lunes, marzo 10, 2008

Carne de cañón

Las orquestas lo son. Carne de cañón, digo. Por eso pasé la noche del sábado bailando al son de una de ellas y riéndome de cada uno de los bailes que sus integrantes exageraban subidos al escenario de un tardío carnaval de aldea.

Se me hizo de día, otra vez, y con los rayos del sol el componente masculino de aquel dúo pachanguero me agarró del brazo para descubrir lo que no había sido capaz de ver en toda la noche.

-¿Paloma?- Me dijo.

-¿Miguel?- Le contesté todavía sin creerme que aquel pésimo cantante y bailarín pudiese ser mi compañero de facultad. cuatro años con él y no fui capaz de reconocerlo entre tanta farándula.

La conversación fue surrealita por la hora, la situación y el contenido. Me confesó que, tras acabar periodismo se quedó con su padre en la autoescuela y que jamás ha ejercido de lo nuestro. El reencuentro me dejó tan sorprendida que, después de la breve conversación, los pies comenzaron a andar solos para llevarme hasta la cama.

Me desperté en plena jornada electoral. Apenas 5 horas después me vi delante del montón de papeletas de colores. Entre la resaca y la ilusión, barro con un golpe de vista las diferentes papeletas. Un nombre en una de ellas me causa impresion Me meto el papel en el bolsillo y miro a mi alrededor. Parece que no me ha visto nadie. Quizá aquel vocal despitado con gafas grandes. A lo mejor ahora esté pensando si meterse papeletas electorales en el bolsillo es constitutivo de delito. Debería serlo porque a mí me quemaba ésa en el bolsillo mientras mi cabeza seguía taladrada por los cantos de l orquesta de la noche anterior.

A la hora de la verdad, lleno cada uno de los sobres coqueteando con el pluripartidismo y los cantos de sirena del voto útil. No sé si mi extrañas elleciones habrán servido de algo, pero depositan por mí la papeleta en la urna y salgo por la puerta deseando decubrirle a Gregorio el motivo de mi urto: Un extraño partido republicano de izquierdas lleva como cabeza de lista al hijo de sus importantes compañeros míos de los medios de comunicación que jamás hubiera adivinado que tuvieran un hijo tan republicano, tan de izquierdas y tan utópico. El descubrimiento e hace sonreir.

Tiré la pepelera en una papelera cercana al quiosco donde esta mañana he comprado tres periódicos que me han acompañado todo el día en un intento porque la cercanía física arroje un poco de luz a la maraña electoral que, a causa del bipartidismo es cada vez más sencilla.

La radio me ayuda y la tele y los digitales, aunque continúo sin entender por qué extraño efecto condensador de la Ley D´hont ha habido más votantes de Izquierda Unida que de Convergencia i Unió y, sin embargo, el segundo tendrá 10 parlamentarios en el Congreso y el primero ¡SÓLO 2! Increíble.

Me canso de números, nombres, escaños, parlamentarios, provincias... y rebusco entre las páginas de los periódicos alguna historia que pueda salvarme la vida en este "día después" que empieza a hacerse eterno.

Aquí están. Son dos y tienen nombres de mujer. La primera se llama Silvia Malacari y es una argentina de 33 años madre de 8 críos que tiene serias dificultades para darles un hogar a sus hijos y ha decidido ofrecerse como madre de alquiler. Esta historia tiene rasgos de tragicomedia. a mí me hecho sonreir la capacidad de la madre Malacari (vaya tela, por cierto el apellido) por sacarle un beneficio a lo que realmente se le da bien en la vida: parir. La iniciativa, que ha despertado enorme interés y polémica en Argentina, me hace reir. Los ojos inmensamente azules de esta paridora plantean millones de preguntas y hacen que la historia pierda, de repente, lo que tenía de cómica.

La segunda historia es la de la recientemente fallecida Duquesa Roja, uno de esos personajes que siempre han despertado en mí enorme curiosidad: una duquesa, vestida con chaleco, rodeada de legajos, más cerca del mundo de las ideas que de este real del que ella se apartaba en la biblioteca de su palacio de Sanlúcar de Barrameda. En los últimos documentos gráficos que he visto de ella la duquesa se me ha aparecido cada vez más afilada y cada vez menos femenino, como si los años a hubieran convertido en un hombre progre. Mucho más parecida a Marcelino camacho que a la Duquesa de Alba. Quizá es lo que siempre quiso ser.

La Duquesa Roja ha muerto y cuentan las lenguas de vecinas que, no sé sabe si debido a la mala relación que guardaba con sus hijos, contrajo días antes de su muerte matrimonio con su secretaria de toda la vida, una mujer de nombre liliana María y apellido extranjero que tiene toda la pinta de haber compartido vida en el mundo de las ideas con la Duquesa Roja.

Esta segunda historia, más morbosa y más cercana en el espacio, ha puesto alas a mi imaginación que ha ido de una cosa a otra hasta verme otra vez el sábado bailando al son de la orquesta de un periodista frustado y de ahí a mis dedos sobre el teclado en el que ahora escribo para darme cuenta, después de más de cincuenta líneas que las páginas de los periódicos son como las orquestas. Carne de cañón, digo.

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