miércoles, octubre 25, 2006

El AVE de las 10

Hora y tres cuartos de tensa espera. Por fin bajan los nuevos barones socialistas: Perales, López Garrido, Torres Vela y Jaúregui. Los periodistas les asedian. Cuando logran zafarse, Torres Vela confiesa a Patxi Benegas: "Es que me toca los huevos, aquí lo que importa es el AVE de las 10".
A mi lado, dos periodistas de medios catalanes y otra de un medio nacional. También escuchan el comentario creyendo que su indiscreción les va a arrojar alguna luz sobre cómo había quedado la redacción final del Preámbulo. Las bromas se suceden "Andalucía es el AVE de las 10". Y yo siento vergüenza y unas irrefrenables ganas de llorar.
Han sido dos años de trabajos, unos 730 días, casi 18 mil horas y ahora todo depende de una supuesta negociación final entre las cúpulas socialistas y populares: primer sonrojo. Es verdad que hay parlamentarios y parlamentarias andaluzas que les están metiendo prisa a sus más altos representantes, esos que tienen línea directa con Rajoy y Zapatero, para no perder el AVE de las 10: segundo sonrojo. Mis compañeros de medios nacionales, que han vivido el resto de los debates de reforma estatutaria, incluída la polémica catalana, se miran entre sí, se ríen y asienten con suspicacia como diciendo: "Estos andaluces...": tercer y definitivo sonrojo.
Por fín, las cosas empiezan a resolverse. Perales cuchichea a otra periodista que han llegado a una fórmula (así la llamó porque lo escuché, decepcionada, desde mi sitio) que parece gustarles a los dos grupos. No aguanto más y me asomo al pasillo. De repente, bajan los populares al más puro estilo pantoja (dientes, dientes que eso es lo que les jode...). Las sonrisas de Saénz de Santamaría, Báñez, Sanz, Trillo y, sobre todo la de Arenas, dibujada en su rostro más colorado que nunca, parecían tan forzadas que por un momento interpretamos que iban a oponerse.
Otra vez el desacuerdo, ríos y ríos de tinta sobre por qué, después de apoyar todo el texto estatutario , título a título, iban a oponerse al final por la redacción de un párrafo que no tiene vinculación jurídica alguna... Por fin, hubo algo que nos hizo comprender, en el tiempo en el que se descienden dos escalones, que la respuesta del PP iba a ser sí. Los apretones de manos se suceden y las sonrisas se fuerzan ya hasta límiten insospechados.
Todos queríamos ver ahora el despliegue ligüístico y lampedusiano que iba a permitir a los dos partidos mayoritarios celebrar ante los medios la victoria de dos posiciones rivales. Y ahí estaba: 11 líneas de complicada compresión que hace salir en la foto, de camino y casi a la desesperada, a un "Manifiesto Andalucista de Córdoba" que, sospecho, hizo que los ponentes tuvieran que recurrir a Google.
El debate se retoma, casi tres horas después de la hora prometida. La prisa se nota en el verbo de los ponentes y la hace notar el Presidente, un Alfonso Guerra que se resiste a ser cádaver político y ha disfrutado desquitándose desde las alturas de los que lo apartaron del poder. Fluyen las palabras, las ideas, las frases hechas y pactadas... a las 21.05 todos se estaban ya besando mientras recogían sus enseres y se ponían sus abrigos, con el billete de Renfe en la mano: El Imperio del AVE de las 10.

lunes, octubre 16, 2006

Hombres y mujeres

Acabo de recibir un e-mail con una presentación en Power-Point. Se trataba de casi 50 chistes de esos que ridiculizan a los hombres. Exactamente idénticos a los que hacen lo mismo con las mujeres. Me lo ha mandado un compañero del trabajo. No sé porqué lo habrá hecho. Quizá quiera que amplíe mi repertorio crítico contra el otro sexo, al que él pertenece. Jamás me han gustado ese tipo de chistes. Ni los dirigidos contra nosotras, ni contra ellos. Por mil razones.
La primera porque se trata de un humor sexista y estúpido. Chusquero y de poco gusto.
Y entre las 999 restantes, la principal: porque ni esos chistes ni en la realidad encuentro esa barrera tan insalvable que muchos se empeñan en demostrar que existe entre los dos sexos. Yo misma, me pongo por ejemplo. Quiso el destino y la biología que naciese mujer, pero hay noches en la que me acuesto y caigo en la cuenta de que en todo el día me he acordado de que lo soy. A lo mejor he estado todo el día en esa frontera o quizá es que simplemente no he tenido que recordármelo, como no lo hago de respirar, o de andar, o de comer, o de hablar. No he tenido que establecer el listado de condiciones que me han hecho diferente a los del sexo opuesto.
Lo tengo que confesar: a mí me hubiese encantado haber nacido hombre. De pequeña consideraba que era más divertido ser niño y, luego, más crecidita, simplemente creía que la vida era más fácil. El tiempo me ha enseñado que no. Que ni son más básico, ni se preocupan menos por las cosas trascendentales, ni desarrollan un concepto diferente a la amitad. Son tan diferentes como lo somos nosotras. Tanto como lo soy yo misma y no paso de una sola persona.
Así que me rebelo. A los clichés y a las generalidades en cuestión de sexo. Ojalá y lo hiciésemos todos, aunque sé que poca gente se atreverá a confesar que ellos y ellas también pasan la mayor parte de sus días sin acordarse sin son varones o hembras.

lunes, octubre 09, 2006

Un declaración

París tiene algo, de mágico y fantástico. Al menos, lo ha tenido para mí, educada, como todos los menores de 45 años en el aprendizaje de la lengua inglesa, testigos ya del apogeo del práctico Estados Unidos en vez de la idealista y cultural Francia. Llegué con el nerviosismo y el interés con el que se descubre lo desconocido convencida de que este fugaz paso por París apenas iba a ser una chincheta más en mi Mapa del Mundo. Pero París, más sabio y más viejo, me cogió por sorpresa. Cruzaba el primero de sus más de treinta puentes sobre el Sena. Chispeaba y se había hecho ya de noche, de repente la voz de Gregorio me advirtió: Vuélvete y al hacerlo quedé petrificada y sentí como dos lágrimas calientes me humedecían los ojos. La Torre Eiffel centelleaba, como dándonos la bienvenida, delante la preciosa antigua estación d´Orsay, ahora museo de impresionistas. De repente yo conocía aquello, era como si lo recordase. Como si siempre hubiese estado en mi memoria, dormido, escondido y ahora lo veía... más que eso, lo sentía. París. París. París. El París de la Literatura, el de la Filosofía, el del Arte, el de los Siglos XVIII, XIX y XX. El de la Revolución y los Imperios. Pero también el París del Amor. La única ciudad donde el Amor cabe en toda sus manifestaciones. No lo descubrí recién llegada, tardé un par de días. Paseaba de la mano con Gregorio y de repente, en un arranque del que nunca antes había sido testigo, me confesó: Te quiero, Paloma. Me quedé sin habla. Era la más bonita declaración de amor que me habían hecho jamás. Las palabras las conocía, pero no la pasión con la que habían sido dichas, a mendio camino entre la normalidad de un paseo distraido y la sorpresa de la mayor de las confesiones. Él sólo había dicho las palabras, todo lo demás lo había puesto el escenario. Y ese escenario era el atardecer de París. Pero el Amor me sorprendía a cualquier hora, en cualquier esquina. Sentado en la puerta de un bistrot, o mirando el escaparate de una librería o una galería de arte. A veces estaba escondido de los miles de millones de japoneses que se esforzaban por plasmar en sus fotos los monumentos de París. El Amor no estaba para ellos, tan frenéticos, histéricos y pegados a sus cámaras. Hacía falta más tranquilidad, más gusto, más exquisitez, o quizá simplemente, abrir los ojos, los de la cara y los del Espíritu y dejarse envolver por tanta Belleza.
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