jueves, abril 12, 2007

Para las mujeres sensibles...

Grego y yo comenzamos el pasado martes la búsqueda seria de nuestra primera vivienda y ayer empezamos a dejarlo. Acabábamos de ver un bajo de más de 30 años por el que pedían 33 millones (a los que hay que sumar los 2 y pico de la escritura y otros tres de reformas). Íbamos de vuelta a casa por una calle de Triana. A la derecha, los pisos con los que soñamos, por los que deben pedir unos 80 millones, a la izquierda, otros más viejos con los que no podemos ni conformarnos porque piden más de 40.
La frenada de un coche nos devolvió a la realidad. Volvimos la cabeza y vimos el final de lo que pudo ser una tragedia. El crío de una de las rumanas que buscaba en la basura estuvo a punto de ser atropellado por un vecino. Pasaron unos segundos eternos en los que se me cortó la respiración y en los que me di cuenta del engaño en el que estaba viviendo: mientras me sentía desgraciada porque nunca podré tener una vivienda digna en propiedad, aquellas madres buscaban en la basura los trapos con que vestirán a sus pequeños o los restos de comida menos putrefacta para llevarse a la boca.
Rompí a llorar, más por dentro que por fuera. Pasaron esos segundos eternos. Grego me hablaba pero yo no podía responderle. Tenía un nudo en la garganta que no se deshizo del todo ni siquiera cuando llegamos a casa.
Esta mañana todavía me duraba la sensación. Al bajarme del coche, la ventanilla me ha devuelto un reflejo mío que poco tiene que ver con mi imagen en el espejo. Era como si se me mostrara lo que siento. Será que las ventanillas de los coches tienen esa cualidad. Estoy envejeciendo por dentro, y falta poco para que se me empiece a notar por fuera. Entonces es cuando se me ha venido al recuerdo una canción de Amparanoia que me regaló una compañera del trabajo y que dice: "Para las mujeres sensibles no hay misión imposible". Y he entrado en el trabajo con una sonrisa y con el nudo mucho más flojo.