martes, julio 04, 2006

Memoria de vientos y vacíos

Mi verano ha terminado justo cuando empieza el de los demás. Como los derechos. Por delante meses de calor y escucha de los planes vacacionales ajenos con el único consuelo del recuerdo de los míos. Han sido días de tempestad y calma. La primera ha puesto el principio, en la romería de mi pueblo, y el final, celebrando el reencuentro con mis amigos comiendo carne y uvas regadas con vino dulce y ponche de melocotón. A la segunda, la calma, le hemos puesto un escenario internacional. El Algarve más occidental (si Portugal es una cara, hemos merodeado por su barbilla) ha resultado ser todo un espectáculo de naturaleza, vientos y vacíos. Grandes e impresionantes vacíos que convierten de repente una gran montaña en una cueva o, incluso, una playa. Dormimos durante tres noches en el fin del mundo. O eso al menos es lo que creyó el Hombre durantes siglos hasta que algún espabilado le habló de otros continentes más lejanos. Y si sorprende lo inconmensurable del Atlántico, que en el Cabo de San Vicente te abraza en toda su plenitud, más lo hacen los vientos. En el fin del mundo juegan a confundirte. Una ráfaga de frente, otra por la izquierda, la siguiente te sorprende por la espalda. No es que cambie, es que no puede estar quieto. A veces golpea tan fuerte que sientes como arrastra tu cuerpo y tienes que cuidarte de que no te arroje de aquellas alturas. Subirlas sería imposible. No hay barreras de seguridad, ni vallas, ni grandes señales de advertencia. Tan sólo hay una placa de mármol pegado al suelo que reza: “A la memoria de X. X. y como advertencia a todos aquellos que no conocen el terreno”. Es suficiente. No hace falta más cuidados. A pocos metros de este precipicio hay otro en cuyo borde pesca alegremente un lugareño. ¿Cuántos metros de hilo de tanza necesitará para que el anzuelo llegue al agua? De repente, un hombre joven y gordo desciende de su coche sin carné recién aparcado a nuestro lado. Se acerca al precipicio y lo mira. ¿Se tirará?, pienso. Le veo cara de amargado y éste es un lugar tan significativo para perder la vida… Mi imaginación descansa. El gordo vuelve a subir a su coche. Se lo habrá pensado, o quizá, simplemente, es un rito que practica a diario. Se asoma y se marcha. Tener tiempo libre y utilizarlo para leer ha sido uno de los mayores logros de mis vacaciones. Se tiene que remontar mi memoria a los largos veranos entre un curso escolar y otro para encontrar períodos en los que leí dos libros en diez días. El segundo de ellos me ha llevado a conocer al genial Kapuscinsky. Alguna que otra vez, en mis 23 años, me ha encantado con sus cantos de sirena pero que hasta el día antes de salir de vacaciones no fui a una librería para hacerme con una de sus obras. He leído El Imperio, una crónica sobre el fin de la URSS, polifónica, divertida. Una auténtica obra maestra que me ha hecho tener el cuerpo en una esquina del mundo mientras mi mente recorría la otra entre las nieves de los campos de trabajos siberianos. Se me acabó el descanso y vuelvo a mi particular campo de trabajo donde, como en el libro del escritor polaco, se acercan tiempos de cambio. Lo que no sé es cuánto va a durar esta Perestroika.

1 comentario:

once dijo...

Me ha gustado mucho como has contado tus ratos en el Cabo de San Vicente.

Yo estuve allí el verano pasado, justo mas o menos hace un año (casi coincidimos en eso) y la verdad es que sí: impresiona la inmensidad del fin del mundo.

Menos mal que después de tanta inmensidad descubrimos las cataplanas de Sagres...