miércoles, junio 11, 2008

La necesidad

A medida que iba acercándome a la esquina de mi casa el nudo en el estómago se iba haciendo mayor. Llevo días hablando del apocalipsis que la huelga del transporte podría ocasionar, pero lo hacía sin creérmelo mucho y repitiendo una y otra vez las llamadas a la calma que nos hacen desde las administraciones públicas. Quedaban pasos para doblar la esquina y ver las puertas del DIA al otro lado de la calle.
En mi cabeza resonaban las palabras de Gerardo Rojas, el presidente de la Asociación de las Indistrias Químcas y Básicas del Polo de Huelva. Nos ha confesado a los periodistas que, de seguir este paro de los camioneros, habrá industrias que tendran que cerrar sus puertas a partir de este fin de semana. Ya hay algunas que están trabajando muy por debajo de su capacidad.
Según Rojas, el hecho de que cualquiera de las plantas del Polo pare significará una auténtica catástrofe económica. Pérdidas de varios millones de euros diarios y un efecto nefasto a largo plazo. Los colores de nuestras paredes, las burbujas de los refrescos que nos bebemos o los fertilizantes con los que se abonan nuestros campos salen de estas fábricas. Quizá saliese de una de ellas la fibra del balón con el que ayer Villa y Cesc alegraron la tarde a los españoles que durante una noche no pensaron en la huelga y todavía esta mañana hablaban más de eso que de los camiones que no transportan a esta hora la comida que sus hijos deberían comerse mañana.
Llegué a la esquina, crucé la calle y entré en el DIA con el nudo en el estómago. Todo tan vacío. Me imaginé la psicósis de los que horas antes arramblaron con lo que estaba en las estanterías. Me acordé del padre y el hijo descritos por McCarthy en La Carretera cuando no encontraban nada que llevarse a la boca.
Yo creía necesitar algo para el desayuno y algo de carne o pescado. De repente lo necesitaba todo. Era como el tigre rojo en el que no puedes pensar. Nada de fruta, nada de carne ni pescado (apenas me he traído un fiambre de pollo y una lata de palometa) y nada de leche, sólo cinco cartones de una Puleva desnatada con isoflavonas de soja que no debe querer nadie. Me he traído tres de los cinco cartones en un ejercicio de solidaridad y control del pánico que ni yo misma creía que podía hacer.
Delante del expositor de las carnes he caido en la cuenta que he estado tan ocupada contando las huelgas que he olvidado que yo también formo parte de los afectados. Demasiado tarde. Tenía que haber venido a comprar antes. Y eso que ayer por la mañana en el Mercado del Carmen la afluencia de compradores no me dejaba ni andar.
Los mostradores de los pescaderos vacíos y los que se atrevían a vender algo colgaban carteles con enormes letras en los que se leía: PESCADO FRESCO. Eran mirados con recelo por sus compañeros que, de brazos cruzados, alertaban a los clientes del mal color del género que traían los esquiroles. No sólo el color, también la textura y hasta el olor les daba la razón. En el templo del pescado fresco, el engaño se coge de momento.
Del nudo en el estómago todavía me queda la sensación. He repasado mi frigorífico y muebles de la cocina y creo que tengo para comer, con imaginación, al menos durante una semana. Mientras lo hacía, unos 200 camiones circulaban de forma muy lenta por Huelva. A esta hora están por Isla Chica y han colapsado el tráfico de buena parte de la ciudad. Protestan así desde esta mañana. De forma pacífica. No ha sido así la jornada para los pescadores que, en Sevilla, se armaron de valor y decidieron ir andando desde el Parlamento hasta el Puente del Quinto Centanario para cortarlo. Antes de llegar a Plaza de Armas han sido sorprendidos por los antidisturbios que han dejado en el asfalto sevillano la firma de la protesta en forma de sangre.
Más de uno se está dejando en esta huelga su dinero y su salud. Otros, poco a poco empezamos a darnos cuenta de que puede que pasemos algo de necesidad. Bienvenida sea. Que se acabe pronto, pero que nos haga pensar.

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