viernes, agosto 22, 2008

Habitacion 610

Estos dos días, cuando he ido a comparar el periódico, el depediente me ha mirado con cara de pésame. La misma que debía de tener yo. Cuando uno se va de vacaciones, aunque sea ahí al lado, siempre espera que a su vuelta las cosas no haya cambiado demasiado. La tragedia no ha querido cogerse vacaciones, ni siquiera de cinco días. Desde la habitación 610 de un hotel de Lisboa, recibir la noticia, en portugués, del fatal accidente de avión que nos conmocionó a nosotros tanto como lo ha hecho al resto de los mortales, no ha sido un plato de gusto. La noticia, y un estado febril en que el acto seguido entró Gregorio, nos han chafado la mitad de nuestras vacaciones lisboetas. La primera mitad sí que han valido la pena. Tengo que decir que mis propósitos no se han cumplido, pero bueno, para eso están los propósitos. Ni he recorrido las calles de Alfama ni he desvelado los secretos de Saramago, ni siquiera, salvo quizá la primera noche, he entrado en conexión con la ciudad. Ahora me doy cuenta de que hemos hablado idiomas diferentes y, quizá, no he sabido tomar lo que Lisboa me estaba dando a manos llenas. Con el mal sabor de boca de la tragedia televisada, hemos vuelto con más prisa que otra cosa, como con necesidad de estar entre los nuestros. Queda pendiente un futuro encuentro con la capital portuguesa y sus alrededores (preciosos, por cierto) más afortunado.

1 comentario:

Jose Juan Ramos dijo...

El estado de ánimo es fundamental para interactuar con una ciudad. Los recuerdos que en ella dejamos, las vivencias, los besos, las lágrimas... pero Lisboa renace cada día, eso es lo grande de las ciudades con encanto, que te permiten reescribir tu propia historia. Ya me contarás que tal te va la próxima vez...