lunes, octubre 09, 2006

Un declaración

París tiene algo, de mágico y fantástico. Al menos, lo ha tenido para mí, educada, como todos los menores de 45 años en el aprendizaje de la lengua inglesa, testigos ya del apogeo del práctico Estados Unidos en vez de la idealista y cultural Francia. Llegué con el nerviosismo y el interés con el que se descubre lo desconocido convencida de que este fugaz paso por París apenas iba a ser una chincheta más en mi Mapa del Mundo. Pero París, más sabio y más viejo, me cogió por sorpresa. Cruzaba el primero de sus más de treinta puentes sobre el Sena. Chispeaba y se había hecho ya de noche, de repente la voz de Gregorio me advirtió: Vuélvete y al hacerlo quedé petrificada y sentí como dos lágrimas calientes me humedecían los ojos. La Torre Eiffel centelleaba, como dándonos la bienvenida, delante la preciosa antigua estación d´Orsay, ahora museo de impresionistas. De repente yo conocía aquello, era como si lo recordase. Como si siempre hubiese estado en mi memoria, dormido, escondido y ahora lo veía... más que eso, lo sentía. París. París. París. El París de la Literatura, el de la Filosofía, el del Arte, el de los Siglos XVIII, XIX y XX. El de la Revolución y los Imperios. Pero también el París del Amor. La única ciudad donde el Amor cabe en toda sus manifestaciones. No lo descubrí recién llegada, tardé un par de días. Paseaba de la mano con Gregorio y de repente, en un arranque del que nunca antes había sido testigo, me confesó: Te quiero, Paloma. Me quedé sin habla. Era la más bonita declaración de amor que me habían hecho jamás. Las palabras las conocía, pero no la pasión con la que habían sido dichas, a mendio camino entre la normalidad de un paseo distraido y la sorpresa de la mayor de las confesiones. Él sólo había dicho las palabras, todo lo demás lo había puesto el escenario. Y ese escenario era el atardecer de París. Pero el Amor me sorprendía a cualquier hora, en cualquier esquina. Sentado en la puerta de un bistrot, o mirando el escaparate de una librería o una galería de arte. A veces estaba escondido de los miles de millones de japoneses que se esforzaban por plasmar en sus fotos los monumentos de París. El Amor no estaba para ellos, tan frenéticos, histéricos y pegados a sus cámaras. Hacía falta más tranquilidad, más gusto, más exquisitez, o quizá simplemente, abrir los ojos, los de la cara y los del Espíritu y dejarse envolver por tanta Belleza.
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1 comentario:

Fco. Javier Sánchez dijo...

Entra aquí cuando tengas un hueco para que recuerdes que siempre quedará Paris.

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