viernes, septiembre 08, 2006

Personas y monstruos

Esta mañana he tenido que parar mi coche porque cuando he querido darme cuenta las lágrimas no me dejaban ver la carretera. Escuchaba la SER y empecé a llorar, más por dentro que por fuera. El porqué: el documento sonoro de las palabras que un terrorista le dirigía a un juez. Cuando he llegado a la tele, uno de mis compañeros me ha puesto la escena entera, sin cortes, en el monitor porque resulta que teníamos el vídeo. Y lo he visto todo. La cara enloquecida en la tranquilidad de los primeros segundos y el despliegue de amenazas a partir del momento en que una mano invisible parece darle el dentro a la que promete convertirse en una de las escenas de la vida del que un día fue Javier Bilbao y que hoy no pasa de ser un monstruo. Y no es que yo lo vea así, es que lo es. El que un día fuera Javier Bilbao ha perdido los atributos que lo hacían humano. Él cree que esa pérdida se debe a que ha encomendado su espíritu a una causa noble, justa y grande a la que llama "la lucha armada", pero eso no es más que una convinción a la que se aferra cuando el espejo le devuelve su propia imagen deforme. Pero para llegar a ser el monstruo que es, el que antes era Javier Bilbao ha tenido que pasar por un proceso de años que haría las delicias a los mejores psiquiatras del mundo. Pero ahora no tienen tiempo para él. La atención de todos los profesionales de la psiquiatría del mundo se centra en un chica austriaca de 18 años. El caso de Natascha Kampusch tiene en vilo, por lo morboso, a la opinión pública internacional que esperaba ver tras la puerta de un cautiverio de 10 años a un mostruo y ha visto a una persona. Su testimonio se ha cotizado tanto o más que la foto de la hija jamás antes mostrada de Tom Cruise. Y a mí me asaltan miles de dudas ante tales transformaciones, la del que, llamado a ser hombre, se convierte en mostruo y la de la que, llamada a ser monstruo, se convierte en mujer. Natascha Kampusch fue arrebatada de su entorno social, educativo y familiar a una edad, 8 años, a la que, todos coincidimos, se está forjando nuestra personalidad. Pero a pesar de que su desarrollo de los 8 a los 18 no se ha parecido, ni de lejos, al del resto de los mortales y ha rozado lo traumatico, Natascha razona acerca de los que le ha sucedido, se distancia y inicia el metarelato de su vida como si contara la de una extraña. Eso es lo que a mí más me llama la atención de este caso, muy por encima del Síndrome de Estocolmo que pudiese sentir por el hombre que le privó de su libertad. Claro que alguno de las claves de la conformación de su personalidad las entendemos cuando vemos su zulo: hay libros, revistas y hasta televisión. Además, Natascha Kampusch señala que su secuestrador se encargó de su educacíón y hasta leían juntos. Quizá eso explique que Natascha no dé la imagen de monstruo que muchos deseaban ver en una mujer de 18 años con mentalidad de niña de 8. Y es que la educación es muy importante, si no, que se lo digan al monstruo que un día fue Javier Bilbao.
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