martes, junio 05, 2007

A portagayola

Con una mano se apoyaba en su marido. Con la otra, se agarraba fuerte la garganta. Un acto de fe que no ocultó siquiera al pisar la calle. Dios sabe si había prometido continuar con la mano en la garganta una hora más, un día más, quizá el resto de su vida. Mi abuela esperó pacientemente su turno. Yo la miraba desde el banco que han dispuesto en la cripta donde descansan los restos de Fray Leopoldo de Alpandeire, ese casi santo capichuno tan parecido al alcalde de Marinaleda, del que he visto retratos desde siempre en los lugares más diversos. Pasaron antes que ella mujeres embarazadas, padres y madres con niños preescolares que tocaban divertidos el ataúd por el simple motivo de que lo hacían los demás, personas con muletas y muchas otras mujeres un poco menos mayores que mi abuela, esperando su turno apoyada en su bastón, que guardaban un silencio que me ponía los pelos de punta. A esta altura del misterio yo ya me había emocionado. Las emociones, como la fe, son irracionales. A mí me cuesta explicar por qué, si tanto abomino ese tipo de manifestaciones, salí de allí, como lo hice en el Vaticano, convencida de la capacidad del ser humano para hacer lo que se proponga. Y he vuelto a emocionarme esta mañana. He puesto la tele y la cuchara con cereales se ha quedado suspendida en el vacío mientras comenzada una digestión más difícil: la del comunicado de ETA donde anuncia el fin del alto el fuego. Su no menos temida por esperada vuelta a los ruedos: Aquí nos quedamos el resto, a portagayola, esperando el toro. Sin saber muy bien por dónde nos asestará la primera de las cornadas. La embestida ha comenzado.

1 comentario:

flor dijo...

y yo ahora me pregunto como ven esta noticia desde la cupula del pp.me he parado a pensar si quizas para ellos sea esta la puntilla para descabellar del todo al gobierno solicialista.el pacto antiterrorista no era una partida de mus, no se trataba de un juego...finalmente el lobo vuelve al cuento y todos nos sentimos caperucitas.