domingo, febrero 11, 2007

"Por el amor en libertad"

A una altura de infarto, once pisos por encima de los suelos de Triana, con la preciosa imagen de la Catedral de Sevilla iluminada, nueve amigos que acabábamos de conocernos diseccionábamos a gusto los laberintos del amor. Las diferencias de edad eran muchas. Rozaban los 20 años entre algunos de nosotros. La velada la amenizaba un disco recopilatorio de Radio Futura que yo al principio ni reconocí. Luego me dio vergüenza asegurar que los asimilaba a un grupo de niños que a principios de los 90 adaptaron algunas de sus canciones (los cándidos Bom Bom Chip). Era la única de ellos que ya se había criado con Bola de Dragón. Algunos me envidiaban y yo les envidiaba a ellos. La mayoría: profesionales liberales que habían dejado atrás la treintena. Solteros, con casa propia y una enorme confianza en sí mismos. Hablaban del sexo contrarios (y del sexo en general) divertidos. Las proposiciones indecentes aquí no ruborizaban a nadie. Tampoco a mí: desde primeras horas de la tarde y en vista del perfil de mis alternantes me presenté como una chica que llevaba desde los 16 con el mismo novio. Las horas pasaban y cada uno ponía su grano de arena a aquella montaña de sentimientos, tan lejanos para mí. Escuchaba sus confesiones de forma casi pedagógica. Fueron muchos los que, a pesar del orgullo con el que llevaban su vida de libertad sexual, me aseguraron que cambiarían todo eso por estar como yo estoy. En uno de esos arranques, cuando llenamos todos los cubatas, hice un brindis: "Por el amor en libertad" Se sorprendieron de que fuera yo la que pronunciase esas palabras. Me reí mucho con sus caras. El amor en libertad no tiene porqué significar llegar a la madurez probando las mieles de unos y otros. Para mí supone poder elegir. Y yo he hecho una elección muy importante: llegar a la madurez de la mano del único hombre del que he sido capaz de enamorarme. Yo no soy la misma que era cuando tenía 16 años. Él tampoco. No rendimos cuentas a un juramento que hicimos entonces ni resistimos, estoicos, por ser consecuentes con nuestras palabras. Es que, quizá, día a día encontramos el uno en el otro lo que tanto buscan los demás... y nunca encuentran.

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