viernes, marzo 28, 2008

El último día

Queda menos de una hora para que Grego vuelva del trabajo. Todavía no he metido nada en las bolsas. Cada vez que lo he intentado a lo largo de la mañana, me inventado alguna cosilla para dilatar el momento de dejar vacío un ropero que ha guardado mi ropa durante los siete últimos años.
Sé que volveré. Lo haré cada semana, pero no puedo dejar de sentir este día como el de la despedida. Lo haré de forma definitiva dentro de unos años. Esto no es más que un hasta luego. Es lo que me repito a mí misma para venirme abajo lo menos posible.
Empiezo una etapa nueva a la que llevo altas dosis de ilusión para que la nueva cotidianidad que me espera no me coma el talento. Es lo que he elegido. Desde luego, si me hubieran dado un pincel habría dibujado otro escenario y otra compañía, pero me han dado el dibujo hecho y tampoco puedo quejarme tanto.
La vida personal y la profesional, que en estos años no he tenido ningún problema en llevar de la mano, me ponen ahora una pequeña prueba, un reto que yo acepto con gusto mientras ninguna de las dos me hagan tener que renunciar a la otra.
La ciudad, que me acogió hace 8 años y que me ha regalado cada primavera la alegría de la sangre, mis amigos y compañeros de todos estos años, mi casa, los silencios, la bulla de los vecinos a través de las paredes, los cumpleaños con tarta y café, las quedadas... Ojalá y todo eso me esté esperando a mi vuelta.
Hasta luego, Sevilla.

martes, marzo 25, 2008

Pascua en el Rocío

Para los carnavaleros, para los rocieros, para los pijos, para los jipis, para los surmanos, para las parejitas que se untan de chocolate, para los marqueses, para los monos, para las piliymili, para las papas con carnes, para los que pierden los autobuses, para los que los cogen, para los que ven atardecer, para los que ven amanecer, para los que esperan que otros hagan de comer, para los que cantan el frikifriki, para los que se meten con los sevillanos, para los que contraatacan con los madrileños, para los jonathan, para los que cantan el popurrit de los aikas, para las que cantan la presentación de las aikas, para los que se queman el careto en el puente del ajolí, para los que al final no se comieron el bollo y el huevo... ... y para los que no se comieron ná. ¡¡¡Vivan las juergas de la gente buena!!!

jueves, marzo 13, 2008

Estos días de "vacaciones" me están haciendo leer de forma compulsiva. Pasaba esta mañana la última página del reciente Premio Pulitzer, La Carretera, de Cormac McCarthy, como el padre que apaga el último de los cien cigarros que se ha fumado mientras su mujer pare. Un libro espectacular. Hay quienes señalan que McCarthy es merecedor del próximo Nobel. No sé si se lo merece o no, a mí esta novela me ha parecido demoledora. Sé que voy a recordarla algún tiempo (y eso sólo me pasa con las cosas buenas y los chistes malos). Después de comer decidí ir a devolver el libro a la Biblioteca Pública en mitad de la Sevilla del 29. No tenía ni idea que hiciera este calor, más de julio que de marzo. Atravesé los jardines del Prado entre las sombras de los árboles, pasé por delante del coqueto edificio que en la actualidad alberga el consulado portugués, frente a la Universidad, y al cruzar la carretera y encontrarme delante del Casino de la Exposición, sentí barullo en la Terraza-bar.
Volví la cabeza y en aquel espacio abierto reconocí a la plana mayor de los socialistas andaluces de canapé y cervecitas. Seguramente estarían celebrando la victoria del pasado domingo. Lo único que desentonaba en aquel ambiente festivo es que amenizaba la fiesta... !!!Manuel Orta¡¡¡ Intentaba mal cantar, porque nunca cantó del todo bien, una copla que ahora me cuesta recordar. Me dio tanta vergüenza que aceleré el paso hacia la biblioteca. La voz de Manuel Orta parecía perseguirme. Un par de veces he tenido a acudir a alguna copa ofrecida a los periodistas por el PSOE andaluz y puedo dar fe de que poco se parecían a ésta. No podía ni imaginarme que, para sus actos íntimos, eligiesen semejante acompañamiento musical. Llegué a la biblioteca, pero estaba cerrada. Me volví a mi casa. Eran las 16.00 y hacían 30 grados. Buscaba las sombras como una lagartija invertida. Elegí para el viaje de vuelta la orilla baja del río, donde se encuentran los barcos turísticos. Había muchísima gente paseando y sólo yo parecía ir escondiéndome del sol. No la vi acercarse pero al pasar por mi lado, una señora ciencuentona, gorda y vestida con pantalón de chándal se volvió muy cerca de mi oído y me dijo en voz casi imperceptible: Hijaputa. Ni siquiera me volví. Di por sentado que tal atentado contra mi dignidad se había producido por una de estas dos razones: un desequilibrio mental de la señora o los estragos que el sol estaba haciendo debajo de mi gorra... Quizá fuesen las dos cosas.

lunes, marzo 10, 2008

Carne de Cañón

Las orquestas lo son. Carne de cañón, digo. Por eso pasé la noche del sábado bailando al son de una de ellas y riéndome de cada uno de los bailes que sus integrantes exageraban subidos al escenario de un tardío carnaval de aldea. Se me hizo de día, otra vez, y con los rayos del sol el componente masculino de aquel dúo pachanguero me agarró del brazo para descubrir lo que no había sido capaz de ver en toda la noche. -¿Paloma?- Me dijo. -¿Miguel?- Le contesté todavía sin creerme que aquel pésimo cantante y bailarín pudiese ser mi compañero de facultad. Cuatro años con él y no fui capaz de reconocerlo entre tanta farándula. La conversación fue surrealista por la hora, la situación y el contenido. Me confesó que, tras acabar periodismo se quedó con su padre en la autoescuela y que jamás ha ejercido de lo nuestro. El reencuentro me dejó tan sorprendida que, después de la breve conversación, los pies comenzaron a andar solos para llevarme hasta la cama. Me desperté en plena jornada electoral. Apenas 5 horas después me vi delante de las papeletas de colores. Entre la resaca y la ilusión, barrí con un golpe de vista los diferentes montones. Un nombre en una de ellas me causó impresión. Me metí el papel en el bolsillo y miré a mi alrededor. Parece que no me ha visto nadie. Quizá aquel vocal despistado con gafas grandes. A lo mejor ahora esté pensando si meterse papeletas electorales en el bolsillo es constitutivo de delito. Debería serlo porque a mí me quemaba ésa en el bolsillo mientras mi cabeza seguía taladrada por los cantos de l orquesta de la noche anterior. A la hora de la verdad, llené cada uno de los sobres coqueteando con el pluripartidismo y los cantos de sirena del voto útil. No sé si mi extrañas deliberaciones habrán servido de algo, pero depositaron por mí la papeleta en la urna y salí por la puerta deseando descubrirle a Gregorio el motivo de mi hurto: Un extraño partido republicano de izquierdas lleva como cabeza de lista al hijo de unos importantes compañeros míos de los medios de comunicación que jamás hubiera adivinado que tuvieran un hijo tan republicano, tan de izquierdas y tan utópico. El descubrimiento me divirtió. Tiré la papeleta en una papelera cercana al quiosco donde esta mañana he comprado tres periódicos que me han acompañado todo el día en un intento porque la cercanía física arroje un poco de luz a la maraña electoral que, a causa del bipartidismo, es cada vez más sencilla. La radio me ayuda y la tele y los digitales, aunque continúo sin entender por qué extraño efecto condensador de la Ley D´hont ha habido más votantes de Izquierda Unida que de Convergencia i Unió y, sin embargo, el segundo tendrá 10 diputados en el Congreso y el primero ¡SÓLO 2! Increíble. Me canso de números, nombres, escaños, parlamentarios, provincias... y rebusco entre las páginas de los periódicos alguna historia que pueda salvarme la vida en este "día después" que empieza a hacerse eterno. Aquí están. Son dos y tienen nombres de mujer. La primera se llama Silvia Malacari y es una argentina de 33 años madre de 8 críos que tiene serias dificultades para darles un hogar a sus hijos y ha decidido ofrecerse como madre de alquiler. Esta historia tiene rasgos de tragicomedia. A mí me hecho sonreír la capacidad de la madre Malacari (vaya tela, por cierto el apellido) por sacarle un beneficio a lo que realmente se le da bien en la vida: parir. La iniciativa ha despertado enorme interés y polémica en Argentina. Los ojos inmensamente azules de esta paridora plantean millones de preguntas y hacen que la historia pierda, de repente, lo que tenía de cómica. La segunda historia es la de la recientemente fallecida Duquesa Roja, uno de esos personajes que siempre han despertado en mí mucha curiosidad: una duquesa, vestida con chaleco, rodeada de legajos, más cerca del mundo de las ideas que de este real del que ella se apartaba en la biblioteca de su palacio de Sanlúcar de Barrameda. En los últimos documentos gráficos que he visto de ella la Duquesa se me ha aparecido cada vez más afilada y cada vez menos femenina, como si los años la hubieran convertido en un hombre progre. Mucho más parecida a Marcelino Camacho que a la Duquesa de Alba. Quizá es lo que siempre quiso ser. La Duquesa Roja ha muerto y cuentan las lenguas de vecinas (y las páginas de periódicos) que, no sé sabe si debido a la mala relación que guardaba con sus hijos, contrajo días antes de su muerte matrimonio con su secretaria de toda la vida, una mujer de nombre Liliana María y apellido exótico que tiene toda la pinta de haber compartido vida en el mundo de las ideas con la Duquesa Roja. Un matrimonio in artículo mortis, dice el periódico. Interesante término. Esta segunda historia, más morbosa y más cercana en el espacio, ha puesto alas a mi imaginación que ha ido de una cosa a otra hasta verme otra vez el sábado bailando al son de la orquesta de un periodista frustrado y de ahí a mis dedos sobre el teclado en el que ahora escribo para darme cuenta, después de casi cien líneas que las páginas de los periódicos son como las orquestas. Carne de cañón, digo.

Carne de cañón

Las orquestas lo son. Carne de cañón, digo. Por eso pasé la noche del sábado bailando al son de una de ellas y riéndome de cada uno de los bailes que sus integrantes exageraban subidos al escenario de un tardío carnaval de aldea.

Se me hizo de día, otra vez, y con los rayos del sol el componente masculino de aquel dúo pachanguero me agarró del brazo para descubrir lo que no había sido capaz de ver en toda la noche.

-¿Paloma?- Me dijo.

-¿Miguel?- Le contesté todavía sin creerme que aquel pésimo cantante y bailarín pudiese ser mi compañero de facultad. cuatro años con él y no fui capaz de reconocerlo entre tanta farándula.

La conversación fue surrealita por la hora, la situación y el contenido. Me confesó que, tras acabar periodismo se quedó con su padre en la autoescuela y que jamás ha ejercido de lo nuestro. El reencuentro me dejó tan sorprendida que, después de la breve conversación, los pies comenzaron a andar solos para llevarme hasta la cama.

Me desperté en plena jornada electoral. Apenas 5 horas después me vi delante del montón de papeletas de colores. Entre la resaca y la ilusión, barro con un golpe de vista las diferentes papeletas. Un nombre en una de ellas me causa impresion Me meto el papel en el bolsillo y miro a mi alrededor. Parece que no me ha visto nadie. Quizá aquel vocal despitado con gafas grandes. A lo mejor ahora esté pensando si meterse papeletas electorales en el bolsillo es constitutivo de delito. Debería serlo porque a mí me quemaba ésa en el bolsillo mientras mi cabeza seguía taladrada por los cantos de l orquesta de la noche anterior.

A la hora de la verdad, lleno cada uno de los sobres coqueteando con el pluripartidismo y los cantos de sirena del voto útil. No sé si mi extrañas elleciones habrán servido de algo, pero depositan por mí la papeleta en la urna y salgo por la puerta deseando decubrirle a Gregorio el motivo de mi urto: Un extraño partido republicano de izquierdas lleva como cabeza de lista al hijo de sus importantes compañeros míos de los medios de comunicación que jamás hubiera adivinado que tuvieran un hijo tan republicano, tan de izquierdas y tan utópico. El descubrimiento e hace sonreir.

Tiré la pepelera en una papelera cercana al quiosco donde esta mañana he comprado tres periódicos que me han acompañado todo el día en un intento porque la cercanía física arroje un poco de luz a la maraña electoral que, a causa del bipartidismo es cada vez más sencilla.

La radio me ayuda y la tele y los digitales, aunque continúo sin entender por qué extraño efecto condensador de la Ley D´hont ha habido más votantes de Izquierda Unida que de Convergencia i Unió y, sin embargo, el segundo tendrá 10 parlamentarios en el Congreso y el primero ¡SÓLO 2! Increíble.

Me canso de números, nombres, escaños, parlamentarios, provincias... y rebusco entre las páginas de los periódicos alguna historia que pueda salvarme la vida en este "día después" que empieza a hacerse eterno.

Aquí están. Son dos y tienen nombres de mujer. La primera se llama Silvia Malacari y es una argentina de 33 años madre de 8 críos que tiene serias dificultades para darles un hogar a sus hijos y ha decidido ofrecerse como madre de alquiler. Esta historia tiene rasgos de tragicomedia. a mí me hecho sonreir la capacidad de la madre Malacari (vaya tela, por cierto el apellido) por sacarle un beneficio a lo que realmente se le da bien en la vida: parir. La iniciativa, que ha despertado enorme interés y polémica en Argentina, me hace reir. Los ojos inmensamente azules de esta paridora plantean millones de preguntas y hacen que la historia pierda, de repente, lo que tenía de cómica.

La segunda historia es la de la recientemente fallecida Duquesa Roja, uno de esos personajes que siempre han despertado en mí enorme curiosidad: una duquesa, vestida con chaleco, rodeada de legajos, más cerca del mundo de las ideas que de este real del que ella se apartaba en la biblioteca de su palacio de Sanlúcar de Barrameda. En los últimos documentos gráficos que he visto de ella la duquesa se me ha aparecido cada vez más afilada y cada vez menos femenino, como si los años a hubieran convertido en un hombre progre. Mucho más parecida a Marcelino camacho que a la Duquesa de Alba. Quizá es lo que siempre quiso ser.

La Duquesa Roja ha muerto y cuentan las lenguas de vecinas que, no sé sabe si debido a la mala relación que guardaba con sus hijos, contrajo días antes de su muerte matrimonio con su secretaria de toda la vida, una mujer de nombre liliana María y apellido extranjero que tiene toda la pinta de haber compartido vida en el mundo de las ideas con la Duquesa Roja.

Esta segunda historia, más morbosa y más cercana en el espacio, ha puesto alas a mi imaginación que ha ido de una cosa a otra hasta verme otra vez el sábado bailando al son de la orquesta de un periodista frustado y de ahí a mis dedos sobre el teclado en el que ahora escribo para darme cuenta, después de más de cincuenta líneas que las páginas de los periódicos son como las orquestas. Carne de cañón, digo.

jueves, marzo 06, 2008

No a Bolonia

¿Qué edad tengo?
Cogí el 6. Otra vez. La línea con la que empecé mi vida en Sevilla. La que une el barrio de Triana con Reina Mercedes, donde hice el primer curso de mi carrera. Me bajé frente a la Facultad de Informática y anduve unos pasos hasta llegar al Instituto de Idiomas. Por fin, podía recoger mi título de portugués. En las verjas y las paredes colgaban carteles escritos a mano. Llamaban a una manifestación. "No a Bolonia", rezaban. Recogí el título y volví a tomar el autobús, esta vez el 34 hasta la parada más cercana a la biblioteca municipal. Por el camino terminé el libro que empecé a leer antes de ayer: El mundo, de Juan José Millás. Con el buen sabor de boca del último Premio Planeta he sacado La Carretera, uno de los últimos libros revelación, dicen, de esta temporada. Olía a azahar toda Sevilla. Algunas calles ya huelen a incienso (aunque yo continúe en carnavales). El clima es completamente primaveral, tanto que, por la Avenida de la Constitución tuve que despojarme del abrigo y el chaleco de lana. Justo cuando comencé a cruzarme con los manifestantes que volvían de Plaza Nueva. Llevaban palos de escoba, ya sin pancartas. Algunos todavía tenían folios colgados del pecho en los que se leía "No a Bolonia". Irremediablemente, me sentí una de ellos. Volvía a verme a mí misma en los tiempos de la LOU y en los de la Guerra de Irak, que yo creía más cercanos hasta que oí a uno de los chavales: "Los de la guerra sí que estaban todo el día menifestándose". De repente, entre ellos y yo se abría un enorme abismo. Sólo le faltó decir "los universitarios de entonces". En aquel momento recibí una llamada de una compañera de trabajo a la que no veo hace algunos meses y que está esperando la llegada de su segunda hija de allende los mares. Me preguntó que cuándo me iba a animar a tener un niño. Otra vez el abismo. Colgué e intenté pasar completamente inadvertida entre los manifestantes bajo mi gorro y mis gafas. Apenas han pasado 4 años de las manifestaciones contra la guerra y unos 5 ó 6 de las de la LOU, pero parecen una eternidad. Como si estos años no se hubieran medido por segundos, minutos, horas, días, semanas o meses, si no por algo más cualitativo que cuantitativo.
Tuve que esforzarme en recordar la edad que tengo. 25. Una edad relativa que me permite ser todas las personas que quiera. Depende cosas como el ánimo o la hora del día.

lunes, marzo 03, 2008

Chorizo... punto y final

El último de los disfraces: el de viuda... Creo que me he disfrazado todo los años de mi vida (por ahí me falta alguno por haber tenido que coger el Casal de vuelta a Sevilla). Estoy inculcándole la tradición a mi vecina y amiga María Mora que, cuando eran las 18.15 e íbamos por la fuente la Caja me preguntó con esa tranquilidad que le dan sus ocho años: "Paloma, ¿Este año seremos más viudas o haremos el pastel como el año pasado?" No sé si este año el cortejo fúnebre llegábamos a la decena. Efectivamente, hicimos el pastel. María está empezando a aprender que eso, en carnaval, no importa porque gracias a unos cuantos que siempre "hacemos el pastel" las tradiciones se mantienen. Del brazo de Cristina y Mercedes, dos carnavaleras donde las haya, acompañamos al cada vez menos querido chorizo por las calles de la Peñalta hasta llegar a la Plaza. Fuimos haciendo repaso de estos carnavales. Coincidíamos en que han sido los mejores de nuestras vidas, aunque a mí me ha faltado una persona: mi hermana. Cuando volvimos a la Plaza de Toros podía haber más de 100 personas esperando al chorizo (ojalá se hubieran disfrazado, hubiera sido el mayor de los entierros). Menos mal que ninguna le pidió a Cristina que volviese a cantar el Jonathan (Jajajaja). Llegué a casa y cuando me estaba quitando la última de las pelucas de este loco carnaval (llevo desde el miércoles disfrazada) se me cambió la cara. Me puse triste. Me lavé la cara y el pelo. Por fin me peiné, me planché la ropa del resto de los días y me maquillé un poco para que nadie me notara las ojeras y otros síntomas de agotamiento. Volví a ser, otra vez, Paloma Jara. Así estaré otros 365 días. En la Plaza me esperaban mis amigos. Hasta me aplaudieron al verme sin disfraz. La madre de tres grandes carnavaleros (Sole, Antonio y Fernando) a la que habían cantado un precioso pasodoble en el pasacalles, me confesaba que ya no hacía falta hacer más grande el carnaval, que ahora había que mantenerlo. Cariñosa y entregada, como siempre, llevaba toda la razón. Hemos disfrutado de un carnaval sin complejos. Con 11 grupos que se han subido al escenario a regalarnos tres noches emocionantes y un día, el del sábado, inolvidable: Criaturas mágicas, cubanos, hombres del campo, beatas, matrimonios mal avenidos, niñas de película musical, señoritos de 1.900, corredores de F1, muchachitas un poco puercas, cuarteteros y pasiones terrenales. Este año, además, quedará para siempre como el carnaval en el que se rompieron los tópicos: A ver quién se atreve a decir después de éste que el carnaval de antes era el "carnaval bueno". Jajaja. ....Hasta el Febrero que viene.... Gracias a todos.
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Casino 1900

No recuerdo yo a ninguna mujer que a ti se pareciera, que fuera dama de este carnaval siendo una humilde princesa.
Que fuera así de sencilla, como lo son sus iguales, que estando llena de luz estallara en carnavales. Si te canto esta noche no te pongas nerviosa, que entre todas las damas, brillas sola. Te conozco desde niña, te he visto jugar en las calles y ahora contemplo admirado tu resplandor. Que caiga sobre mí esta luz que me ciega, que salga el sol en esta noche de carnaval, porque no recuerdo mujer que se te pareciera que eres de Cortegana no se puede negar. Ahora que he vuelto de nuevo son tantas las cosas que vienen a mi recuerdo y algunas hermosas: el rumos de tus aguas, el reir de tus gente, su eterna cordialidad. Pero es un cuento soñado con triste final: Porque aunque el corteganés siga siendo valiente y acepte su realidad apretando los dientes mira hacia a su alrededor y le duele su pueblo. Pregunta un siglo después: ¿Qué cojones te han hecho? Corteganés, corteganés, valiente, con esta realidad apretando los dientes. Tu alrededor, tu alrededor, tu pueblo Pregunta que pregunta: ¿Qué cojones te han hecho?.
Abre sus puertas al mundo este casino en mil novecientos. Un espacio que, entre dos siglos, nos sirve para cerrar contratos, negocios y tratos, palabras que vienen, palabras que van. Y nuestra palabra no es más que un pacto entre caballeros, que un juramento leal vale mucho más que el propio dinero. Porque hacemos negocios con sinceridad, lo mismo que en nuestro cante sólo van a encontrar la pura realidad. Sentados en el casino, con el paso de los años, hemos sido los testigos de los aciertos y fallos de las cositas bien hechas y ,gracias a los fracasos, entendimos que a la gloria se llega por el trabajo. El trabajo del obrero que me llama señorito. Los sudores de su cuerpo que no entra en este casino. Tantas jornadas de esfuerzo pa alimentar a sus hijos. Seguramente la vida cruzará nuestro camino. Pero llega el carnaval y todos contamos igual. Febrero da libertad al que tiene menos y al que tiene más. El corcho y los tapones, el barro heredado de siglos atrás, la carne, el campo, comercios y hoteles, somos los pioneros de un pueblo industrial. Hacemos tratos apretando las manos. No tenemos miedo de lo que vendrá. Febrero mil novecientos, un nuevo casino pa la libertad. Así que pasen cien años que en este casino nos vais a encontrar.
Risas y copas, veladas de juerguistas incansables, generaciones enteras entre músicas y bailes. Tardes de bingo, charlando entre pasteles y cubatas, íbamos después del fútbol formando la zaragata. Pincharon en la cabina las canciones de mi vida, y por más dueños que tuvo nunca perdió su ambiente, ay, ambiente, porque de madrugada íbamos los de siempre. El refugio pa esperar la amanecía y, cuesta arriba, las tostás en el casino y a dormir todo el día. Cuántas parejitas allí vivieron sus comienzos, bendita locura, maldito paso del tiempo. Cuando pasan por “el Prao” se les nubla hasta el semblante recordando en un suspiro la discoteca que allí había antes. Dicen que será un hotel, que dará al pueblo lo que no tiene, dará dinero, dará trabajo, dará renombre, dará respeto, y ayudará a nuestra Cortegana en su renacer. Pero quedará el recuerdo de lo oscuro y clandestino, de madrugadas de juerga, con la esperanza en la puerta, y el sabor de lo prohibido.

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Yo te propongo un trato, yo te propongo un trato, A ver que les parece, (que mira) a los del teatro pa que escuchen un rato. Que es mi nueva comparsa, que es mi nueva comparsa, con aires del pasado (que mira) de Cortegana, tantos meses de ensayo y hoy me sobran las ganas. Comparsa. Ecos de la comparsa. Que cantamos con gusto siente el compás del bombo y la caja. Y a los del gallinero que se escuchen las palmas Ay y en el patio butacas, que los Celsos sin palmas no somos nada Ay no somos nada

sábado, marzo 01, 2008

Capitol, carpa y enteras en el Casino

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... Una sonrisa entre bambalinas...

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Último día en el Capitol. Otra vez los nervios. Tomáis posiciones. Empiezan a presentaros. Se abren cortinas y yo me quedo en la oscuridad. El brillo de mi traje me delata (había olvidado que venía disfrazada con el traje que llevó mi hermana en aquellos boxeadores) y tú me reconoces al instante.
Tocabas la presentación y me dedicaste la más bonita de las sonrisas porque estaba llena de complicidad. Volviste a ser, de repente, el niño aquel al que le dirigí una carta hace ya siete años. El que, por cabezonería pura, aprendió a que su guitarra sonara a carnaval. El que ha ido madurando con los años como lo ha hecho su grupo. Me vi a mí misma jaleando el nombre de vuestra peña como lo he hecho durante todos este tiempo; esperando con un nudo en el estómago lo que lleváis cada año (ni la pobre de mi hermana podía tararear en casa las canciones porque yo quería disfrutar de vosotros en el Capitol, para dejarme sorprender)
Pasodobles, cuplés, popurrí... Vuelven a cerrarse las cortinas. El grupo, satisfecho, se abraza. Sigo aplaudiendo desde la oscuridad y en mitad del barullo andas hacia mí. Me abrazas entre tus brazos y tu guitarra y, todavía con un nudo en la garganta, te digo que te quiero como sólo los carnavaleros de Cortegana nos queremos.
Gracias por llenar mi corazón con estas Pasiones Terrenales. A tí y a todo tu grupo.
...Nos unimos en esta noche de carnaval y no fue un sueño...