tu blog y no hacerte saber que he pasado por él. André Gorz escribió para quienes nunca declináis los verbos en su tiempo imperativo. Sois pocos, cada vez menos. Gracias por ser.

cerote dijo...

Impresionante, me ha encantado

Pastori dijo...

Realmente precioso....