miércoles, septiembre 26, 2007

Ruanda en la memoria. 1994.

Leo en estos días Ébano, el libro que Kapuscinsky dedica a sus vivencias por el continente africano. Le leía ayer una reflexión sobre la fugacidad de la Historia en África. Dice el autor polaco que en Europa encontramos miles y miles de páginas escritas sobre cualquiera de sus hechos históricos: sus guerras, sus conflictos diplomáticos, sus conquistas, sus revueltas... Los africanos no tienen la costumbre ni las personas necesarias para llevar al día la actualización de su memoria. La memoria histórica en África, salvo excepciones, no sobrepasa los recuerdos de los que todavía quedan vivos.
Describe Kapuscinky, con la genialidad que le caracteriza, el conflicto entre Utus y Tutsis. Lo hace de forma tan clara, tan brillante y tan didáctica que, de repente, se me ha disuelto el tapón que me impedía entender qué pasaba en aquel país africano del que constantemente me llegaban impactantes imágenes que, a mis 12 años, me hacían taparme los ojos con las manos delante del televisor.
Aquellos días han vuelto a mi memoria. Recuerdo el desfilar de hombres y mujeres sin rumbo, los fusiles sobre los hombros desnudos, los ojos grandes, abiertos que parecían que podían verte a través de la pantalla, que dolían más que los disparos.
Entonces de África apenas se ofrecía en los informativos estas imágenes de Ruanda y la de los niños desnutridos de barrigas hinchadas y cubiertos de moscas en Somalia. Hoy, trece años después de aquel 1994, ni Ruanda ni Somalia son noticiables. Lo curioso es que en aquellos países el tiempo no se ha parado, sigue su curso, como lo hace en Francia o en Estados Unidos. Como lo hace también en Myanmar, la antigua Birmania, con los monjes que protagonizan ahora la que se ha bautizado con el precioso nombre de "La Revolución Azafrán".
Hutus, la mayoría en la diáspora o refugiados en la vecina Uganda, y Tutsis, en el poder del país de las montañas, siguen hoy odiándose como lo hacían entonces, como lo han hecho siempre, condenándose, como sólo podemos hacerlo los humanos, a la más cruel de las existencias.

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