jueves, septiembre 25, 2008

De pueblo

Hace un par de meses, en la mesa de al lado en la que almorzaba un mediodía de agosto en mi pueblo, trascendí el muro invisible que separa a los veladores de las terrazas y no pude dejar de escuchar una conversación. Un hombre y dos mujeres hablaban de la gente de mi pueblo. Los tres tenían acento forastero (esa expresión es muy corteganesa... y ya si se dice "forastero de fuera", es de nota). Pues eso, que tenían acento de fuera, aunque el hombre lleva ya más de 10 años viviendo en Cortegana. Escucharle a él hablar del pueblo que ha elegido para criar a sus hijas y vivir el resto de su vida me resultó curioso. Para mí es mi pueblo, sin más, porque es el pueblo de mis abuelos, el pueblo de mis padres, el de mis recuerdos de infancia (aunque haya vivido en otros lados), pero él lo ha elegido.
Decía una de las mujeres que era precioso, el pueblo y el paisaje. Él le decía que la gente es muy cerrada. Los hombres, vestidos de campo, hablando de los animales todo el día. Que no salían, que no viajaban, que creían que su pueblo era lo mejor del mundo porque no tenían nada más con que comparar. Las convenció totalmente. Acabó diciendo que en el pueblo no se lee, no se ve cine, no se habla bien...
Me hubiera gustado entrar al trapo, pero hace mucho tiempo que descubí un par de cosas:
La primera, que hay que respetar la intimidad de las mesas de los bares por encima de cualquier cosa y la segunda, que es inútil enfadarse por la imagen que los demás se han fabricado de nosotros porque forma parte de la opinión de cada uno y las opiniones hay que respetarlas.
De allí me fui al casino a leer los periódicos. No paraba de pensar en la conversación y me dije que tendría que escribir en mi blog lo que no me había atrevido a decirles:
1. No todos los catetos respondemos a ese cliché. Es más, cada vez menos personas lo hacen. Y los que lo mantienen, y de esto me he dado cuenta después de convivir toda mi vida con ellos, continúan con su rollo de hombres de campo como un disfraz, como una forma de reafirmarse en su identidad porque les conecta con sus padres, con sus abuelos, y supone un orgullo para ellos. Basta con compartir una conversación con ellos (que vaya más allá de las primeras tres frases de cortesía) para darse cuenta que el que más y el que menos está leno de inquietudes.
2. Es mentira que los catetos no viajemos, ni leamos, ni hablemos bien. Empezamos a hacerlo cuando terminó la época de los caciques, año arriba, año abajo. En la actualidad, en Cortegana, hay un montón de gente joven que estudia fuera, que se gasta su dinero en viajes y en libros. Gente que sigue las tendencias, que conoce las últimas novedades musicales, editoriales...
3. Querer meternos a todos en un mismo saco sí que es de estúpidos, de cobardes que no quieren correr la aventura de llegar a un sitio y descubrir a las personas que en él viven.
El pueblo te protege con la misma capacidad con la que te hace daño. Te hace confiar en las personas. Saber que detrás de los estereotipos hay personalidades únicas. Te enseña a mirar a los ojos. A resolver los conflictos. A valorar las cosas de siempre. A disfrutar de las cosas que nunca has tenido.
Ojalá y algún día lo descubran los tres que comían en la mesa de al lado aquel mediodía de agosto.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

buenas,
este agosto, mientras tú estabas en las mesas de los bares escuchando conversaciones de forasteros, yo estaba en Malta, pero creo que a kilometros de distancia, descibriamos ambas algo de nuestro pueblo.
Entre los muchos españoles que he conocido en Malta, una chica de Madrid me escuchaba maravillaba cuando yo hablaba de mi pueblo, de mis costumbres, de mi gente... Ella que vive en uno de los mejores barriod de Madrid, me decía que me admiraba, porque le encantaría tener un pueblo (imaginate mi cara de susto), y mi amiga Rocio, de aquí de Granada decía lo mismo. Ella me explicaba que vivir sin pueblo, es un poco vivir sin raices, desnuda. Decía que ella veía el pueblo como una identidad, como un sitio de reencuentro contigo mismo. Jamás podía haber yo caido en la cuenta de esto. LLevo mucho tiempo diciendo como mi abuela, que si el pueblo fuera mio, ya lo hubiera vendido, y allí, en mitad de aquella isla, descubrí lo que significa decir que soy de un pueblo, de mi pueblo.

Ahh! y como se puede comprobar yo viajo, sé leer y hacer muchas más cosas.jeje

un beso. flor

Anónimo dijo...

Bueno, este, yo no soy de pueblo. Nací en la tres veces milenaria Cádiz. No he ido a Malta, ni he viajado mucho. Sólo los viajes interiores me consuelan. Son sustanciosos, eso sí. Pero sólo ves lo que no se puede tocar.
En fin, que lo que quería era contactar contigo.Mi emilio lo sabes, si no te lo pongo:
pedrobarranco@hotmail.com
Es urgente, cosas de trabajo, a ver si puedes ayudar.
Besillos
¡Ah! sigues estando muy guapa.